martes, 4 de febrero de 2014

LIBROS - CONQUISTA DE LO INÙTIL, EL DIARIO DE WERNER HERZOG SOBRE FITZCARRALDO (Entropìa, 2008)








BIENVENIDOS A LA JUNGLA





<<Por motivos que me son desconocidos, no me fue posible siquiera leer los diarios que escribí durante mi trabajo en la película Fitzcarraldo. Hoy, veinticuatro años más tarde, me resultó fácil, aun cuando técnicamente no fue sencillo descifrar la propia letra, que en aquel entonces estaba reducida a un tamaño microscópico. Estos textos no son un informe de filmación –apenas si se la menciona–, y diarios son sólo en el sentido más amplio: son otra cosa, más bien paisajes interiores, nacidos del delirio de la jungla. Pero tampoco de eso estoy seguro.>>  W. H. - Enero de 2004 

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El libro de Herzog podría incluirse en un pequeño estante que contendría, entre otros, Apuntes sobre la filmación de Apocalypse Now, de Eleanor Coppola, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, La cuarentena de J.M.G. Le Clézio, Fordlandia, del argentino Eduardo Sguiglia, y una buena biografía de la travesía africana de Rimbaud. Es que Conquista de lo inútil es un libro de la selva, del hombre occidental en el continente oscuro; el antihéroe que va a la jungla para arrancarle algo por su propia gloria, pero que termina transformado (y desquiciado) por ella.

La selva amazónica siempre ha sido fuente de relatos asombrosos, leyendas de fortuna y maravillas, personajes sobrenaturales y escenarios de ensueño. Desde las leyendas de El Dorado la selva ha sido vista con codicia por la riqueza que alberga y con temor ante su vastedad, misterio y peligros. Hacia las décadas finales del siglo XIX una nueva -y muy ganancial- fuente de riqueza hizo su aparición estelar: el caucho natural. Su uso industrial provocó que la demanda internacional del caucho fuera constante y creciente, lo que provocó tanto el mantenimiento de buenos precios de venta -sobre todo si se toma en cuenta que el costo de producción era mínimo gracias a la esclavización de población nativa- como la depredación de cientos de miles de árboles.

A partir de la década 1880, varios pueblos de la selva fueron literalmente invadidos por inversionistas y aventureros (que muchas veces era lo mismo) extranjeros atraidos por la fiebre del caucho. En medio de muchos, llegó Carlos Fermín Fitzcarrald, un jóven irlandés-peruano nacido en 1862 en la provincia de Huari (Ancash) con el nombre de Isaías Fermín, que apenas terminado el colegio fue apuñalado al creérsele espía chileno y que tuvo que huir de Lima apenas se recuperó. Al llegar a la cuenca del río Pachitea, uno de los principales afluentes del río Ucayali, trabajó recogiendo caucho hasta 1883, cuando pudo organizar una pequeña expedición hacia la selva vírgen dando inicio a la leyenda que acompañará su apellido. A los 26 años, el conocido "Fitzcarraldo" ya era el hombre más rico en la cuenca del Ucayali y uno de los exploradores más importantes de su época.

Esta historia convertida en leyenda es el trasfondo de uno de los mejores filmes de Werner Herzog, titulado Fitzcarraldo y filmado entre 1979 y 1981 en escenarios naturales cerca a Iquitos. Así como la selva llenaría de magia la vida de Fitzcarrald, lo mismo ha sucedido con el filme de Herzog. Pero el director alemán ya era un hombre experimentado en este tipo de filmaciones. Una década antes Herzog, junto al actor Klaus Kinski, ya habían filmado la notable Aguirre, la ira de Dios, que retrata al explorador español Lope de Aguirre en su viaje por el río Marañón. Apasionado por los personajes aventureros, locos y obstinados, el director alemán contribuyó a alimentar la leyenda gracias a sus constantes peleas con Kinski -que incluyeron amenazas de muerte- y su estilo documentalista al filmar escenas impresionantes sin efectos especiales. El mejor ejemplo de ello es la famosa escena del remolque del barco de 340 toneladas sobre la selva:

El Fitzcarrald real desarmó el barco y lo trasladó en piezas, pero la visión de Herzog era cinematográfica. Accidentes, enfermedades, deserciones -incluyendo la del primer protagonista Jason Robards y la mítica salida de Mick Jagger para irse de gira con los Rolling Stones, aunque aun se les puede ver en una escena que no fue incluida en el filme-, peleas, maltratos, sobrecostos, tres años de filmación, etc. han sido recogidos parcialmente en el documental Mein liebster Feind - Klaus Kinski (Herzog, 1999). Sin embargo, parece que el realizador tiene más que contarnos, pues se acaba de publicar en español Conquista de lo inútil, la versión traducida del diario de Herzog sobre la filmación de Fitzcarraldo, ese filme que según Quim Casas, crítico de cine y autor de este artículo, "es una película de ficción que puede verse también como el documento de su propio rodaje. Verdad e invención se confunden en sus febriles imágenes".

   Herzog escribió su diario y decidió guardarlo. Dos décadas después volvió a leerlo, descifrar lo que él considera una letra microscópica, editarlo y publicarlo. No es un libro sobre problemas técnicos derivados de un trabajo fílmico titánico, sino un diario en el sentido estricto de la palabra. Herzog lo define como paisajes interiores nacidos del delirio de la selva.

    Su prosa es muy gráfica. Puede visualizarse la lucha contra los elementos, el cinturón de cuero que se hinchaba por la humedad y el sudor mientras se abría camino a machetazo limpio por la selva, los delirios de un extra mexicano que empezó a correr desnudo por el hotel, la muerte por diarrea de una indígena, la locura de un miembro del equipo que acabó pintándose la cara de negro para ser invisible y tomando rehenes en la ciudad o las manías higiénicas de Kinski, que se lavaba las manos con alcohol después de tener el mínimo contacto con un nativo.

    El director alemán describe también sus sueños durante el rodaje, como aquel en el que vio nevar sobre la selva, y a veces aparece la nostalgia. «Me he dado cuenta de que nunca volveré a ser el mismo», escribe en una entrada de diciembre de 1980. «Me he quedado mirando los pálidos árboles de la selva y he intentado imaginarme que en Múnich había nieve, que mi pequeño celebraba el Advenimiento; sin mí». Como escribe Herzog en el epílogo, este es un diario sobre las fatigas de los hombres, la carga de los sueños y los suplicios del tiempo.

  Sin duda Herzog admiraba a los personajes que retrataba en sus filmes, al menos a estos megalómanos que se obstinaban en triunfar en empresas sobrehumanas, así les costara la vida en el camino -Fitzcarrald murió en un accidente fluvial en 1897 a los 35 años-. Pocas veces podemos tener un relato tan asombroso como este, en el cual la realidad supera por momentos a la ficcion, y donde la genialidad que vemos en la pantalla es claro producto del conflicto vivido en la realización. Mejor motivo no tenemos para volver a ver Fitzcarraldo, leer a Herzog y adentrarnos en una de las épocas y espacios más oscuros y alucinados de nuestra historia reciente.


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