lunes, 28 de abril de 2014

ENSAYOS - "FEDOR DOSTOIEVSKI" por Michele Federico Sciacca (*)







 

Es la condena del humanismo ateo, tanto en la forma marxista como en la nietzscheana, ya sea escéptico o pragmatista, existencialista o absurdista; uno de los maestros del humanismo verdadero, cristiano y teísta, humano.

Extensa y a veces profunda, en el pensamiento actual, es la influencia del célebre escritor ruso FEDOR DOSTOIEVSKI (1821-1881), quizá el alma más grande del mundo moderno. [...] Ha dado muchísimo a la filosofía, bien porque ha vivido sus problemas, bien por la influencia que ha ejercido en el pensamiento europeo de los últimos cincuenta años.


Los personajes de sus novelas - no hombres reducidos a símbolos abstractos de ideas, sino ideas encarnadas e inervadas en criaturas terriblemente vivas están siempre suspendidos entre el mal y el bien, el pecado y el instante inminente de la salvación, entre la desesperación y la fe, entre la caída en la nada y el «salto» en Dios. Cada uno es un momento, una pulsación de la trágica lucha interior del hombre que combate entre la aspiración a los más altos niveles del espíritu y el mal que le rechaza hacia los abismos profundos. ¿Qué es lo que se opone a que el hombre se libre de la atracción del abismo cada vez que trata de desplegarse y de elevarse? Para Kierkegaard, se opone la filosofía sistemática de la milagrosa razón que todo lo resuelve y todo lo arregla; para Dostoievski, la sociedad, con su orden constituido, con sus tradiciones y costumbres, instituciones y jerarquías, con la inviolabilidad de las reglas de la moral común, que condena inexorablemente al que no se adapta a ella y le separa de la vida. ¿Qué abismo de humanidad, de bien y de mal hay en los desechos sociales, que viven .en los barrios bajos, humillados y ofendidos, tarados psíquicos? ¿Tiene la sociedad constituida el derecho de condenarles, y sobre todo, de permanecer indiferente, encerrada dentro de sus leyes y en su «virtuoso» egoísmo, hostil y distante de la tormenta de un alma que se ha manchado de delito y que es capaz de sufrirlo en lo profundo de su conciencia durante toda la vida? ¿Tiene la sociedad el derecho de poner obstáculos en nombre de la defensa del «orden» y de la «normalidad» a todo movimiento del individuo, de obligar al «individuo» a vivir y a pensar como la condición social exige que viva y que piense?


La sociedad señala como ejemplo al hombre normal, respetuoso del orden, burocratizado, incluso en su vida espiritual. Es el hombre que ha renunciado a vivir según él mismo, para vivir como quieren los demás; el hombre en la «situación», que renuncia a todas las posibilidades de la existencia para aferrarse a una sola, a aquella en que se encuentra sin mérito o desmerecimiento y sin responsabilidad. Nacemos «prefijados», «premeditados». Para el hombre «normal», los demás, las «personas», los que quieren ser ellos mismos, son los rebeldes, los inmorales, los anormales, los locos. Son los menos: normalidad o anormalidad, la llamada cordura o la llamada locura, es sólo una cuestión de mayoría. Sin embargo, Dostoievski no trata de negar el orden, como si éste fuera un puro resultado histórico contingente, sino de instaurar, contra el orden exterior, insuficiente para reeducar y mejorar, un orden interior. A este resultado llega a través de la exasperación paradójica de las fuerzas del mal y del desorden.


De aquí la situación «ambigua» de sus personajes, siempre al borde de la perdición y de la salvación, a veces elevados a momentos de transparencia evangélica y a veces hundidos en las tinieblas del infierno. Almas dotadas de recursos inagotables, sacan de su fondo fuerzas gigantescas, alcanzan la salvación en el abismo del mal mediante el sufrimiento, el dolor y la expiación. La escuela del bien y de la salvación se identifica, para Dostoievski, con el magisterio del dolor y del sufrimiento, que pide indulgencia, comprensión y piedad. 

Dostoievski estaba profundamente convencido de que, aun en el ambiente más ignorante y sofocante, entre los que se hallan fuera de la ley, «aun allá en las canteras, debajo el vestido de un preso y de un asesino, puede encontrarse un corazón de hombre». Son los desechos y despojos sociales, los que viven fuera del orden, -los que quieren volver a entrar en el orden, después de haber expiado incluso las muchas injusticias cometidas en nombre de este orden y de esta moral; quieren volver a él mejores, en nombre de un orden superior e interior, para elevar a los demás (a los «normales» y a los «justos») a aquella moralidad y a aquel orden que no es una costumbre anónima e impersonal, sino el fruto de una dura iniciativa personal, filtrada a través del dolor.

Esta es la idealidad que encarnan los personajes dostoievskianos, desde el hombre de los «primeros impulsos» de las Memorias del subsuelo, de cuyo fondo grita a los de la «superficie» para decirles que son «un montón de mísero buen sentido» y de donde emerge a través de la expiación y con un gran deseo de ser bueno, hasta el inmortal protagonista de Crimen y castigo, que personifica las ambivalencias y las antinomias del fondo misterioso del alma humana, siempre desgarrada por antítesis y contradicciones. Raskolnikof, entre entre otras cosas, es la personificación de la lucha contra la moral común, responsable legalizada y reconocida de tantos delitos y de tantos errores. Pero no es la brillante dialéctica de Raskolnikof («el superhombre») la que logra el triunfo del bien sobre el mal, sino el dolor silencioso de Sonia, la mujer perdida por socorrer a los demás, la «tierna y querida madre» de los forzados, aquella que revela a Raskolnikof a sí mismo, el asesino al asesino, y que en esta revelación le abre el camino de la expiación y de la salud. Quien lo salva, a través de la expiación, es Sonia, la «mártir voluntaria de puro amor».


El nihilismo de Dostoievski es aparente; real y auténtica es la afirmación de la persona humana y de Dios: restauración de la moral y de la religión, la vocación de cada hombre, en la que se vencen las fuerzas del mal. La redención dostoievskiana es dialéctica: inversión de los contrarios, «crisis» profunda y misteriosa y no tránsito gradual: salto del pecado a la salvación. Por algo la filosofía contemporánea reconoce en Dostoievski a uno de sus maestros.


Pero sobre este aspecto son necesarias algunas precisiones: una gran parte de los varios humanismos y existencialismos contemporáneos que, directa o indirectamente, se remiten o se refieren a Dostoievski, hallan en él condenación o desprecio.


El llamado «voluntarismo» dostoievskiano no es pragmático ni irracional: Dostoievski no niega la validez de la razón ni la considera inepta para conocer la verdad. Pero limita su alcance y su extensión: el hombre no es sólo razón y la verdad se conoce con todo el hombre, en el hecho concreto de la vida espiritual. No está contra la razón, sino contra su hegemonía, contra la razón desencarnada, divorciada de la voluntad y de la humanidad del hombre. Los actuales misólogos buscan en vano en Dostoievski un aliado.


Tampoco lo hallan en él los nihilistas y los absurdistas. Cierto es que el ser del hombre, para Dostoievski, presenta una radical ambivalencia: el bien y el mal, coexistentes en toda criatura, como dos tendencias opuestas en conflicto perenne (maniqueísmo moral). Es la consecuencia del pecado de Adán: en la lucha entre Dios y el demonio, el corazón del hombre es el campo de batalla. Pero el bien triunfa siempre, aunque entre lágrimas y sangre. El objetar que en sus novelas el bien aparece raramente demuestra escasa finura espiritual. El bien, cristianamente entendido, no ama «aparecer», ama «ser» sin aparecer; es humilde, escondido y reservado, a diferencia del mal, que es clamoroso y vistoso. El bien no se manifiesta en los grandes gestos, sino en los pequeños actos ricos de grandes sentimientos. Pertenece a los simples y a los humildes, a las criaturas buenas, ignoradas, no vistas, aparentemente insignificantes, que lo soportan todo y no piden nada, prestas siempre a mantenerse aparte. Son las criaturas que aceptan y, aceptando, eligen: Dostoievski cree en la libertad como la-entiende el Cristianismo, libertad como dolorosa elección radical entre el bien y el mal, y como liberación en el bien y en la verdad; las «dos libertades» de San Agustín, la libertas minor y la libertas maior. La positividad del hombre, de la libertad y de la voluntad son por él plenamente reconocidas.


De aquí la positividad del sufrimiento, del dolor y de la angustia, que no son estéril agitación, ni pura negatividad, ni inexplicable e insignificante absurdo. Los héroes de la humanidad dostoievskiana saben lo que quieren y no tienen nada en común con los «héroes» de la literatura existencialista de hoy, abúlicos, extenuados, absurdos, para los que matar o abrazar es la misma cosa, porque, de todos modos, todo es absurdo, vano e insignificante. 


Los héroes del existencialismo transforman la tragedia de Dostoievski en una farsa o en una «pose». De ello es prueba el que todas las soluciones del conflicto radical entre el bien y el mal, planteadas por la filosofía contemporánea, escéptica, pragmatista o nihilista, son rechazadas o ridiculizadas por Dostoievski. Para él son impotentes tanto el masoquista gozar del sufrimiento como el escepticismo desesperado o el creer en algo para obtener provecho o utilidad. Por las mismas razones reserva el suicidio para las almas inferiores (Smerdiakof y Svidrigaiolof), el embrutecimiento para las figuras secundarias o brutales y la locura y el desastre para el ateo, espíritu aparentemente fuerte y substancialmente débil (Iván Karamazof), al que no le es ahorrado ni el ridículo. Para las almas superiores, para los verdaderos héroes humanos del drama humano, reserva la solución verdadera: la expiación, mediante la cual se produce la rehabilitación, la inversión, la transformación radical, la metánoia. «En la cárcel, quizá estaré mejor»; desde este punto, para Raskolnikof, el superhombre fallido y arrepentido, «empieza la historia de [su] lento renacer... de la gradual regeneración, del lento paso de una vida a otra».

Dostoievski es la condena del humanismo ateo, tanto en la forma marxista como en la nietzscheana, ya sea escéptico o pragmatista, existencialista o absurdista; y por ello es uno de los maestros del humanismo verdadero, cristiano y teísta, auténticamente humano (1).

DOSTOIEVSKI: P. EVDOKIMOFF, D. et le probléme du mal , Lyon, 1924; Y. IVANOV, D. , Tubinga, 1932; N. BERDIAEV, La concezione di D. , trad. it., Roma, 1945; M. J. L. A. ZANDER, D., le probléme du bien, trad. fr., París, 1946; H. TROYAT, D ., París, 1948; R. CANTONI, Crisi dell"uomo . Il pensiero di D. , Milán, 1948; R. GUARDINI, Il mondo religioso di D. , trad. it., Brescia, 1951; W. GIUSTI D. e il mondo russo dell"Ottocento , Nápoles, 1952; E. DE MICHELIS, D. , Florencia, 1954; F. STEPUN, D. u Tolstoi , Munich, 1961; F. MADUALE, D. , Turín, 1965.






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Fëdor Mihajlovich Dostoievski . Novelista ruso. Transitó por el terreno de la ingeniería militar, hasta que abandonó esa carrera para dedicarse a la literatura, en 1844. Debido a su participación en las discusiones políticas y sociales del círculo Petrashevskij fue condenado al fusilamiento y finalmente exiliado en Siberia durante cuatro años. El exilio acentuó su epilepsia a la vez que lo condujo a un conocimiento más profundo de la vida del pueblo ruso y lo llevó a abandonar sus ideas revolucionarias, que reemplazó por el ideal de la transformación interior basada en el Nuevo Testamento. La pasión por el juego, a la que debió sucesivas bancarrotas, lo obsesionó durante muchos años. Todos estos tópicos sumados a una asombrosa capacidad de describir los más recónditos pliegues del alma caracterizan su obra.


(* ) M. F. Sciacca (1908-1975), catedrático de Filosofía Teorética en la Universidad de Génova, fue formado dentro de la escuela idealista de Gentile; fundador y director de el Giornale di Metafisica. Su pensamiento arranca de la filosofía platónico-agustiniana, por una parte, y del pensamiento de Rosmini y, por supuesto, de Gentile, por otra; se desarrolla, sin embargo, de una forma absolutamente personal. El propio Sciacca ha calificado su filosofía con el título de Filosofía de la integridad, lo que se ha definido como un realismo idealista, fundado en las ideas de san Agustín. Sus obras son numerosas.

Fuente:

Por Michele Federico Sciacca
Catedrático de Filosofía Teorética
Universidad de Génova
Texto de Filosofía hoy , Ed. Escelicer 1973.
Copyright 2002. Edición digital de Arvo Net. Fines exclusivamente educativos.


4 comentarios:

  1. Dostoievski un gran escritor, que como bien lo resalta la publicación, buceo profundamente en el alma humana, reconoció sus falencias y las convirtió en escritura con intenciones de enseñar un camino diferente, para lograr una vida más humana.
    Como anécdota, mientras estaba leyendo Crimen y castigo, me toco asistir a una asamblea referida a temas de mi profesión, en un momento dado use la frase donde dice que al miserable no se lo corre ni con una escoba (porque no vale la pena), se produjo un revuelo, mis colegas se enojaron por considerar que los había tildado de miserables...tiempo después terminaron dándome la razón. Dostoievski sigue siendo actual y me ayudo a refutar mi opinión.
    Me gusto la reseña, los autores rusos me apasionan, precisamente por eso, por que escriben con pasión y realismo.
    Saludos.

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    1. Muchas gracias Mirta por leer y comentar, asi como por compartir tu anécdota laboral y como Dostoiesvski te inspiró, y estabas en lo correcto. Comparto tu opinión acerca de la escritura rusa, apasionada, comprometida y muy humana. Es un gusto tenerte de vuelta por el blog, saludos!!

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  2. Estuve este verano pasado San Petersburgo y visité la casa museo del escritor. Me impactó ver el lugar donde escribió sus magníficas novelas y donde sufrió las adcciones que tanto marcaron algunas de sus obras.
    Como simepre, Ghost Writer, un magnífico y trabajado post.

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    1. Muchas gracias por tu anécdota y tus halagos Juan Carlos, un saludo!

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