jueves, 12 de junio de 2014

CASOS POLICIALES - JACK EL DESTRIPADOR // Parte I








VICTIMAS Y VICTIMARIO(S) - parte I




Su primer crimen oficial, por así decirlo, el que reconocen todas las crónicas, tuvo lugar el 31 de agosto, aunque en su día se sospechó que por lo menos dos asesinatos anteriores menos publicitados habrían sido también obra suya.

Ese día estaba amaneciendo muy lentamente. Las calles todavía estaban oscuras, y a pesar del frío algún que otro paseante comenzaba a circular por el barrio. Uno de ellos distingue a lo lejos el cuerpo de una mujer tendido en el suelo que a primera vista parecía desmayada, pero cuando se acerca para tratar de ayudarla, ve que unas terribles heridas la habían casi decapitado. Horrorizado, no deja pasar un minuto y avisa al primer policía que hacía su ronda por el barrio, quién acompañado de un médico distingue bajo la luz de una linterna que la muerte le había sido provocada por dos golpes con arma blanca que le habían seccionado la tráquea y el esófago. El cuerpo, todavía caliente en partes, indicaba que el momento del crimen no debía de haber sido de más de media hora antes de haber encontrado el cuerpo. Tras un examen más detallado en la sala de autopsias, descubren además que había sido brutalmente golpeada en la mandíbula inferior izquierda (posiblemente por una persona zurda), y que su abdomen había sido mutilado.

Por lo demás, el asesino no había dejado otras pistas tras de sí, ni testigos, ni el arma homicida. Ninguno de los vecinos oyó nada. La identificación de la víctima no fue tarea fácil, aunque unos días después su padre y su ex marido identifican el cuerpo de una mujer de 42 años, prostituta, llamada Anne Mare Nichols y conocida como Polly. Había estado casada y tenía cinco niños, pero su adicción al alcohol había hecho que su matrimonio se rompiera. Desde entonces, sola, había vivido de sus pobres ingresos de prostituta.

El lunes 6 de agosto, varias semanas antes del primer crimen oficial del Destripador, Marta Tabram, una prostituta de 39 años, había sido hallada muerta con 39 puñaladas; y algunos meses antes, Emma Smith, una prostituta 45 años, había sido agredida salvajemente en la cabeza y le habían introducido un objeto en la vagina. Seguramente estos dos crímenes no tenían nada que ver con nuestro asesino, más que nada porque la firma del Destripador era más ritualista que los simples golpes y puñaladas, pero aún así, el terror ya se había apoderado de las almas de los habitantes del distrito londinense.
  
Annie Chapman era una mujer sin hogar propio que vivía en pensiones comunes cuando disponía de dinero para el alojamiento de una noche, y cuando no era así, se dedicaba a vagar por las calles en busca de clientes que le proporcionasen alguna moneda para bebida, refugio y alimento. No siempre había sido así, unos años antes estaba casada y con tres niños, pero todos murieron, unos por enfermedad y otros por accidente. Fue un golpe muy duro, nunca se repuso. Así, en estado de depresión permanente comenzó a beber para sobrellevar su soledad. Su cuerpo fue hallado mutilado en la calle del Mercado de Spitalfields a las 6 de la mañana, y nadie había ido testigo de los hechos. Su intestino estaba en el suelo entre un gran charco de sangre y una profunda incisión cruzaba su cuello de lado a lado.

Todo parecía indicar que había sido asesinada en ese mismo sitio. No había señales de defensa por parte de la víctima, y lo curioso es que cerca de su cadáver se encontraron un pequeño pañuelo, un peine y un cepillo de dientes, que parecían haber sido colocados en un orden concreto por el asesino. Según el médico forense que vio el cadáver, el asesino había agarrado a Annie por la barbilla y la había degollado por la espalda de izquierda a derecha, y por la fuerza empleada, posiblemente con la tentativa de decapitarla. Eso le había causado la muerte. Las otras heridas infligidas y las mutilaciones abdominales habían sido realizadas post mortem: el abdomen había sido abierto para extraer la vagina, el útero y la vejiga, que no fueron hallados. Las incisiones eran limpias, como si se tratase del trabajo de un experto en anatomía, o por lo menos el de alguien con los conocimientos anatómicos y la habilidad suficiente para poder abrir el cuerpo y extraer los órganos con mucho cuidado de no dañar otras partes internas. El instrumento utilizado parecía ser un cuchillo estrecho con lámina fina y muy afilada, la clase de cuchillo que utilizaban los cirujanos y los carniceros.
  
Una señora de nombre Elizabeth Long que se dirigía al mercado esa mañana, pudo aportar un testimonio valioso: a las cinco y media de la madrugada había visto a un hombre conversando con una prostituta que identificó como Annie Chapman. Lamentablemente el hombre estaba de espaldas y no pudo ver su rostro, pero sí distinguió la silueta de un hombre de unos 40 años, elegante, que portaba un sombrero y un abrigo oscuros. La hora de la muerte se estimó entonces entre las cinco y media y las seis de la mañana, hora en la que fue descubierto el cadáver, lo que significaba que el asesino actuaba rápidamente y con gran precisión.

 La falta de indicios hacía que la investigación avanzase lentamente. Todo el mundo había relacionado las muertes entre ellas, y a pesar de que la policía se mantenía en el más absoluto de los silencios, los periódicos no dejaban de alimentar cada rumor escuchado, lo que servía para aumentar la cólera y el miedo de los vecinos. Desde Scotland Yard se llegó a ofrecer una gratificación para quien aportase algún dato válido sobre la identidad del asesino, pero lo único que consiguieron fue que los vecinos aprovechasen sus diferencias y se denunciasen entre ellos, deteniendo simplemente a algunos falsos culpables, excéntricos o alcohólicos que aseguraba ser el descuartizador de prostitutas, aunque tras numerosas investigaciones y por el hecho de que todos carecían de habilidades médicas o que tenían coartadas, no tardaban en recuperar la libertad.

A partir de entonces seguiría escribiendo cartas y poemas destinados al jefe de la policía londinense jactándose de su habilidad para escabullirse en la oscuridad de las calles y evitar ser atrapado por la multitud que le perseguía, o haciendo alarde de la perfección de sus crímenes y anticipando otros nuevos ataques, siempre seguro de sí. El domingo 30 de septiembre, se descubría otro cadáver en la calle Berner sobre la una de la mañana. Tras pedir ayuda a la policía, vieron que se trataba de una mujer, cuyas faldas habían sido levantadas por encima de sus rodillas. Un forense llegó a la escena del crimen con su ayudante un cuarto de hora más tarde. Entre los dos detallaron sus conclusiones de la exploración:

"La difunta yace sobre su lado izquierdo, su cara mira hacia la pared derecha. Sus piernas han sido separadas, y algunos miembros están todavía calientes. La mano derecha está abierta sobre el pecho y cubierta de sangre, y la izquierda está parcialmente cerrada sobre el suelo. El aspecto de la cara era bastante apacible, la boca ligeramente abierta. En el cuello hay una larga incisión que comienza sobre el lado izquierdo, 2 ½ pulgadas por debajo del ángulo de la mandíbula casi en línea recta, seccionando la tráquea completamente en dos, y terminándose sobre el lado contrario... "

El asesino no se había ensañado tanto esta vez como en las anteriores. Posiblemente había sido interrumpido mientras la degollaba y hubiese huido antes de completar su ritual. La joven prostituta fue identificada como Elizabeth Stride, de origen sueco, que había venido a Inglaterra para ganarse la vida tras el fallecimiento de su marido y sus dos hijos en un accidente marítimo. Esta vez, varios testigos declararon haberla visto momentos antes de su muerte acompañada por un hombre de unos treinta años con pelo y bigote negros, vestido con un abrigo negro y un sombrero alto, que portaba un bulto, como un maletín.

Mientras la policía se enfrentaba al hallazgo de este nuevo cadáver, a pocas calles allí un guarda nocturno descubría el cuerpo de otra víctima degollada. Su abdomen había sido abierto y los intestinos se encontraban en el suelo, además tenía varias heridas por todo el cuerpo. Los miembros estaban todavía calientes, la data de la muerte no debía ser de más de media hora desde el descubrimiento del cadáver. No había otros indicios más que un escrito con tiza blanca sobre una pared que decía: "No hay porque culpar a los judíos", supuestamente obra del asesino. Antes de que la inscripción pudiese ser fotografiada, el Comisario de la Policía londinense Charles Warren ordenó que fuese borrada, según él porque se trataba de una falsa pista del criminal tratando de culpabilizar a la comunidad judía, y si algún londinense lo leía, podía provocar una revuelta contra ellos.

La víctima era Kate Eddowes, quien como las demás, tenía por oficio el de la prostitución y como afición, la bebida. Sus padres habían muerto cuando ella era joven y a los 16 años se fue a vivir con un hombre, con quién tendría tres hijos. Los malos tratos por parte de éste obligaron a que se fuera de casa, y su adicción al alcohol la obligó a alquilar su cuerpo en las calles. Como en las muertes de Polly Nichols y Annie Chapman, la garganta de Kate había sido degollada de izquierda a derecha, le habían seccionado el vientre y extraído algunos órganos, entre ellos uno de los riñones.

Después de esto, las cosas parecieron volver a la normalidad en Whitechapel. No hubo ningún otro asesinato durante un mes y las prostitutas regresaron a las calles más tranquilas. Desgraciadamente, la paz duró poco, pues el 9 de noviembre, otra mujer apareció salvajemente asesinada. Se trataba de Mary Kelly, una atractiva joven de 21 años que se dedicaba a la prostitución para poder mantenerse a ella misma y a su pareja, que se encontraba sin trabajo. Esa mañana, el locatario subió a la habitación de Mary para cobrar el alquiler mensual, pero nadie contestó a su llamada. Decidió abrir la puerta él mismo, horrorizándose por lo que descubrió...

Sin duda era el crimen más violento de Jack el Destripador. El cadáver estaba tumbado sobre la cama con múltiples heridas de arma blanca, completamente mutilado y con la arteria carótida seccionada. La ferocidad de este asesinato asombró a los cirujanos veteranos de policía. El médico forense necesitó varias páginas para redactar el informe de las lesiones y órganos extraídos. Este asesinato creó el pánico absoluto en el barrio, haciendo estallar episodios esporádicos de violencia en la muchedumbre. La actividad policial era frenética, cada rincón fue registrado, cada sospechoso detenido e interrogado a fondo, pero no por eso la policía dejaba de ser duramente criticada. Nunca más se volvió a saber del asesino. No hubo más cartas ni más crímenes, parecía que Jack el Destripador hubiese abandonado la escena del crimen para siempre, y finalmente el caso fue cerrado en 1892, el mismo año en que el Inspector encargado del caso se retiró.

Los sospechosos habituales

Muchos son los sospechosos que tanto la policía de esa época como modernos investigadores han denunciado como la persona que estaba detrás de la misteriosa sombra de Jack, el destripador. Muchas de ellas son verdaderas especulaciones, como el caso del afamado escritor Arthur Conan Doyle, autor de Sherlock Holmes, quien sospechaba que el verdadero asesino no era un hombre, sino una mujer quien se disfrazaba de hombre para despistar a los miembros de Scotland Yard.

No obstante, esta teoría nunca fue tomada en serio y la posición tanto de agentes como de investigadores fue la de buscar a un hombre, no sólo por algunos testimonios recibidos sino también porque probaba la facilidad con que éste tenía acceso a las prostitutas. También se consideraba probable que el asesino supiera el manejo de alguna herramienta filuda o quirúrgica, esto debido a las mutilaciones que realizaba a sus víctimas, ante esto último era conocida las sospechas de que el asesino sería un médico, por ello, muchos describían a Jack como un sujeto que llevaba siempre un maletín de doctor, y por último, se sabía que el hombre conocedor de armas punzo cortantes era diestro, por las cortadas de izquierda a derecha que realizaba. Como es lógico suponer, estas descripciones generales no lograron más que ampliar la condición de sospechosos a un grueso importante de la población, entre los que se encontraban a parte de médicos, a carniceros, un barbero, un príncipe e incluso, un pintor.

El caso del pintor

En el 2002, la novelista criminal, Patricia Cornwell, publicó la obra "Retrato de un asesino". Un libro que aseguraba se daba a conocer el verdadero rostro de Jack el Destripador. La investigadora aseguró en su libro, que el responsable de la muerte de las cinco prostitutas en Whitechapel, no era sino, el pinto impresionistas Walter Sickert, conocido artista que centraba su obra entre Londres y Francia.

Para Cornwell, las sospechas se originan en principio por el interés que el pintor pareció tener durante esa época con respecto a los asesinatos de Jack el Destripador, llevándolo incluso a retratar una pintura a la que llamaría El cuarto de Jack el Destripador. Otro punto importante para esta autora, es el hobbie que tenía Sickert de leer diariamente más de diez diarios o de escribir constantemente cartas, ya sea a amigos o familiares. Este hecho para Cornwell es revelador, puesto que no sólo explica la voluntad de Jack para entablar una comunicación escrita con sus investigadores, sino que en el contenido de las mismas, el asesino demostraba conocer (e incluso con tono sarcástico) el acontecer político y social de su localidad.

Asimismo, y algo que da fuerza a esta teoría, es que según estudios realizados tanto a cartas obtenidas de Sickert como a las supuestas cartas de Jack el destripador, resultaron ser de un mismo tipo provenientes de una misma resma, es decir, un solo paquete. Además, según estudios grafotécnicos, el tipo de letra de ambos personajes tiene una alta probabilidad de ser similares.

Por último, la investigadora estima que uno de los principales motivos por las cuales un ser se vuelve un asesino en serie es por un hecho traumático que ha vivido en su niñez. Cornwell descubrió que el pintor sufrió a los cinco años de edad de una infección en el pene, una fístula que le dejaría al niño y para siempre, el pene deforme. Esto le produciría su posterior odia a las mujeres, sobre todo prostitutas, pues le recordarían su impotencia.

Aunque convincente, esta teoría tiene para muchos, demasiados vacíos para ser tomada como probable, en primer lugar, en muchas de las cartas que Sickert envió a sus familiares y amigos se descubrió que justo en los días de los asesinatos, el pintor no se hallaba en Londres sino en Francia. Además, muchos aseguran, que si bien es cierto, puede ser probable que el propio Sickert haya enviado esas cartas con el nombre de Jack, esto no implica de ninguna manera de que él haya sido el asesino.

Por último, en cuanto a la enfermedad que sufrió Sickert, muchos desestiman esta teoría puesto que era sabido que el pintor mantenía una serie de relaciones con diversas amantes, muchas de las cuales le habían dado al pintor varios hijos que el artista nunca reconoció.

Las “Teorías Reales”

Siendo la vida de Jack el destripador, un misterio difícil de develar, muchos investigadores, amantes de la conspiración, han propuesto teorías que incluso involucran los círculos más cercanos de la realeza británica. Uno de los más conocidos es una que involucra al propio príncipe Albert Victor, duque de Clarence, hijo mayor del príncipe de Gales, y a una comunidad masónica.

La primera de ellas indica que el príncipe había embarazado a una prostituta, y preocupado por el escándalo que podía sobrevenir decidió, en complicidad con un grupo masónico, de poner fin a su vida. Muchos indican que el encargado de llevar a cargo esta misión fue el médico inglés y psicoterapeuta de la Reina Victoria, Sir William Gull, esto debido al conocimiento del manejo del escalpelo y de otras herramientas quirúrgicas.

No obstante, el problema nació cuando se enteraron que la prostituta ya había comentado la noticia con otras cuatro mujeres, también prostitutas de Whitechapel, fue entonces cuando se decidió darle muerte a las cinco mujeres, siendo la supuesta amante de Eduardo VII, Mary Jane Kelly, la última en ser asesinada. Para muchos esto explicaría el cese de las muertes, pues todo no era más que un plan concreto y dirigido para asesinar a determinadas personas.

El Barbero de Polonia

Por último, y según últimas investigaciones, el asesino no sería otro que un barbero polaco llamado Aaron Kosminski. Esto se sabe pues hace poco se puso de conocimiento público la libreta de anotaciones del inspector que lideró la búsqueda de Jack el destripador. Según las anotaciones, el barbero polaco había despertado las sospechas de los agentes policiales tras haber amenazado a su hermana con un cuchillo. Además, había un testigo que lo había reconocido, pero debido a que ambos eran judíos se negó a testificar en su contra. El barbero, que según los datos padecía de problemas mentales, no pudo ser interrogado y simplemente fue recluido en un centro psiquiátrico hasta el día de su muerte en 1919. Según el inspector encargado del caso, una vez que se capturó a Kosminski, no se volvió a producir otro asesinato en Whitechapel.

Jack el Destripador era una mujer?  

El escritor John Morris sostiene en "Jack the Ripper: the hand of a woman" que el asesino de cinco prostitutas en el Londres victoriano era Lizzie Williams, la mujer del que ha sido considerado el principal sospechoso, el cirujano sir John Williams.  La última teoría sobre el más famoso de los asesinos en serie es que Jack el destripador podría ocultarse tras la falda y las curvas de una mujer estéril. El escritor John Morris, oriundo de Birmingham y a quien ha entrevistado La Aventura de la Historia , ha rebautizado en su libro, Jack the Ripper: the hand of a woman, a la galesa Lizzie Williams como el monstruo de Whitechapel, que mataba a sus víctimas frustrada porque no podía concebir hijos. Han pasado más de 120 años y, una vez más, se pretende apellidar al asesino en serie victoriano que más ríos de tinta ha vertido.

Durante diez semanas de 1888 el Destripador atacó cinco veces, manteniendo en vilo a la policía y al barrio londinense de Whitechapel. Las víctimas tenían nombre propio: Mary Ann Nichols, Anne Chapman, Elisabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly. Todas eran prostitutas del East End londinense y tres tenían la matriz del útero extirpado. El sórdido vecindario era el lugar ideal para cometer los crímenes pues por sus calles merodeaban pobres, mendigos y prostitutas. En la hipócrita Inglaterra victoriana, cuyo imperio ocupaba tres cuartas partes del mundo, se daban las más abismales diferencias sociales: a veces el lujo vivía a unas manzanas de distancia de la miseria.

Morris sostiene que Lizzie Williams, nacida en 1850, era estéril y que se cobró terrible venganza en las meretrices del East End. Lizzie era la mujer del médico personal de la Reina Victoria, Sir John Williams, considerado como el principal sospechoso. El oscuro objeto de deseo era la sensación de posesión de esos órganos que en ella eran inútiles. Merece la pena hacer hincapié en que muchos datos con los que trabajan los ripperologos están basados en los periódicos amarillistas de la época, y que la primera carta que firmó Jack el destripador la inventó un periodista sensacionalista.

Los principales asideros a los que se aferra Morris para probar su teoría son poco esclarecedores por separado, por eso su tesis estudia los cinco asesinatos de Whitechapel en su conjunto. Una característica común es que ninguna mujer presentaba signos de agresión sexual, aunque si bien es cierto que los asesinos en serie varones están comúnmente motivados por la sexualidad, no todos ellos matan por frustaciones u obsesiones de este tipo.

Annie Chapman fue salvajemente mutilada el 7 de septiembre y sus objetos personales fueron puestos a sus pies de “una forma muy femenina” según los rotativos de la época. Este argumento de Morris choca con las pesquisas de Scotland Yard que ubicaban a John Pizer, un zapatero judío de origen polaco, en el lugar del crimen.

El domingo 30 de septiembre Jack mató a Elisabeth Stride a la que no pudo terminar de mutilar al aparecer un transeúnte en la escena del crimen. Ese mismo día consumó su cuarto asesinato, el de Catherine Eddowes. Los tres botones sanguinolentos de una bota de mujer hacen pensar, según Morris,  que el asesino no era varón. Jack escribió en la pared “no hay que culpar a los judíos”, aludiendo al zapatero John Pizer. Estaba claro que leía los periódicos y disfrutaba del éxito mediático.

La ultima victima era joven y guapa, y su asesinato el más brutal de todos. Mary Kelly fue liquidada en un cuartucho de la calle Millers Court. Fue degollada, desmembrada y cortada en mil pedazos. Tenía la nariz, las orejas y los senos arrancados, así como sus vísceras repartidas por toda la habitación. Morris se apoya aquí en la ropa femenina encontrada en la chimenea, y que no pertenecía a Mary Kelly. La furia asesina terminó con Mary Kelly y el porqué, explica Morris, lo encontramos en que el marido de Lizzie, Sir John, que se sacaba un sobresueldo en una clínica de abortos clandestinos de Whitechapel, mantenía escarceos sexuales con la difunta. Con la consumación de este crimen pasional Lizzie dio por terminado el problema.

Este último caso provocó la dimisión de sir Charles Warren, el jefe de policía. Sin embargo lo que resulta curioso es que la policía decidiera en 1889 cejar en la búsqueda de Jack el Destripador y el cese de las patrullas por Whitechapel, lo que hizo sospechar que las fuerzas del orden conocían la verdadera identidad del asesino. La investigación de John Morris es la última de una larga lista de teorías sobre el legendario asesino en serie. A lo largo de la historia han sido numerosos los nombres que se han barajado, entre ellos el duque de Clarence, hijo de Eduardo VII. El medico Sir John Williams, el marido de Lizzie, fue acusado por uno de sus descendientes en el libro Uncle Jack. Esta obra afirma que un cuchillo del galeno fue usado para cometer los crimenes.

Todo el mundo parecía tener su opinión sobre el tema. Artur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, pensaba al igual que Morris que podía tratarse de una mujer, o quizás de un clérigo, alguien que no llamase la atención de las fuerzas de la ley. Bernard Shaw, proclamaba que Jack era un “reformador social” que mataba para llamar la atención sobre la miseria del proletariado inglés. Hasta la Reina Victoria tenía su propia teoría sobre el asunto. Entre los numerosos personajes de los que sospechaba la policía se encontraba George Chapman. Poco después de los asesinatos emigró a Nueva Jersey, una población que se vio sacudida por una ola de crímenes similares a los de Londres. Chapman fue ahorcado en 1902 por haber envenenado a sus tres esposas. Si se citan todos los posibles homicidas salen más de cien, incluidos Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas y el artista Walter Richard Sickert, cuyos lienzos guardaban una sorprendemente similitud con las imágenes postmortem de las víctimas,  por lo que esta última teoría se viene a añadir a una abultada lista.

Y, sin embargo, en palabras del autor “hay muchas pistas diseminadas por los crímenes que, tomadas individualmente, dicen poco, pero que una vez agrupadas señalan a que una mujer está detrás de los asesinatos”.




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