jueves, 8 de mayo de 2014

CASOS POLICIALES - LA DALIA NEGRA, parte I







EL GRAN SUEÑO AMERICANO (parte I)





 
La trágica historia de la Dalia Negra es uno de los más famosos misterios sin resolver del antiguo Hollywood. El brutal asesinato de una aspirante a actriz en Los Ángeles ha provocado muchas especulaciones y rumores tanto sobre la vida como la muerte de la joven víctima. Incluso el origen del sobrenombre de Dalia Negra es tema de disputas entre muchas personas. Enredada hasta la muerte en el lado oscuro del glamoroso Hollywood, la mística de la Dalia Negra ha inspirado varios libros y películas (la última del 2006). No obstante, a más de 60 años, el crimen sigue sin resolverse.

Elizabeth "Beth" Short nació en Massachussets el 29 de julio de 1924. Tuvo una infancia complicada al desaparecer su madre siendo niña. La relación con su padre no era la mejor así que, ni bien tuvo 19 años se marchó de la casa rumbo a Santa Bárbara (California). La idea era hacer autostop. Pero su travesía no duró mucho tiempo. De inmediato, la policía la encontró alcoholizada en un bar rodeada de varios marineros y la mandaron de regreso a su casa. Sin embargo, "Beth" Short estaba decidida. Iba a irse a Hollywood costará lo que costara con tal de convertirse en una estrella. Se veía a si misma como lo que era: una mujer muy hermosa, de cuerpo escultural, enormes ojos claros y el cabello azabache que remarcaban aún más aquellos ojos azules.

Y sería por la forma en que se vestía, siempre de negro, e incluso usando ropa interior negra, lo que le valieron el sobrenombre con el que pasaría a la historia: La Dalia Negra. Al llegar a Hollywood las cosas no le resultaron como esperaba. Era incapaz de conseguir un papel para actuar, y terminaba en relaciones sentimentales con personajes sórdidos. Pronto se dio cuenta que la mejor forma de evadir sus frustraciones era a través del alcohol. Frustraciones que se le acrecentaban cada vez que se prostituía para conseguir favores. No le importaba que fueran hombres o mujeres, pues era bisexual. Lo que le importaba era obtener el éxito como actriz.

Así la conoció Robert "Red" Manley, un joven pelirrojo recién casado que se convirtió en su confidente, amigo y amante. Y fue a través de Manley que aquella noche del 8 de enero de 1947 la Dalia Negra se dirigió a Pacific Beach. El 9 de enero fue vista con vida por última vez en el Hotel Biltmore, donde se hospedaba. Supuestamente, dijo que "iba a conocer a un caballero" , quizá un nuevo cliente del cual jamás se supo nada. Nunca más regresó.







Horas Desesperadas


Sus últimas horas viva, tras aquel 9 de enero, constituyen un insondable misterio. Pero se sospecha que el asesino la capturó, la llevó a algún lado apartado y la comenzó a torturar despiadadamente. Primero la amordazó y desnudó completamente; luego la amarró de las muñecas y los tobillos con una cuerda, y la colgó de cabeza, suspendida del techo. Así colgada, la golpeó a puñetazos en repetidas ocasiones en todo el cuerpo.

Después le quitó la mordaza y procedió a cortarle con un cuchillo los músculos risorios del rostro, para mantenerla sonriendo grotescamente mientras duraba el brutal martirio. El asesino se dedicó entonces a aplicarle cigarrillos encendidos en los pechos, tras lo cual seccionó un pezón. Le hizo además incisiones con una navaja en varias partes del cuerpo. Con el mismo instrumento, grabó en uno de sus muslos las letras mayúsculas "BD", iniciales de "Black Dahlia".

Le arrancó pedazos del muslo y se los introdujo en el ano y la vagina. El examen de su estómago indicaba que la obligó a comer excremento. Finalmente, la partió en dos a nivel de la cintura. Su tormento duró varios días y todo el tiempo estuvo consciente. Su cadáver fue hallado el 15 de enero en el distrito de Crenshaw, al lado de la carretera, por un niño y su madre. Probablemente lo que más impactaba era aquella macabra sonrisa petrificada en sus carnes laceradas de oreja a oreja.

Apenas tenía 22 años y sus sueños terminaban violentamente. Y es perturbador. No sólo por la saña con que la mataron, despedazándola, sino el sufrimiento generado en la tortura. Por ahí dicen que tal masacre fue el reflejo de la sociedad estadounidense de posguerra. Los periódicos se hicieron eco. Y durante semanas llenaron sus planas con detalles del caso.

Como era de esperar, el primero en ser arrestado fue Robert "Red" Manley. Pero el 21 de enero, tras ser analizado con un detector de mentiras, fue puesto en libertad. Y mientras esto sucedía, una voz de sexo indeterminado, llamaba a la redacción del periódico Los Ángeles Examiner dando detalles del crimen como sólo el asesino podía conocer. Prometió enviar algunas pruebas para comprobar de que hablaba en serio.

Así, el 23 de enero los policías tuvieron un bolso y unos zapatos negros. El 24, el acta de nacimiento de Elizabeth Short, su Social Security, varias fotos personales y algunos enseres más. Entre las cosas había una agenda de direcciones con una hoja arrancada. De inmediato la policía pensó que en esa hoja debería estar el nombre del asesino a quien seguramente ella había conocido bien. Llegaron dos cartas más: una donde daba más detalles del crimen y firmaba como "El Vengador de la Dalia Negra", y otra donde decía: "el asesinato de la Dalia Negra está justificado".

A partir de ese momento, la policía empezó a recibir llamadas de toda clase de locos. Gente que decía haber asesinado a la Dalia Negra o personas que acusaban a otras como posibles autores. La policía siguió varias líneas de investigación, de las cuáles ninguna tuvo buen final. Una de las tesis más difundidas señalaba que el asesino era una mujer, quizás alguna ex amante o una esposa celosa. Sin embargo, el caso nunca fue resuelto.

 
La escena del crimen

Los Angeles, California. 15 de enero de 1947. El cielo de Los Angeles (EEUU) estaba encapotado. Era una mañana triste, gélida y lluviosa. Un ama de casa llamada Betty Bersinger salió de su casa situada en Norton Avenue con su hija de tres años hacia una tienda de reparación de calzado. Mientras transitaban por un solar abandonado cubierto de hierbajos y barro, en el distrito de Crenshaw, un objeto blanquecino llamó la atención de la pequeña: “¡Mira mami! La niña señalaba lo que parecía ser un maniquí de gran tamaño partido en dos. A Betty no le extrañó demasiado, pues muchas tiendas de ropa de la zona habían sido cerradas o abandonadas al no regresar sus dueños de la guerra, y era habitual encontrar maniquíes polvorientos, telas rotas u otros desechos en los alrededores. Sin embargo, una vez que madre e hija se acercaron más al extravagante “maniquí” partido en dos, el rostro de Betty se tornó blanco y el corazón le dio el mayor vuelco de su vida. Dio un alarido que pudo escucharse varias calles a la redonda. La visión era atroz. Tapó los ojos de su pequeña y huyó del lugar de pesadilla…

 
El pálido maniquí no era tal; se trataba del cuerpo seccionado por la mitad de una joven, las piernas por un lado, extendidas en una grotesca posición obscena y el tronco, junto a la cabeza y los brazos arqueados rodeando los hombros, muy cerca. Su rostro estaba machacado, casi irreconocible; al parecer lo habían golpeado con un bate de béisbol.  Habían cortado las comisuras de sus labios con un cuchillo, lo que le daba un grotesco aspecto de payaso loco. Sus pechos habían sido lacerados y mostraban múltiples quemaduras de cigarrillos. Había mutilaciones por todo el cuerpo, escarificaciones, hematomas… Pero eso no era lo peor. Según pudieron comprobar los primeros agentes que llegaron al lugar del crimen, Frank Perkins y Will Fitzgerald, el cuerpo había sido desangrado hasta la última gota y eviscerado, después de ser seccionado por la mitad con una precisión quirúrgica a la altura de la cintura. Mostraba señales dejadas de forma inequívoca por cuerdas, lo que llevó a los detectives a deducir que la víctima había sido atada y torturada durante un espacio de varios días. 

Más tarde la autopsia reveló que la desconocida joven había sido brutalmente torturada durante unas 72 horas estando consciente. El cadáver de la joven había sido bañado y su cabello teñido después de muerta, de color rojizo, probablemente con brea. El asesino le había hecho además la manicura, como si pretendiera que su víctima permaneciese bella en el más allá. En el muslo izquierdo hallaron una pequeña mutilación en forma triangular que resultó ser el lugar donde Short tenía tatuada una pequeña flor. Durante la autopsia se descubrió que el pequeño trozo de carne había sido introducido en su vagina. Demasiado enfermizo y retorcido, pero tristemente real.

La autopsia determinó que “había muerto debido a una hemorragia producida por un fuerte golpe que le causó un severo traumatismo cerebral y por las laceraciones del rostro”. Había sido además sodomizada y sometida a todo tipo de abusos sexuales, aunque sin penetración y en su estómago se encontraron excrementos humanos. A pesar de los muchos años que llevaban ocupándose de diferentes asesinatos ni el forense ni los oficiales se habías enfrentado jamás a un caso de una brutalidad semejante. En busca de una identidad El lugar del macabro crimen pronto se llenó de periodistas y agentes de la ley.

La publicación de las fotos, a pesar de que fueron tomadas muchísimas imágenes por los reporteros, fue prohibida, debido a su brutalidad de las mismas. La prioridad de los detectives asignados al caso, Harry Hansen y Finis Brown, fue desvelar la identidad de la víctima. En primer lugar, el FBI probó con las citadas huellas dactilares enviadas desde California, cruzando los dedos para que la víctima estuviera fichada. Los técnicos de dactiloscopia contrastaron las mismas con un archivo formado por 104 millones de huellas.  La víctima respondía al nombre de Elizabeth Short, de 22 años de edad, cabello oscuro, ojos azules y considerable estatura. Sus huellas habían sido tomadas en dos ocasiones: cuando trabajaba en la cantina del cuartel de Camp Cook, durante los años de la Segunda Guerra Mundial y tras ser fichada por la policía por encontrarse ebria siendo menor de edad.




Un oscuro pasado

Pronto los periódicos comenzaron a publicar informaciones sensacionalistas sobre el pasado de la víctima, mancillando su nombre y publicando los titulares más bochornosos sobre una joven que había dejado este mundo de forma tan escabrosa. Los periodistas pronto la tildaron de “borracha”, “prostituta”, “lesbiana”… La verdad es que la existencia de la joven Short, Betty para los amigos, no había sido precisamente un camino de rosas. Nacida en el seno de una familia acomodada, en Hyde Park –Massachusetts– el 29 de julio de 1924, su padre, Cleo Short, intentó suicidarse cuando su negocio se fue a la quiebra tras el Crack del 29, que dinamitó la economía de los estadounidenses. Tras el frustrado intento de quitarse de en medio, el cabeza de familia abandonó el hogar y Phoebe Short se quedó al cuidado de Elizabeth y sus otras cuatro hijas. Durante su juventud Bettie asistía asiduamente con su hermana más pequeña, a ver los grandes estrenos del Hollywood de los años 30. Admiraba los musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers.

Fue entonces cuando comenzó a soñar en convertirse en una estrella de Hollywood. Tras unos años en los que convivió con su padre, con el que entabló de nuevo una difícil relación –ambos parecían extraños en la misma casa–, Elizabeth aceptó el trabajo en Camp Cooke. Fue entonces cuando comenzó su interminable historia de galanteos y eróticas relaciones con diferentes hombres. Muchos de los soldados tuvieron affairs con ella y la convencieron de que tenía la belleza y el porte necesarios para convertirse en una estrella de Hollywood. Y eso intentó al menos. Viajó a Los Angeles en busca del sueño de tantos y tantos jóvenes por escapar de la marginalidad y hallar un hueco en la multimillonaria industria del cine.

Pero Short no tuvo suerte. Comenzó a relacionarse con gente peligrosa, con aquél submundo de Tinseltown –como se conoce popularmente a Hollywood– rodeado de alcohol, drogas, prostitución y mafias al que tan dado eran los actores hollywoodienses y que inspiró mil y una historia de cine negro surgidas de la imaginación de personajes como Raymond Chandler. Pero la ficción no estaba tan alejada de la realidad y los crímenes, el sexo y el chantaje campaban a sus anchas a espaldas del glamour y la ostentación de la que hacían gala las fiestas de los grandes magnates.

Elizabeth entró en un círculo vicioso que acabó arrastrándola el cine erótico de serie B y rodeándola de malas compañías. Comenzó a hacer de acompañante de personajes relevantes, lo que pronto hizo que surgiera el rumor, probablemente real, de que ejercía la prostitución. Debido a que prácticamente siempre vestía de negro, a su oscuro cabello y a sus ojos color azabache, fue bautizada por la prensa, tras su asesinato, como la Dalia Negra, quizá emulando el título de una película perteneciente al género Noir y estrenada por aquél entonces: La Dalia Azul, protagonizada por Alan Ladd y Veronica Lake y con guión del anteriormente citado Raymond Chandler.

Los periodistas ya tenían lo más importante, un nombre con gancho para el caso más polémico de la historia de Tinseltown, y entonces comenzó el bombardeo de noticias sobre sus devaneos amorosos, sus vicios y su inestabilidad emocional. Nadie la dejaba descansar tranquila. Pero al margen de su azarosa existencia, Elizabeth se movía en un entorno al que muchas jóvenes acudían decepcionadas ante su falta de expectativas. Sin embargo, ninguna de ellas aparecía muerta… ¿Quién había asesinado entonces a Short? ¿Cuál era el móvil del crimen…?



Clip - trailer de Black Dahlia (Brian De Palma, 2006):



 

No hay comentarios:

Publicar un comentario