viernes, 21 de marzo de 2014

CASOS POLICIALES - BURGOS: EL DESCUARTIZADOR DE CONSTITUCIÓN



HISTORIA DE PASIÓN, ENGAÑO Y MUERTE







Era un oscuro corredor de seguros, de aspecto inofensivo. Pero en febrero de 1955, Eduardo Jorge Burgos (que tenía 30 años) fue rebautizado. Aquella imagen de perfil bajo quedó atrás cuando empezaron a llamarlo "El descuartizador de Barracas".El cambio ocurrió cuando la Policía Federal descubrió que, en un ataque de celos, Burgos había matado a su novia para después descuartizarla y esparcir sus pedazos en varios lugares de Buenos Aires.La víctima se llamaba Alcira Metygher y tenía 28 años.

En una tórrida y agitada Buenos Aires, la política, y algo de fútbol, consumía gran parte del tiempo de las charlas de café. Sólo un hecho cambiaría al menos por algunos días el interés de los argentinos. Fue, para muchos, la historia de un chacal suelto por las calles de Buenos Aires. 

Macabro hallazgo:

Un cura que caminaba por las calles de Hurlingham, a unas pocas cuadras de la Estación de Trenes, descubrió con horror un paquete con un macabro contenido. El almanaque marcaba viernes 19 de febrero cuando fue hallado el torso de una mujer. Los diarios de la época dieron la noticia y el país se conmovió.

La luz roja se encendió en las redacciones. El viernes siguiente, 26 de febrero, en un desolado rincón del sur de la ciudad, donde se juntan la avenida Cruz y la calle Pedernera, se encontró un envoltorio similar: eran las dos extremidades inferiores, desde el pie hasta la rodilla, además de un muslo. 

El horror se desató en Buenos Aires cuando, pocas horas después, un marinero de la chata Sheop, que navegaba por el Riachuelo, avistó un objeto raro que flotaba a la altura de la calle Martín Rodríguez. La Prefectura rescató un canasto de alambre con el consabido paquete: contenía una cabeza de mujer, los brazos, alguna ropa.
Comenzaron a circular todo tipo de rumores. ¿Eran los restos de una única mujer o de varias? ¿La ciudad estaba amenazada por un asesino feroz, un Jack el Destripador porteño? La prensa filtraba con cuentagotas detalles macabros que erizaban a la población y multiplicaban la psicosis. El asesino había limado las yemas de los dedos de su víctima. Los envoltorios no tenían ni una gota de sangre. ¿Dónde había sido asesinada? Una primera conclusión se imponía: la habían matado, desangrado y después cortado en partes. 

Atrapado sin salida:


Se convocó a los mejores forenses, como el doctor Francisco Fablet, para que analizaran los restos. Con esa información recabada, dieron con la mujer que podría ser la víctima. Se llamaba Alcira Methiger, de 27 años, y en 1954 había sido operada tras haber sido atropellada por un auto. Era salteña y había llegado a Buenos Aires diez años antes para trabajar como empleada doméstica. Fue su hermana, Ana, quien aportó más información. Alcira tenía varios novios y pretendientes. Uno de ellos, el último, estuvo preso algunas horas, aunque no tenía nada que ver con el asesinato. Pero surgió el nombre del sospechoso: Jorge Eduardo Burgos, un soltero de 30 años que vivía con los padres. Integraba una familia de clase media acomodada que ocupaba un elegante departamento en Montes de Oca 280, en Constitución. Tenía secundario completo y había estudiado idiomas, destacándose en inglés. Cuando fueron a buscarlo, había viajado a Mar del Plata. Los investigadores de la Policía Federal lo siguieron y lo detuvieron en la Estación de Trenes de “La Feliz”.

Dijo que la había matado porque Alcira rechazaba sus propuestas de casamiento. Y explicó que los celos lo enloquecieron cuando, en el bolso de su novia, encontró una carta de otro hombre. "Ese fue el detonante", declaró.

Burgos se explayó, contando de principio a fin, su versión de la historia: Conocía a Alcira desde el año 1944, cuando ella, recién llegada de Salta, alquiló una pieza en el departamento de la familia de él. Cuando Alcira se fue de la pieza siguieron viéndose. Burgos, con la verborragia propia de las homicidas que confiesan, siguió así su relato: discutían porque ella quería "concretar" y él dudaba. Durante febrero, la familia Burgos se había ido de vacaciones a Necochea. Jorge Eduardo quedó solo en su casa. Burgos narró los paseos de la pareja durante aquel verano. Las visitas al departamento. La discusión, aquella noche de febrero en Montes de Oca. La carta de otro hombre que él había descubierto en un libro que tenía Alcira en la cartera. 

Crónica de un final anunciado:


El fatídico desenlace se precipitó: La pelea feroz, los dientes de ella apretándole un dedo. La furia de él, que para desprenderse le aprieta el cuello, y la caída. El pánico, cuando se da cuenta de que ella no respira. El cuerpo desnudo de Alcira en la bañera, Burgos que se saca la ropa para descuartizarla. Las ocho horas que le lleva cortarla en pedazos. Los paquetes. Los viajes en colectivo para arrojar los bultos en distintos lugares.  El macabro plan incluyó viajes en colectivos con los paquetes con los restos que iba arrojando en lugares descampados. Con la confesión, se cerraba la investigación. Luego llegaría la batalla judicial.

El juez de la causa condenó al descuartizador Burgos, en primera instancia, a 20 años de cárcel por homicidio simple. La Cámara del Crimen de la Capital, tiempo después, le rebajó la sentencia a 14 años. En prisión, el tímido Jorge se convirtió al evangelismo y mantuvo una conducta ejemplar, según los informes del Servicio Penitenciario. Por esos años, se había convertido en uno de los asesinos más conocidos de la Argentina.



Mientras el caso se dilucidaba en los Tribunales, se desenvolvió otro capítulo del crimen. La sociedad se dividió entre los que apoyaban a Alcira y los que eran partidarios de Burgos. Comenzaron a llegar a la redacción de Ahora cartas de lectores que se identificaban con uno u otro. Para algunos, Alcira Methyger, doméstica, provinciana, había sido engañada por un joven culto y de buenos medios económicos. Jorge Burgos representaba, para esos lectores, el prototipo del seductor irresponsable, del rico que, tras divertirse con una "morochita", la había asesinado y, sin la menor piedad, luego la había despedazado. 

Otros lectores, en cambio, simpatizaban con Burgos: Alcira era una arribista que había embaucado a un buen muchacho, tímido, apocado, culto, al que la pasión perdió. Dando por descontado que el crimen de Burgos había sido preterintencional (no deseado), como alegaba el asesino, muchos lectores lo veían más cómo víctima que como verdugo.

¿Fue Burgos víctima de las circunstancias? ¿Era un buen hombre al que un momento de locura arruinó la vida? ¿O fue uno de los más peligrosos e inteligentes asesinos al que sólo una brillante investigación impidió cometer el crimen perfecto? Un Burgos cuarentón, en los primeros meses de 1965, recuperó la libertad al cumplir las dos terceras partes de la condena. El hombre regresó al 3° “E” del edi cio de Montes de Oca 280. Allí siguió viviendo hasta su muerte, cuando ya había nacido el nuevo milenio. Solitario, se dedicaba a lustrar muebles, usaba un bastón y había quedado sordo.


El paralelismo literario:

Primero fue el horror. Pero después el caso Burgos provocó la fascinación de varios escritores. Era un crimen "literario": ¿por qué? Su diseño parecía un desafío a la sociedad o el juego de una mente perversa. También llamó la atención la extraña coincidencia de nombres. El ensayista Jorge B. Rivera escribió en 1991: "Sólo ahora, con el paso de los años, podemos advertir una simetría curiosa, prescindible o caprichosamente erudita, que en aquellos días era secreta o puramente premonitoria: el nombre Jorge Burgos, un corredor de libros homicida, prefigura el de Jorge de Burgos, el asesino múltiple de El nombre de la rosa, que custodia una biblioteca y un libro (y se enlaza con el de Jorge Luis Borges, bibliotecario y escrutador de grandes figuras universales de la infamia)".
El nombre de la rosa, la novela que Umberto Eco publicó en 1980, nació en Buenos Aires, en una librería de viejo de la calle Corrientes, donde Eco encontró un manuscrito. 

Hecho que Jorge Luis Borges, de quien Eco se reconoció lector devoto, usó varias veces. Constitución y Barracas, los barrios donde transcurrió el caso Burgos, fueron escenarios recurrentes en las ficciones de Borges. Una de sus obras maestras, el cuento El Aleph, comienza en la estación Constitución, en cuyo bar solían encontrarse Alcira y Burgos. El Aleph era un objeto que contenía el universo entero y Borges lo situó en la calle Garay, la misma en la que vivió Alcira Methyger cuando vino de Salta. El parque Lezama, por cuyas avenidas pasearon de la mano Burgos y Alcira, también vio pasar, quizás unos años antes, al joven Borges con su novia Estela Canto. 

Como contagiados por este clima literario, varios de los protagonistas de esta historia escribieron sobre ella. El comisario Evaristo Manuel Urricelqui, a quien sus acólitos llamaban El Vasco, ya jubilado, publicó algunos libros de cuentos. Otro Evaristo -Meneses- se convirtió algo después en célebre policía: en 1955 era detective de la sección Capturas y participó en algunas diligencias del caso Burgos. En sus memorias, publicadas en 1962, da su versión de este caso. Gracias a Meneses, que integraba la comisión que allanó la vivienda de Burgos en la avenida Montes de Oca, conocemos algunos de los títulos que guardaba la biblioteca del asesino: The Criminal Law, Best Crimes Stories, Murder Charge, Murder and Treason, Dead Wight, If I should Murder. La mayoría de estos libros, señala Meneses, "se referían a crímenes de mujeres, por lo que separé más de cuarenta". Aun resta otra sorpresa. En esa biblioteca estaba El asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, uno de los libros que más le gustaban a Borges 

Otro policía escritor, Plácido Donato, evocó el crimen de Alcira Methyger en sus Confesiones de un comisario. El propio Burgos no se quedó atrás. Mientras esperaba la sentencia definitiva, publicó un libro de 64 páginas titulado Yo no maté a Alcira. Llevaba el sello de la ignota editorial BM y la tapa estaba ilustrada con la foto del autor y este subtítulo: Escrito desde la cárcel. El volumen, hoy ávidamente buscado por los coleccionistas, es un relato bastante rosa de los amores entre Burgos y Alcira. Su autor reitera lo que dijo siempre: Alcira y él pelearon, ella le mordió un dedo, él sin darse cuenta le apretó la garganta, para percatarse luego de que ella había muerto. Luego, dominado por el pánico, la descuartizó.


 

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