miércoles, 18 de diciembre de 2013

FRAGMENTOS - "Sobre la Vida Después de la Muerte" por Carl Jung ("Memorias, sueños y reflexiones", 1965)








Al menos una parte de nuestra existencia psíquica se caracteriza por una relatividad de espacio y tiempo. A medida que nos alejamos de la consciencia, esa relatividad parece elevarse hasta lo no-espacial y a una intemporalidad absolutas. Las figuras del inconsciente son también no informadas y tienen necesidad del hombre o del contacto con la consciencia para adquirir el saber. Parece, en efecto, que un saber sin límites está presente en la naturaleza, pero que tal saber no puede ser aprehendido por la consciencia a menos que las condiciones temporales le sean propicias. Lo mismo ocurre probablemente en el alma del individuo, que trae consigo, durante años, ciertos presentimientos, pero sólo los hace conscientes tiempo más tarde.

Cuando escribí los Septem Sermones ad Mortuos, fueron nuevamente los muertos los que me propusieron cuestiones cruciales. Volvían – decían ellos – de Jerusalén porque no habían encontrado lo que buscaban. Esto me causó mucho asombro en aquella época, porque, según la opinión tradicional, son los muertos los que poseen el gran saber; en efecto, debido a la doctrina cristiana que supone que en el más allá veremos las cosas cara a cara, la opinión acatada es que los muertos saben más que nosotros: sin embargo, aparentemente, las almas de los muertos sólo saben lo que sabían en el momento de la muerte y nada más. De ahí sus esfuerzos para penetrar en la vida, para participar del saber de los hombres. Frecuentemente, tengo la sensación de que ellas se colocan directamente detrás de nosotros, a la expectativa de percibir qué respuestas les daremos a ellas y al destino. Me parece que lo que les importa a toda costa es recibir de los vivos – es decir, de aquellos que les han sobrevivido y que permanecen en un mundo que continúa en transformación – respuestas a sus cuestiones. Los muertos cuestionan como si no tuviesen la posibilidad de saber todo, como si la omnisciencia o la omniconsciencia pudiese ser privilegio tan sólo del alma encarnada en un cuerpo que vive. También el espíritu de los vivos parece, por lo menos en un punto, aventajarse al de los muertos: la aptitud para adquirir conocimientos nítidos y decisivos. El mundo tridimensional, en el tiempo y en el espacio, me parece un sistema de coordenadas: lo que se descompone aquí en ordenadas y abscisas, allá, fuera del tiempo y del espacio, puede aparecer tal vez como una imagen original de múltiples aspectos o tal vez como una nube difusa de conocimientos en torno a un arquetipo. Pero un sistema de coordenadas es necesario para poder distinguir contenidos distintos. Tal operación nos parece inconcebible en un estado de omnisciencia difusa o de una consciencia carente de sujeto, sin determinaciones espacio-temporales. El conocimiento, como la generación, presupone un contraste, un acá y un allá, un alto y un bajo, un antes y un después.

Si hay una existencia consciente tras la muerte, me parece que ésta se situaría en la misma dirección que la consciencia de la humanidad, que posee en cada época un límite superior, pero variable. Muchos seres humanos, en el momento de su muerte, no sólo se han quedado más acá de sus propias posibilidades, sino, sobre todo, muy distantes de aquello que los otros hombres aún en vida han tornado consciente, de ahí su reivindicación de adquirir, en la muerte, esa parte de la consciencia que no han adquirido en vida.

El grado de consciencia alcanzado, cualquiera que sea, constituye, según a mí me parece, el límite superior del conocimiento a que los muertos pueden acceder. De ahí la gran significación de la vida terrestre y el valor considerable de aquello que el hombre se lleva de aquí para el otro lado en el momento de su muerte. Es tan sólo aquí, en la vida terrestre, en que se chocan los contrarios, donde el nivel de consciencia puede elevarse. Esa parece ser la tarea metafísica del hombre – pero sin mythologein (‘mitologizar’) no la puede cumplir más que parcialmente. El mito es el peldaño intermediario inevitable entre el inconsciente y el consciente.


Está establecido que el inconsciente sabe más que el consciente, pero su saber es de una esencia particular, de un saber eterno que, frecuentemente, no tiene conexión alguna con el aquí y el ahora y no tiene absolutamente en cuenta el lenguaje que habla nuestro intelecto.


Solamente cuando damos a sus afirmaciones la oportunidad de amplificarse, a través de los números, es cuando este saber del inconsciente penetra en el dominio de nuestra comprensión, haciendo posible la percepción de un nuevo aspecto. Este proceso se repite de manera convincente en todo análisis de sueños bien hecho.

Un mito muy divulgado sobre el más allá está constituido por ideas y representaciones respecto de la reencarnación. En un país en que la cultura espiritual es muy diferente y mucho más antigua que la nuestra, como la India, la idea de la reencarnación es, por así decirlo, natural y tan espontánea como entre nosotros la idea de que Dios creó el mundo o la existencia de un spiritus rector (espíritu director), de una providencia. Según las características espirituales del oriental, la sucesión de nacimiento y muerte está considerada como un desarrollar sin fin, como una rueda eterna que gira siempre sin objetivo. Vivimos, discernimos; morimos y recomenzamos desde el inicio. Fue solamente con Buda cuando apareció la idea de un objetivo: el de superar la existencia terrestre.
 

La necesidad mítica del hombre occidental exige la imagen de un mundo en evolución, que tenga un comienzo y un objetivo. El occidental rechaza la imagen de un mundo que tenga un comienzo y un simple final, de la misma forma que repele la representación de un ciclo estático eterno, cerrado sobre sí mismo. El oriental, por el contrario, parece poder tolerar esa idea. No hay, evidentemente, consenso general sobre cuál pueda ser la esencia del mundo, y los propios astrónomos no han podido aún llegar a un acuerdo respecto de tal cuestión. Al hombre del Occidente el absurdo de un universo simplemente estático le es intolerable. Es preciso presuponerle un sentido. El oriental no tiene necesidad alguna de tal presupuesto, ya que él incorpora ese sentido. Mientras el occidental quiere completar el sentido del mundo, el oriental se esfuerza por realizar ese sentido en el hombre, despojándose él mismo del mundo y de la existencia (Buda).

Yo daría la razón tanto a uno como a otro. Porque el occidental me parece, sobre todo, extrovertido y el oriental introvertido. El primero proyecta el sentido, es decir, lo coloca en los objetos; el segundo lo siente en sí mismo. Ahora bien, el sentido, sin embargo, está tanto en el exterior como en el interior. No se puede separar la idea de la reencarnación de la idea del karma. La cuestión decisiva es saber si el karma de un ser humano es o no personal. Si el destino preestablecido con que un ser humano entra en la vida es el resultado de acciones y realizaciones de las vidas anteriores, existe entonces una continuidad personal. En la otra hipótesis, un karma es, por así decir, aprehendido con ocasión del nacimiento; se incorpora nuevamente sin que haya una continuidad personal.

Dos veces los discípulos preguntaron a Buda si el karma del hombre era personal o impersonal. Dos veces se esquivó de contestar evitando comprometerse: conocer la respuesta, dijo, no contribuiría a liberar al hombre de la ilusión del ser. Buda consideraba que les era más útil meditar sobre la cadena de los nidadas, es decir, nacimiento, vida, vejez y muerte, causa y efecto de los acontecimientos dolorosos.

No sé responder si el karma que vivo es el resultado de mis vidas pasadas o una adquisición de mis antepasados, cuya herencia se condensó en mí. ¿Seré, acaso, una combinación de vidas ancestrales y será que reencarno nuevamente esas vidas? ¿Habré vivido, antes, como personalidad determinada y habré progresado lo suficiente en esa vida ulterior para poder ahora esbozar una solución? Lo ignoro. Buda no contestó a la pregunta y puedo suponer que él mismo no tenía la confirmación.

Puedo fácilmente imaginar que ya he vivido en siglos anteriores y al depararme con preguntas que todavía no puedo contestar, suponer que me es necesario nacer nuevamente, por no haber cumplido la tarea que me había sido impuesta. Cuando muera, mis actos me seguirán. Es, por lo menos, lo que imagino. Llevaré conmigo lo que hice, teniendo la esperanza, con todo, de no llegar al fin de mis días con las manos vacías. Buda parece haber pensado así cuando procuraba alejar a sus discípulos de especulaciones inútiles.

Si admitimos que hay una continuación en el “más allá”, sólo podremos concebir un modo de existencia que sea psíquico, pues la vida de la psiquis no tiene necesidad de espacio o tiempo. La existencia psíquica – y, sobre todo, las imágenes interiores de que nos ocupamos desde ahora – ofrecen materia para todas las especulaciones míticas sobre una vida en el más allá, y ésta yo la represento como un caminar progresivo a través del mundo de las imágenes. De ese modo la psiquis podría ser esa existencia en la cual se sitúa el “más allá” o el “país de los muertos”. Inconsciente y “país de los muertos” serían, desde esa perspectiva, sinónimos.

Me parece probable que existan igualmente en el más allá ciertas limitaciones; pero las almas de los muertos sólo descubren progresivamente dónde residen los límites del estado de liberación. En algún lugar, “allá”, reina una necesidad imperiosa que condiciona el mundo y quiere poner un término al estado de existencia en el más allá. Esta necesidad creadora decidirá – así pienso – cuáles las almas que serán nuevamente inmersas en la encarnación y en el nacimiento. Yo podría imaginar que para algunas almas el estado de existencia tridimensional sería más feliz que el estado “eterno”. Pero esto dependerá tal vez de lo que hayan llevado consigo como suma de perfección o de imperfección de su existencia humana.

Puede que una continuación de la vida tridimensional no tenga ya sentido alguno, una vez que el alma haya alcanzado ciertos niveles de inteligencia; que se encuentre liberta de la necesidad de retornar a la Tierra y que una comprensión superior suprima el deseo de verse reencarnada. Entonces el alma escaparía al mundo tridimensional y alcanzaría el estado a que los budistas llaman Nirvana. Pero si aún queda un karma incumplido, el alma recae en el mundo de los deseos y retorna nuevamente a la vida, tal vez sabiendo ciertamente que le ha quedado algo por cumplir.

No somos, de forma alguna, capaces de demostrar que cualquier cosa de nosotros se conserva eternamente. Todo cuanto podemos decir es que existe cierta probabilidad de que alguna cosa se conserve más allá de la muerte física. Y lo que continúa existiendo ¿es en sí mismo consciente? Tampoco lo sabemos. Si tenemos la necesidad de opinar sobre ese asunto, tal vez podamos tener en consideración aquello que es conocido en los fenómenos de disociación psíquica. En efecto, en la mayor parte de los casos en que se manifiesta un complejo autónomo, éste aparece bajo la forma de una personalidad, como si el complejo tuviese consciencia de sí mismo. Es por este motivo que las voces de los enfermos mentales son personificadas. Este fenómeno del complejo personificado, yo lo estudié en mi tesis. Se podría, si quisiéramos, invocar tal hecho en favor de una continuidad de la consciencia. A favor de esta hipótesis, podemos citar las sorprendentes observaciones hechas cuando ocurren graves colapsos o desmayos profundos, ocasionados por lesiones agudas del cerebro. En los dos casos puede haber percepciones del mundo exterior, así como intensos fenómenos oníricos, aunque se trate de una profunda pérdida de consciencia. Como la superficie cerebral, que es la sede de la consciencia, queda fuera de circuito durante el síncope, estos fenómenos todavía hoy permanecen inexplicables. Podrían testimoniar en favor de una conservación, por lo menos subjetiva, de la aptitud de la consciencia – incluso en el estado de aparente inconsciencia.




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