lunes, 3 de febrero de 2014

RELATOS - LA COARTADA PERFECTA, Parte III (The Perfect Alibi, 1956) de Patricia Highsmith





El hombre en la cama seguía sin decir nada. Parecía atontado por los sedantes.


El agente que los había presentado se mostró insatisfecho de que no tuvieran nada que decirse el uno al otro.


-¿Reconoce a este hombre, señor Rosasco?


El señor Rosasco negó con la cabeza.


-No vi al conductor. Todo lo que vi fue un gran coche negro que se lanzaba sobre mí -dijo lentamente-. Me golpeó un lado de la pierna...


Howard encajó los dientes y aguardó. Su coche era verde, verde claro. Y no era particularmente grande.


-Era un coche verde, señor Rosasco -dijo el policía más bajo con una sonrisa. Estaba comprobando una pequeña ficha amarilla que había sacado de su bolsillo-. Un sedán Pontiac verde. Cometió usted un error.


-No, era un coche negro -dijo positivamente el señor Rosasco.


-No. Su coche es verde, ¿no es así, Quinn?


Howard asintió una sola vez, rígido.


-A las seis empezaba a ser oscuro. Probablemente no pudo verlo usted muy bien -dijo alegremente el policía al señor Rosasco.


Howard miró al señor Rosasco y contuvo el aliento. Por un momento el señor Rosasco miró a los dos agentes, con el ceño fruncido, desconcertado, y luego su cabeza cayó hacia atrás sobre la almohada. Estaba dispuesto a dejarlo correr. Howard se relajó un poco.


-Creo que será mejor que duerma un poco, señor Rosasco -dijo el agente más bajo-. No se preocupe por nada. Nosotros nos ocuparemos de todo.


Lo último que vio Howard de la habitación fue el cansado y marchito perfil del señor Rosasco en la almohada, con los ojos cerrados.


El recuerdo de su rostro permaneció con Howard mientras bajaban al vestíbulo. Su coartada...


Cuando llegaron de vuelta a la comisaría el señor Luther ya había llegado, y también un par de hombres con ropas civiles..., los hombres de homicidios, supuso Howard. El señor Luther se dirigió hacia Howard, con su redondo y sonrosado rostro preocupado.


-¿Qué es todo esto? -preguntó-. ¿Realmente atropelló usted a alguien y se dio a la fuga?


Howard asintió, con rostro avergonzado.


-No estaba seguro de haberle alcanzado. Hubiera podido pararme... pero no lo hice.


El señor Luther lo miró con ojos llenos de reproche, pero iba a permanecer leal, pensó Howard.


-Bien, ya les he dado el cheque de su fianza -dijo.


-Gracias, señor.


Uno de los hombres con ropas civiles se dirigió hacia Howard. Era un hombre esbelto, con penetrantes ojos azules y un rostro delgado.


-Tengo algunas preguntas que hacerle, señor Quinn. ¿Conoce usted a Mary Purvis y a George Frizell?


-Sí.


-¿Puedo preguntarle dónde estaba usted esta noche a las seis menos veinte?


-Estaba..., iba en mi coche hacia el norte. Desde los almacenes donde trabajo en la Cincuenta y tres y la Séptima Avenida a mi apartamento en la calle Setenta y cinco.


-¿Y atropelló a un hombre a las seis menos cuarto?


-Lo hice -admitió Howard.


El detective asintió con la cabeza.


-¿Sabe que alguien disparó contra George Frizell esta tarde exactamente a las seis menos dieciocho minutos?


El detective sospechaba de él, pensó Howard. ¿Qué les habría dicho Mary? Si tan sólo supiera... Pero el capitán de la policía no había dicho específicamente que Frizell hubiera sido tiroteado. Howard juntó las cejas.


-No -dijo.


-Pues así fue. Hablamos con su novia. Ella dice que lo hizo usted.


El corazón de Howard se detuvo por un momento. Miró los interrogantes ojos del detective.


-Eso simplemente no es cierto.


El detective se encogió de hombros.


-Está muy histérica. Pero también está muy segura.


-¡Eso no es cierto! Salí del almacén, allí es donde trabajo, alrededor de las cinco. Tomé el coche... -Su voz se quebró. Era Mary quien lo estaba hundiendo... Mary.


-Usted es el novio de Mary Purvis, ¿no? -insistió el detective.


-Sí -respondió Howard-. No puedo..., ella tiene que estar...


-¿Quería usted apartar a Frizell del camino?


-Yo no lo maté. ¡No tengo nada que ver con ello! ¡Ni siquiera sabía que hubiera muerto! -balbuceó.


-Frizell veía a Mary muy a menudo, ¿no? Eso es lo que me han dicho las dos caseras. ¿Pensó alguna vez que podían estar enamorados el uno del otro?


-No. Por supuesto que no.


-¿No estaba usted celoso de George Frizell?


-En absoluto.


Las arqueadas cejas del detective descendieron y se juntaron en el centro. Todo su rostro fue un signo de interrogación.


-¿No? -preguntó, sarcástico.


-Escuche, Shaw -dijo el capitán de la policía, al tiempo que se ponía en pie detrás de su escritorio-. Sabemos dónde estaba Quinn a las seis menos cuarto. Puede que sepa quién lo hizo, pero no lo hizo él.


-¿Sabe usted quién lo hizo, señor Quinn? -preguntó el detective.


-No, no lo sé.


-El capitán McCaffery me dice que estaba quemando usted algunas ropas en su chimenea esta noche. ¿Estaba quemando un sobretodo?


Howard agitó la cabeza en un desesperado signo de asentimiento.


-Estaba quemando un gabán, y una chaqueta también. Estaban llenos de polillas. No los quería más tiempo en mi armario.


El detective apoyó un pie en una silla de respaldo recto y se inclinó más hacia Howard.


-Eran unos momentos más bien curiosos de quemar un gabán, ¿no cree? ¿Justo después de atropellar a un hombre con su coche y quizá matarlo? ¿Qué gabán estaba quemando.? ¿El del asesino? ¿Tal vez porque tenía un agujero de bala en él?


-No -dijo Howard.


-¿No arregló usted las cosas para que alguien matara a Frizell? ¿Alguien que le trajo ese gabán para que se desembarazara de él?


-No -Howard miró al señor Luther, que estaba escuchando atentamente. Se envaró.


-¿No mató usted a Frizell, saltó a su coche y corrió a su casa, atropellando a un hombre por el camino?


-Shaw, eso es imposible -intervino el capitán McCaffery-. Tenemos la hora exacta en que ocurrió. ¡No puedes ir de la Treinta y cuatro y la Séptima hasta la Sesenta y ocho y la Octava en tres minutos, no importa lo rápido que conduzcas! ¡Enfréntate a ello!


El detective mantuvo los ojos clavados en Howard.


-¿Trabaja usted para ese hombre? -preguntó; hizo un gesto con la cabeza hacia el señor Luther.


-Sí.


-¿A qué se dedica?


-Soy el vendedor para Long Island de Artículos Deportivos William Luther. Contacto con las escuelas en Long Island, y también coloco nuestros artículos en los almacenes de ahí fuera. Informo al almacén de Manhattan a las nueve y a las cinco. -Recitó aquello como un loro. Sentía débiles las rodillas. Pero su coartada se mantenía..., como un muro de piedra.


-Muy bien -dijo el detective. Bajó su pie de la silla y se volvió al capitán-. Todavía seguimos trabajando en el caso. La cosa aún está muy abierta para nuevas noticias, nuevos indicios. -Le sonrió a Howard, una fría sonrisa de despedida. Luego añadió-: Por cierto, ¿ha visto usted esto alguna vez antes? -Sacó su mano del bolsillo, con el pequeño revólver de Bennington en su palma.


Howard lo miró con el ceño fruncido.


-No, nunca lo había visto antes.


El hombre volvió a guardarse el arma en el bolsillo.


-Puede que deseemos hablar de nuevo con usted -dijo, con otra débil sonrisa.


Howard sintió la mano del señor Luther sobre su brazo. Salieron a la calle.


-¿Quién es George Frizell? -preguntó el señor Luther.


Howard se humedeció los labios. Se sentía muy extraño, como si hubieran acabado de golpearle en la cabeza y su cerebro estuviera entumecido.


-Un amigo de una amiga. Un amigo de una muchacha que conozco.


-¿Y la muchacha? ¿Mary Purvis, dijo el policía? ¿Está usted enamorado de ella?


Howard no respondió. Clavó la vista en el suelo mientras andaban.


-¿Es la que lo ha acusado?


-Sí -dijo Howard.


La mano del señor Luther se apretó más alrededor de su brazo.


-Creo que le iría bien un trago. ¿Entramos?


Howard se dio cuenta de que estaban de pie frente a un bar. Abrió la puerta.


-Ella estará probablemente muy trastornada -dijo el señor Luther-. A las mujeres les ocurre eso. Fue un amigo suyo al que dispararon, ¿no es cierto?


Ahora era la lengua de Howard la que estaba paralizada, mientras que su cerebro giraba a toda velocidad. Estaba pensando que no iba a poder volver a trabajar para el señor Luther después de esto, que no podía engañar a un hombre como el señor Luther... El señor Luther seguía hablando y hablando. Howard tomó el pequeño vaso de licor y bebió la mitad de su contenido. El señor Luther le estaba diciendo que Lyles le sacaría de aquello lo más rápidamente que fuera posible.


-Tiene que ser más cuidadoso, Howard. Es usted impulsivo. Siempre he sabido eso. Tiene sus lados buenos y malos, por supuesto. Pero esta noche..., tuve la sensación de que usted sabía que podía haber disparado a ese hombre.


-Tengo que llamar por teléfono -dijo Howard-. Discúlpeme un minuto. -Se apresuró a la cabina de la parte de atrás del bar. Tenía que saber de ella. Mary tenía que estar ya en casa. Si no estaba en casa, iba a morirse allí mismo, dentro de la cabina telefónica. Estallaría.


-¿Diga? -Era la voz de Mary, apagada y carente de vida.


-Hola, Mary. Soy yo. No es posible..., ¿qué le dijiste a la policía?


-Se lo conté todo -dijo Mary lentamente-. Que tú mataste a mi amigo.


-¡Mary!


-Te odio.


-¡Mary, no lo dirás en serio! -exclamó. Pero sí lo decía en serio, y él lo sabía.


-Yo lo quería y lo necesitaba, y tú lo mataste -dijo ella-. Te odio.


Howard apretó los dientes y dejó que las palabras resonaran en su cerebro. La policía no iba a cogerlo. Ella no podría hacerle esto, al menos. Colgó.


Luego permaneció de pie allí en la barra, mientras la tranquila voz del señor Luther seguía desgranando y desgranando palabras como si no se hubiera parado mientras Howard telefoneaba.



-La gente tiene que pagar, eso es todo -estaba diciendo el señor Luther-. La gente tiene que pagar por sus errores y no cometerlos de nuevo... Ya sabe que pienso mucho en usted, Howard. Superará todo esto. -Hizo una pausa-. ¿Habló con la señorita Purvis?


-No pude comunicarme con ella -dijo Howard.


Diez minutos más tarde había dejado al señor Luther y se dirigía al centro de la ciudad en un taxi. Le había dicho al conductor que se detuviera en la Treinta y siete y la Séptima, para que en caso de ser seguido por la policía, pudiera simplemente caminar un poco desde allá hasta coger su coche.


Bajó en la calle Treinta y siete, pagó al conductor y miró a su rededor. No vio ningún coche que pareciera estar siguiéndolo.


Caminó en dirección a la calle Treinta y cinco. Los dos whiskys de centeno que se había tomado con el señor Luther le habían dado fuerzas. Caminó rápidamente, con la cabeza alzada, y sin embargo de una forma curiosa y aterradora, se sentía completamente perdido. Su Pontiac verde estaba aparcado junto al bordillo allá donde lo había dejado. Sacó las llaves y abrió la puerta.


Tenía una multa.... la vio tan pronto como se sentó detrás del volante. Sacó la mano y la cogió de debajo del limpiaparabrisas. Una multa de aparcamiento.


Un asunto insignificante, pensó, tan insignificante que sonrió. Mientras conducía hacia casa, se le ocurrió que la policía había cometido un error muy estúpido no retirándole su permiso de conducir cuando lo tuvieron en la comisaría, y empezó a reírse de ello. La multa estaba en el asiento a su lado. Parecía tan trivial, tan inocua comparada con lo que había pasado, que se rió de la multa también.


Luego, casi con la misma brusquedad, sus ojos se llenaron de lágrimas. La herida que le había causado las palabras de Mary todavía estaba abierta, y sabía que aún no había empezado a dolerle. Y, antes de que empezara a doler, intentó fortalecerse. Si Mary se obstinaba en acusarlo, él insistiría en que fuera examinada por un psiquiatra. No estaba cuerda del todo, siempre lo había sabido. Había intentado llevarla a un psiquiatra por lo de George, pero ella siempre se había negado. No tenía la menor posibilidad con sus acusaciones, porque él tenía una coartada, una coartada perfecta. Pero si ella insistía...


Había sido Mary quien en realidad lo había animado a matar a George, ahora estaba seguro de ello. Había sido ella quien había metido la idea en su cabeza con un millar de cosas que había ido insinuando. No hay salida a esta situación, Howard, a menos que él muera. Así que él lo había matado -por ella-, y Mary se había vuelto contra él. Pero la policía no iba a cogerlo.


Había un espacio para aparcar de casi cinco metros cerca de su casa y Howard deslizó el coche junto al bordillo. Lo cerró y fue a su casa.


El olor a tela quemada flotaba aún en su apartamento, y lo sorprendió, porque tenía la sensación de que había pasado mucho tiempo. Estudió la multa de aparcamiento de nuevo, ahora bajo una mejor luz.


Y supo de pronto que su coartada había desaparecido tan bruscamente como apareció.


La multa le había sido impuesta exactamente a las 5:45.



FIN




Patricia Highsmith, experta en intriga, nos ofrece una antología con varios relatos, en los que la emoción, no consiste en adivinar quién puede ser el asesino; sino en descubrir donde fallará y cuando cometerá el error decisivo para que su crimen no quede impune. En "La coartada perfecta" Howard planea al detalle el asesinato de George, que crió a su novia como a su propia hija.

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