jueves, 3 de abril de 2014

VIDA & OBRA - D.H. LAWRENCE (1885-1930)







D. H. (David Herbert) Lawrence nació el 11 de septiembre de 1885 en un pueblo llamado Eastwood, Nottinghamshire (Inglaterra). Era el cuarto hijo de Arthur Lawrence, un minero casi analfabeto y aficionado a la bebida, y de Lydia Beardsall, una mujer, antigua maestra, amante de la cultura, hecho que provocó el interés por la pintura y la lectura del pequeño David, quien desde niño sufrió de frágil salud. La diferencia cultural entre sus padres fue un elemento clave en la psicología de Lawrence, quien sufrió en su niñez el enfrentamiento habitual entre sus progenitores. Después de acudir gracias a una beca al Nottingham High School y a la Universidad de la misma ciudad, Lawrence dejó los estudios y comenzó a publicar sus primeros textos y a dar clases desde 1908 en la Davidson Road School de Croydon.

Su literatura expone una extensa reflexión acerca de los efectos deshumanizadores de la modernidad y la industrialización,2 y abordó cuestiones relacionadas con la salud emocional, la vitalidad, la espontaneidad, la sexualidad humana y el instinto.3 4 Las opiniones de Lawrence sobre todos estos asuntos le causaron múltiples problemas personales: además de una orden de persecución oficial, su obra fue objeto en varias ocasiones de censura; por otra parte, la interpretación sesgada de aquella a lo largo de la segunda mitad de su vida fue una constante. Como consecuencia de ello, hubo de pasar la mayor parte de su vida en un exilio voluntario, que él mismo llamó "peregrinación salvaje".

En 1908 finalizó sus estudios en la Universidad de Nottingham y publicó sus primeros poemas en la revista English Review un año después. Su primera novela, El pavo real blanco, apareció en 1911 gracias a la ayuda de su amigo Ford Madox Ford. Hijos y amantes (1913), en gran parte autobiográfica, es la más significativa de sus primeras novelas y aborda la vida en un pueblo minero.

En 1912 escapó junto Frieda Weekley, una aristócrata alemana (hermana del aviador alemán Freiherr Manfred von Richthofen) que estaba casada con su profesor y con la que contrajo matrimonio dos años después, cuando ella consiguió el divorcio. Su intensa, tormentosa y nómada vida en común, le proporcionó material para muchas de sus novelas, como El arco iris (1915) y Mujeres enamoradas (1921). El arco iris fue prohibida oficialmente por obscenidad. En este periodo también escribió dos libros de poesía, Poemas de amor y otros poemas (1913) y ¡Mira! Hemos cruzado hasta aquí (1917).

Durante la I Guerra Mundial vivió agobiado en Inglaterra a causa del origen alemán de su mujer y su propia oposición a la guerra. La tuberculosis se añadió a sus problemas, y en 1919 empezó un periodo de vagabundeo sin descanso en busca de un clima más benigno. Gracias a los viajes que realizó, pudo captar los ambientes de varios libros: la región italiana de Abruzzi en La mujer perdida (1920), Cerdeña en El mar y Cerdeña (1921) y Australia en Canguro (1923). Durante sus estancias en México y Taos, Nuevo México (1923-1925), escribió La serpiente emplumada (1926), novela que refleja su fascinación por la civilización azteca.

A partir de 1926 residió en Italia, donde escribió y reescribió su novela más famosa, El amante de lady Chatterley (1928), que trata de las relaciones sexuales entre una mujer y el guardabosques de su esposo, miembro de la nobleza. Lawrence escribía a ratos y muchas páginas del manuscrito se vieron manchadas por la sangre que escupía. A la hora de transcribirlo, una mecanógrafa se rehusó a seguir copiando "semejantes porquerías" y ningún editor quiso publicarlo hasta que en Italia se consiguió que un impresor lo editara. En 1932 se publicó una versión expurgada.

Aunque en el momento de su muerte su imagen ante la opinión pública era la de un pornógrafo que había desperdiciado su considerable talento, E. M. Forster, en un obituario, defendió su reputación al describirlo como "el novelista imaginativo más grande de nuestra generación".5 Más adelante, F. R. Leavis, un crítico de Cambridge de notoria influencia, resaltó tanto su integridad artística como su seriedad moral, lo que situó a buena parte de su ficción dentro de la "gran tradición" canónica de la novela en Inglaterra. Con el tiempo, la imagen de Lawrence se ha afianzado como la de un pensador visionario y un gran representante del modernismo en el marco de la literatura inglesa, pese a que algunas críticas feministas deploran su actitud hacia las mujeres, así como la visión de la sexualidad que se percibe en sus obras

Décadas después de la muerte del escritor, sus obras comenzaron a ser llevadas a la pantalla. Las primeras fueron versiones suavizadas tanto moral como eróticamente y resultaron un fracaso de crítica y público: El amante de Lady Chatterley, estrenada en los cines franceses en 1955 es un buen ejemplo. La siguiente película importante data de 1960 y es una adaptación más lograda, en cuanto que refleja la intención crítica del autor con bastante más empeño y eficacia dramática: Hijos y amantes (Son and lovers, Jack Cardiff).

A finales de los años 60, con la mayor permisividad social y artística que promueven los movimientos sociales frente al capitalismo, la revolución sexual, etc., el cine europeo se suma con diversas tendencias, entre las que sobresale una célebre película de Ken Russell que devuelve la obra del escritor a la actualidad. Se trata de Mujeres enamoradas (Women in love, 1969, donde se plasman algunas de las obsesiones del autor que enlazan con la ética y estética del director de la cinta, considerado uno de los enfant terrible del cine británico del momento.
El gran éxito critico-comercial del film (Oscar para Glenda Jackson como mejor actriz, consagración para los actores Oliver Reed y Alan Bates), no se traduce sin embargo en ningún aluvión de adaptaciones del escritor. Solo un título sigue a este: La virgen y el gitano (1970, Christopher Miles), y pasa totalmente desapercibida en su estreno en todo el mundo pese a las buenas intenciones del director y a las interpretaciones de Franco Nero y Joanna Shimkus, quizá porque no posee ningún morbo o erotismo explícito. Además de ser un reconocido novelista y poeta, Lawrence también escribió una serie de vivencias personales en prosa, la mayor parte de las cuales tuvieron lugar durante su exilio en el extranjero. Así, por ejemplo, sus relatos, a diferencia de las demás obras, tratan exclusivamente de parajes exóticos y de un acervo cultural que distaba mucho del de la sociedad británica de su tiempo.

Dentro de los más reconocidos, El oficial prusiano y otras historias muestra un panorama de las inquietudes de Lawrence, así como su actitud hacia la Primera Guerra Mundial. Su volumen estadounidense La mujer que se marchó y otras historias desarrolla la temática del liderazgo, idea que también exploran tres de sus obras Canguro, La serpiente emplumada y Fanny y Annie. La temática de lo internacional y el gusto por lo inusual caracterizan esta etapa de la creación literaria de Lawrence, donde revive un género en desuso desde la época isabelina. No obstante, esta práctica lo aproxima a su contemporáneo, el autor norteamericano Henry James, quien siguió de cerca el tema del ciudadano del mundo.

El escritor, como observador pasivo en un mundo muy distinto al suyo, trasladó esas vicisitudes a obras como Canguro (1923), ambientada en su experiencia como viajero en Australia, El mar y Cerdeña (1921), que resume su estancia en Italia antes y durante el estallido de la Guerra Mundial, y La serpiente emplumada, que, aunque es una novela, está basada en sus días en México. Por último, La vara de Aarón (1922) destaca por la presencia de elementos característicos de la filosofía de Friedrich Nietzsche. Otros relatos y libros de viajes incluyen La niña perdida (1920) y El trasgresor (1912), que cuestiona las normas y costumbres de la época.


La crítica que hace Lawrence a otros autores a menudo proporciona una perspectiva de su forma de pensar y de escribir. En este sentido, destaca su Estudio de Thomas Hardy y otros ensayos y Estudios en literatura clásica estadounidense. En esta última, Lawrence responde a Walt Whitman, Herman Melville y Edgar Allan Poe, lo cual deja entrever la naturaleza del propio autor. Virginia Woolf encabezó la lista de las autoras feministas que arremetieron duramente contra D. H. Lawrence, acusándole, en algunas ocasiones, de misoginia.



Respecto a la crítica que otros autores han hecho de Lawrence, cabría destacar la feminista. Virginia Woolf, contemporánea del autor, puso de relieve el aparente ataque de Lawrence a la figura de la mujer en muchas de sus obras. Según Woolf, se saca a relucir una faceta negativa del sexo femenino, de modo que se presenta a una mujer acaparadora, superficial e infiel a sus votos matrimoniales. Un ejemplo es el de El amante de Lady Chatterley, donde la protagonista, como adelanta el título, tiene una relación con un caballero que no es su marido. 

Esta temática se retoma en Hijos y amantes, donde los niños son prisioneros de su madre, que los oprime, los absorbe y los protege hasta un extremo que resulta poco menos que desagradable, ya que recién a su muerte, uno de sus hijos, el que aún no ha fallecido, consigue rehacer su vida al lado de otra mujer.49 Lo irónico radica en que la ausencia de la figura maternal causa un revés en el argumento, al mismo tiempo que adelanta el comienzo de una nueva etapa de libertad para el protagonista. Sin embargo, el que su madre haya muerto genera en él sentimientos opuestos, pues incluso cuando gana libertad es incapaz de sobrevivir sin el calor de su progenitora.



Algunos autores han coincidido en señalar que la interpretación de la mujer en las obras de Lawrence gira en torno a la figura de su madre y es, por lo tanto, biográfica. Otros incluso han llegado más lejos al asegurar que el aparente desprecio o desapego de Lawrence hacia el sexo opuesto se debería en parte a su presunta homosexualidad, ya que en vida hubo rumores de relaciones sentimentales con ciertos allegados de su misma condición. Lo cierto es que existe un acuerdo general en afirmar que sus obras guardan un profundo y variado entramado personal, donde se reflejan las relaciones de clase, la opresión de las clases obreras, la explotación del proletariado - su propio padre era minero -, la dejadez del ser humano, el vicio, la corrupción, la censura, la opresión y la superficialidad del emergente sistema capitalista.

Las relaciones familiares también se encuentran en entredicho, pues de pequeño fue testigo directo de los problemas de su padre con el alcohol y de los conflictos de aquel con su madre, de una clase social superior y con un nivel de educación más alto, ya que, como Lawrence afirma en reiteradas ocasiones, "su [mi] padre era analfabeto". Como resultado, y por el creciente apego que Lawrence sentía por su madre, a quien tampoco dejó indiferente en cuanto a las críticas, el autor retrató a su padre como una "bestia", carente de razón, como el típico prototipo de hombre machista, inculto, violento y retrógrado que la aristocracia trataba como a poco más que un animal, expuesto a los peligros de un arriesgado trabajo que le aportaba tan solo los medios necesarios para subsistir y mantener a su familia. Existe también evidencia de que Lawrence llegó a reconocer, más adelante en su vida, que fue quizás un tanto injusto con la descripción de su padre, a lo que también añadió que hubo cierto sesgo por parte de su madre.



La última etapa de su carrera como escritor se caracterizó por el exilio en el extranjero, por las reiteradas amenazas por parte de su propio gobierno, que primero sospechó de su lealtad como ciudadano, al ser acusado junto con su esposa, Frieda Weekley, de espía de los alemanes, y luego censuró parte de su producción artística y literaria, viéndose obligado a emprender un peregrinaje por el mundo, en un intento por buscar la libertad, la paz y el conocimiento cultural que su país no supo darle. Es precisamente por ello que algunos de sus libros de viajes hablan de paisajes y entornos exóticos, producto de su experiencia en Italia, Francia, Australia, México, Estados Unidos y otros países alrededor del globo. Esta moda, más propia de la era isabelina, con los viajes de conquista europeos, vuelve a ver la luz con Lawrence, que no sólo describe civilizaciones diferentes, sino que también aprovecha su propia lejanía para criticar al gobierno británico y a su forma de vida.




Lawrence continuó desarrollando su filosofía a lo largo de casi toda su vida, y muchos de sus supuestos filosóficos se verían reflejados en la contracultura de los años 1960. Su introducción impresa a Hijos y amantes estableció la dualidad común a la mayor parte de su ficción y tomó como referencia la Trinidad cristiana. Según palabras de Lawrence: "Primero que nada soy un hombre religioso...mis novelas deben ser escritas desde la profundidad de mi experiencia religiosa".44 Con el progreso de su filosofía, el autor pasa de analogías cristianas al misticismo, el budismo y la teología pagana. En algunos aspectos, Lawrence fue precursor del creciente interés por el ocultismo que tuvo lugar en el siglo XX, pese a que él mismo se identificó como cristiano.



La ideología del autor le llevó a confiar en el arte como medio autónomo de expresión y que por sí mismo tenía valor. Fiel opositor del realismo material, Lawrence mostró su rechazo a la escuela realista francesa, pero creía en un realismo con base espiritual, algo que la novela rusa le supo dar:    [...] no creo que deba menospreciar a los rusos. Han significado mucho para mí; Turgénev, Tolstói, Dostoyesvski, me han influido más que nadie, y a ellos considero como los escritores más grandes de todos los tiempos.



Lawrence, al igual que Thomas Hardy, concebía al hombre en unidad con la naturaleza, pero su mayor preocupación, a diferencia de la de este último, era la industria y la sociedad urbana y el efecto que ambas ejercían sobre el ser humano. Esta particular concepción del hombre como un elemento más del sistema es lo que precisamente le lleva a cuestionar al racionalismo, en detrimento de una perspectiva hedonista en la que el instinto juega un papel preponderante. En otras palabras, la "consciencia sanguínea" es lo que le llevó a afirmar que "la mente puede equivocarse pero lo que la sangre siente, cree, y dice, siempre es verdadero".



El inconsciente, lo surrealista y lo efímero también son recurrentes en la obra de Lawrence. Como buen entendedor de la obra de Sigmund Freud que era, retrató la batalla del hombre contra la autoridad y las imposiciones de la civilización. Pese a que el escritor no era defensor del canibalismo ni del estado primitivo, sí sostenía que el hombre tenía un pasado inmaculado que había sido "corrompido" por el pecado y que, por tanto, su degradación ulterior se debía en mayor parte a la tentación que sintió una vez por la mujer, Eva. Esta forma de pensar se traduce en su concepción de la feminidad como un ente negativo y dominante que anula la voluntad de los hombres. De ahí parten muchos de los rasgos de sus personajes femeninos, como la Sra. Morel en Hijos y amantes.


D. H. Lawrence también pintó una serie de obras eróticas. Fueron exhibidas en la Galería de Dorothy Warren en el Mayfair de Londres en 1929. Esta exhibición, que fue polémica en su tiempo y causó estupor entre los visitantes, incluyó Una historia de Boccaccio, Primavera y Pelea con una Amazonas. El Daily Express informó que el cuadro Pelea con una Amazonas «presenta a un hombre horrible y barbudo sosteniendo a una mujer rubia en una postura lasciva mientras los lobos babean expectantes, lo que es francamente indecente».



La censura marcó la mayor parte de la producción artística de Lawrence. Según la crítica posterior, y en concreto, la manifestada en el periódico británico The Guardian, se considera que la represión a comienzos del siglo XX tenía reminiscencias del periodo isabelino, es decir, el que marcó en buena parte la vida y obra del dramaturgo William Shakespeare, entre otros autores contemporáneos de igual renombre. Sabido es que una de sus obras más conocidas, El amante de Lady Chatterley, fue censurada y retirada del mercado en el periodo de entreguerras. No es extraño, pues, que sus trabajos fueran muy influyentes durante los años 1960, cuando diversos sindicatos y grupos revolucionarios velaban por una contracultura en desacuerdo con la escasez en la libertad de prensa en esos días. Uno de estos movimientos fue el que en Estados Unidos se conoció como hippie.



Como pintor, Lawrence no destacó demasiado, no sólo por la relativa sencillez -y pobreza- de sus obras, sino también porque el repertorio no fue tan amplio, quizás a causa de la censura que en esos días recibían sus pensamientos. Las formas inacabadas, la falta de límites precisos, las figuras amorfas, el mal manejo de los colores y el paisaje hedonista que describía el autor, le valieron numerosos críticos y enemigos. El sexo cobra nuevamente intensidad en el plano plástico, pero esta vez es llevado a un extremo natural, con reminiscencias bíblicas, pero lleno de imágenes paganas y, hasta cierto punto, obscenas y promiscuas, por lo que la censura de la Iglesia y del Estado fue inminente en su tiempo. Por estos y por otros motivos, Lawrence nunca se consideró a sí mismo como un artista de talento, algo de lo que deja constancia en su ensayo Introduction to These Paintings, publicado en 1929.



En 1975 se estrena en Gran Bretaña una película basada en un relato del escritor: La zorra (Mark Rydell), donde se aborda una relación entre dos mujeres y la tensión que provoca en la comunidad que las rodea. En 1981 se estrenó El amante de Lady Chatterley, dirigida por Just Jaeckin y protagonizada por Sylvia Kristel (director y la actriz de la famosa cinta erótica de 1974 Emmanuelle).


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