jueves, 26 de diciembre de 2013

LIBROS - EL LARGO ADIÓS (The Long Goodbye, 1953) de Raymond Chandler






UN MANUAL DEL POLICIAL NEGRO



El largo adiós (The long goodbye) es una novela escrita por Raymond Chandler y publicada por Hamish Hamilton en Estados Unidos en 1953. Forma parte de la serie de libros protagonizada por el detective privado Philip Marlowe y está considerada una de las obras cumbres del género negro. Utilizando a su personaje más carismático como instrumento de crítica social, el escritor introdujo en la obra elementos autobiográficos. En 1955 recibió el "Premio Edgard Allan Poe" a la Mejor Novela. Escrita tras La Hermana Pequeña, precede a Playback, la última novela protagonizada por Marlowe.

El largo adiós discurre a través de una compleja trama que se urde en torno a Terry Lennnox -millonario consorte y veterano de guerra con el que Marlowe simpatiza a primera vista- y su acaudalada mujer. La novela se centra en la amistad que Philip Marlowe establece con un peculiar personaje, Terry Lennox, al que una madrugada ayuda a salir del país hacia México para descubrir a la mañana siguiente que es sospechoso de asesinar a su esposa y de que el propio Marlowe puede ser acusado de complicidad. 

El suicidio de Lennox en Otatoclán y su carta de confesión, sumados a la influencia del padre de la asesinada, el millonario Harlan Potter (interesado en echar tierra sobre el escándalo), cierran el caso. A pesar de las presiones adversas de un gángster amigo del difunto, el detective sigue indagando. Dicha investigación se verá mezclada con otro caso para el que Marlowe es contratado: la localización de un escritor desaparecido, Roger Wade, al que andan buscando tanto su mujer Eileen como su editor, Howard Spencer. Entre más indague, mayores serán las sombras que encuentre en el pasado de su amigo, Terry Lennox, del que descubre lo poco que en realidad conocía.

Una constante en la obra de Chandler es el uso del género negro como instrumento de análisis y crítica social. El largo adiós indaga en la realidad social de Los Ángeles, transformando a la ciudad en un personaje más de la novela. La “gente bien” de los buenos barrios, la delincuencia (más o menos) organizada de los barrios menos buenos, el funcionamiento de la ley y la justicia como extensión del poder… El autor retrata la falsedad de unos comportamientos que se mueven en la neutral superficie de la sociabilidad, señalando los síntomas que delatan el fango subyacente. 

Pero más allá del aspecto social esta novela se distingue por el estudio que Chandler realiza sobre la amistad, sobre sus límites y sus lealtades. Marlowe acepta a Terry Lennox como amigo sin importarle su pasado, sus defectos ni sus errores, capaz de arriesgarse a ir a la cárcel (o algo peor) por defenderle, apelando a la segunda oportunidad que todos merecemos. Reconoce en él una similar personalidad solitaria, desencantada y cínica; vínculo simbolizado en los gimlets que acompañan sus reuniones. Y ello aunque las dudas sobre su inocencia crezcan según indague en el pasado del veterano y lisiado de guerra, del millonario consorte de una malcriada heredera, del sospechoso de vínculos con el crimen organizado, del fugado de la justicia, del presunto asesino y del supuesto suicida.

El largo adiós está considerada la novela más ambiciosa y lograda de Raymond Chandler, culminación y madurez de la obra que arranca con El sueño eterno (1939), repleta de melancolía y articulada a través del estudio de los personajes, indagando en sus motivos y razones. El propio Chandler, en una carta a un amigo la definió como “mi mejor libro” (The New York Times, 25 de abril de 1954), calificando su proceso de escritura como de “agonía”. En la novela el duro y cínico detective parece abrirse, vulnerado por el sincero sentimiento de amistad, mostrándonos un personaje más romántico, más idealista (caracteres que siempre subyacieron en la personalidad de Marlowe pero que en esta novela emergen con mayor claridad), para verse finalmente desengañado ante la realidad de una relación asimétrica en la que él se ha volcado desinteresadamente, mientras la otra parte lo ha utilizado en su provecho.

En 1954 se realizó una versión televisiva para la serie Climax!, con el actor Dick Powell en el papel de Marlowe. En 1973 Robert Altman llevó la novela al cine (The Long Goodbye), situándola en el Los Ángeles contemporáneo y con Elliott Gould componiendo un Marlowe al tiempo fiel e iconoclasta con respecto al personaje literario. En 1978 la BBC adaptó la historia a la radio protagonizada por Ed Bishop. 

Junto con Dashiell Hammett, Chandler es el escritor de novelas negras de mayor prestigio y, probablemente, popularidad. Los dos, aunque primero Hammett, dignificaron un género que hasta entonces era, básicamente, pasto de los lectores de las revistas y las ediciones baratas de usar y tirar. Chandler tenía una formación más rigurosa y académica de lo habitual, pues pese a nacer en Chicago se educó en Londres y completó su formación académica en Francia y Alemania. Regresó a Estados Unidos y trabajó en diversos oficios hasta que en 1932, con 44 años de edad, y tras ser expulsado de la empresa petrolera en la que era ejecutivo, decidió dedicarse exclusivamente a la literatura.

En 1954 publicó su novela más afamada y respetada, El largo adiós, en la que el protagonista volvería a ser su detective Philip Marlowe, un héroe romántico, hombre de honor y caballero escéptico, personaje central de toda su producción novelística. Esta obra, como la gran mayoría de las suyas, fue adaptada al cine, en este caso por Robert Altman, en 1973. 

Chandler fue uno de los escritores más vinculados a la industria de Hollywood y no sólo porque sus novelas se llevaron a la pantalla, sino porque él mismo trabajó para el cine en calidad de guionista. A él se deben, entre otras, las adaptaciones de Perdición, de Billy Wilder (1944), sobre la novela de James M. Cain, o Extraños en un tren, novela de Patricia Highsmith que llevó al cine Alfred Hitchcock en 1951.



Fragmento de “El Largo Adios”:

“Hay rubias y rubias, y hoy es casi una palabra que se toma en broma. Todas las rubias tienen su no sé qué, excepto, tal vez, las metálicas, que son tan rubias como un zulú por debajo del color claro, y en cuanto al carácter. Tan suave y blanco como el empedrado de la acera. Existe la rubia pequeña y agradable, que gorjea como los pájaros, y la rubia alta y estatuaria, que lo envuelve a uno en una mirada azul de hielo. Existe la rubia que lo mira a uno de arriba abajo y tiene un perfume encantador y resplandece tenuemente y se cuelga del brazo y está siempre muy, muy cansada cuando usted la acompaña a su casa. Ella hace ese gesto de impotencia y tiene ese maldito dolor de cabeza y a usted le gustaría aporrearla, aunque esté contento de haber descubierto lo del dolor de cabeza antes de haber invertido en ella demasiado tiempo, dinero y esperanzas. Porque el dolor de cabeza siempre estará así, es un arma que nunca deja de usarse, y tan mortífera como la espada del asesino o el frasco de veneno de Lucrecia.

Existe la rubia dulce, dispuesta y aficionada a la bebida, y que no le importa lo que lleva puesto — siempre que sea visón —o adónde va— siempre que sea el “Starlight Roof” y haya mucho champaña seco—. Existe la rubia pequeña y altiva que es una verdadera compañera y quiere pagar ella su cuenta y está llena de luz de sol y de sentido común que sabe judo y puede lanzar al aire, por arriba del hombro, al conductor de un camión, sin perderse más de una frase del editorial del Saturday Review. Existe la rubia pálida, pálida, con anemia de tipo incurable, pero no fatal. Es muy lánguida y muy sombría y habla suavemente como salida de no sé dónde, y usted no le puede poner un dedo encima, en primer lugar porque no tiene ganas, y en segundo lugar porque ella está leyendo La tierra perdida o Dante en el original o Kafka o Kierkegaard, o porque estudia dialecto provenzal. Adora la música, y cuando la Filarmónica de Nueva York está tocando Hindemith, ella puede decirle a usted cuál de los seis contrabajos entró un cuarto de tiempo más tarde. He oído decir que Toscanini también es capaz de ello. Eso quiere decir que son dos.

Y, por último, existe la muñeca maravillosa y encantadora que sobrevive a tres reyes del hampa y después se casa con un par de millonarios a un millón por cabeza y termina con una villa de color de rosa pálido en Cap d’Antibes, un coche Alfa Romeo completo, con chófer y acompañante, y una caballeriza de aristócratas enmohecidos a los que tratará con la atención distraída y afectuosa conque un anciano duque dice buenas noches a su criado.

Aquel sueño atravesado en mi camino no pertenecía a ninguna de esas categorías; ni siquiera era de este mundo. Era inclasificable: tan remota y clara como el agua de la montaña, tan evasiva como su color…”




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