viernes, 13 de junio de 2014

CASOS POLICIALES - JACK EL DESTRIPADOR // Parte II








EL ASESINO SIN ROSTRO




El tan aberrante nombre que lo lanzó a la fama fue obtenido en una de las cartas que supuestamente el asesino había escrito a la Agencia Estatal de Noticias de Londres, el 25 de septiembre de 1888, diecisiete días después de su segundo asesinato. El susupuesto autor de los asesinatos escribió en esa carta lo siguiente:

“Querido Jefe, desde hace días oigo que la policía me ha capturado, pero en realidad todavía no me han encontrado. No soporto a cierto tipo de mujeres y no dejaré de destriparlas hasta que haya terminado con ellas. El último es un magnífico trabajo, a la dama en cuestión no le dio tiempo a gritar. Me gusta mi trabajo y estoy ansioso de empezar de nuevo, pronto tendrá noticias mías y de mi gracioso jueguecito...

Firmado: Jack el destripador.

No obstante, fue la carta recibida por el entonces presidente del Comité de Vigilancia de Whitechapel, George Lusk, el 16 de octubre de 1888, la que muchos indican es atribuible al descuartizador. La carta decía lo siguiente:

“Desde el infierno. Señor Lusk. Señor le adjunto la mitad de un riñón que tomé de una mujer y que he conservado para usted, la otra parte la freí y me la comí, estaba muy rica. Puedo enviarle el cuchillo ensangrentado con que se extrajo, si se espera usted un poco.”

Firmado: Atrápame cuando pueda, señor Lusk


Pero estas no fueron las únicas cartas que supuestamente fueron escritas por Jack, muchas personas, en un bizarro sentido del humor escribieron misivas haciéndose pasar por el entonces temido y desconocido asesino. Esto no hizo más que confundir no sólo a los agentes de Scotland Yard, sino también a la población en sí, que a falta de un asesino tuvieron que crear sus propias teorías y sospechas que abarcaba desde un barbero pueblerino hasta a los propios miembros de la realeza. Debido a esta serie de suspicacias hasta la fecha resulta difícil saber a ciencia cierta, quién fue realmente Jack.


Jack el Destripador murió en Argentina?

“Al regresar a Buenos Aires, revisando mi archivo de crímenes, tuve una evidencia sobre la cual no me atrevo a escribir todavía. Jack el Destripador, desaparecido de Londres, había muerto en Buenos Aires, a los 75 años, en un hotel de la calle Leandro N. Alem, frente a la plaza Mazzini, hoy Roma, una mañana lluviosa de octubre de 1929”. - Juan Jacobo Bajarlía

En febrero de 1976, en el número 3 de la Ellery Queen’s Mystery Magazine, el ripperólogo y escritor argentino Juan Jacobo Bajarlía desarrolla la tesis de que Jack, el Destripador habría muerto en Argentina. Su sospechoso, un tal Alonzo Maduro, financista que estuvo en Londres, en la época de los crímenes de Whitechapel, tratando de colocar acciones de una compañía argentina. Con ese fin se presentó en Greesham House, brokers de Old Broad Street, trabando contacto con un joven secretario, un tal Griffith Salway, con quien compartió una serie de almuerzos comerciales. Salway se cruzó con Maduro en Whitechapel, la noche de la muerte de Emma Smith. Pocos días después, lo escuchó decir que todas las prostitutas debían morir.

Hasta ahí no pasaría de una sospecha, si no fuera por el descubrimiento que Salway hiciera poco antes del retorno de Maduro a Buenos Aires, tras frustrarse sus intenciones comerciales, hallazgo que Salway sólo confesaría en 1952, a su propia esposa, en el lecho de muerte. Tras la muerte de Mary Kelly, Maduro preparó el regreso a Argentina, oportunidad en la que Salway lo ayudó a preparar las valijas. En esa tarea, descubrió que uno de los baúles de Maduro tenía un doble fondo, en el que halló un sobretodo gris, un sombrero flexible, un delantal manchado de sangre y un juego de bisturís. Salway se convenció que Alonzo Maduro era Jack, el Destripador.

La pista de Maduro se pierde ahí. Regresa a Buenos Aires y nada más se sabe. Bajarlía continuó investigando. En 1979, en otro artículo en la revista Magazine, detalla que la valija tenía una etiqueta con una dirección “Paseo de Julio (ilegible) Buenos Aires”. Bajarlía encontró testimonios de que un pintoresco personaje se paseaba entre los árboles de Paseo de Julio (hoy Leandro N. Alem), entre 1890 y 1910, vestido con las prendas descriptas por Salway.

Su nombre era Alfonso (y no Alonzo) y su apellido, tal vez, Maroni. En un artículo posterior en Clarín (1988), Bajarlía asegura que el asesino murió a los 75 años, en octubre de 1929, en una casa frente a la actual Plaza Roma. Hay un dato adicional: en el libro “Jack, the Ripper” Daniel Farson cita una carta de un tal Barca, de Streatham, que asegura que, entre 1910 y 1920, había un pub en Buenos Aires, propiedad de Jack, el Destripador. El bar se llamaba “Sally’s Bar” y el historiador Enrique Mayochi le aseguró a su Juan José Delaney que existía un bar con ese nombre, en la calle 25 de Mayo, muy frecuentado por miembros de la comunidad británica en Buenos Aires y por marineros de paso por la ciudad.

Si la pista de Alonzo Maduro se pierde en estos datos, más fructífera es la historia del húngaro Alois Szemeredy. Alois había estudiado cirugía en su juventud. Luego trabajó como médico militar, primero en Europa y luego en Argentina, a donde emigró en 1874. Dos años después vivía en el Hotel Provenza, ubicado en la Calle Cangallo (actual Perón) 33, hotel del que se fue, aduciendo que había sido víctima de un robo. Pasó a vivir a unas pocas cuadras de allí, en el Hotel Roma, en Cangallo 323. A las 9 de la noche del 25 de julio de 1876, Szmeredy se cruzó en la calle Corrientes con Karoline Metz, una joven de 20 años, a quien había conocido en el barco que lo trajo a Buenos Aires. Conversó con ella, en su alemán natal, y se fueron juntos, al cuarto de ella.

Poco después de las 10 de la noche, el novio de Karoline, Baptiste Castagnet corrió por la calle Corrientes, gritando “¡Asesino!”. La policía acudió al cuarto de la chica, en la misma calle Corrientes, y encontró su cadáver, sobre la cama, con la garganta cortada en el lado derecho. También se halló un saco gris, un cuchillo en su funda, un sombrero de fieltro negro y, en el bolsillo del abrigo, un reloj de oro. El reloj sirvió para identificar al asesino: Alois Szmeredy. La noticia del crimen se publicó al día siguiente en The Standard, el diario en inglés de la comunidad británica.

La noticia agregaba que el asesino había sido atrapado por la policía argentina, al regresar semidesnudo a su hotel. Pero era una versión infundada. Szmeredy escapó y durante dos años no se supo nada más de él, hasta que fue extraditado de Brasil, al ser descubierto en una fiesta en Río de Janeiro. Llevado a juicio, en abril de 1879 se lo sentenció a muerte, por robo y asesinato. Todavía estaba vivo en septiembre de 1881, cuando solicitó un nuevo juicio, del que fue absuelto de todos los cargos, menos del robo del reloj. El tiempo que estuvo procesado le sirvió como compensación y fue liberado. Una historia argentina, indudablemente.

Pese a que recibió ofertas laborales, Alois volvió a Budapest en marzo de 1882, donde fue detenido por desertor. Alegó locura y internaron en un asilo, del que salió para estar al cuidado de su familia. En 1886, el Dr. Gotthelf Meyer tuvo una entrevista con Alois, para obtener información sobre las condiciones legales en Sudamérica. Lo describió como un hombre de 45 años, alto y delgado, cabello castaño, grandes manos, ojos penetrantes y un poblado y “bello” mostacho. Conocemos el final de Alois Szmeredy. Fue detenido en Viena, el 1° de octubre de 1892, sospechoso de asesinato y robo. Varios testigos lo reconocieron por su mostacho y Alois confesó sus crímenes, antes de suicidarse, cuando su proceso judicial aún no había terminado. Que Alois Szmeredy era un asesino, no quedan dudas. Pero no hay ninguna prueba de que haya estado en Londres (o en Europa, siquiera) durante el otoño de 1888.

Una voltereta más. Eduardo Zinna propuso que Alois Szmeredy y Alonzo Maduro son, en realidad, una sola persona. Su argumento: ambos nombres suenan similares, sobre todo para un inglés con pobre conocimiento del castellano. Por lo que Salway pudo “traducir” el apellido Szmeredy como Maduro. Adam Wood pone en duda esta posibilidad, porque las descripciones físicas de ambos no coinciden, según los testimonios de aquellos testigos que los conocieron.

La última pista de Jack, el Destripador en Buenos Aires, viene de la declaración de un sacerdote irlandés, el Padre Alfred Mac Conastair, que ingresó a la congregación pasionista, tras exiliarse en Argentina a los 17 años. El padre Mac Conastair le contó a Juan José Delaney, en 1989, que guardaba el secreto de otro sacerdote de la congregación que, en los años 20, había sido capellán en el Hospital Británico. Cumpliendo su sacerdocio, este capellán acudió junto al lecho de un enfermo terminal que, pese a ser de otra religión (¿protestante, tal vez?), pidió confesarse. El moribundo le reveló que él era Jack, el Destripador y era el autor de los asesinatos de las prostitutas que habían enfermado fatalmente a su hijo. Pocos días después, el Dr. Stanley falleció y fue enterrado en el Cementerio del Oeste, la actual Chacarita.

Esta historia trae reminiscencias de otra similar, contada por el periodista del Buenos Aires Herald, Leonard Matters, incluida en su libro “El misterio de Jack, el Destripador”, editado en 1929. Matters cuenta que un ex discípulo de un tal Dr. Stanley, fue convocado de urgencia al hospital, a la cama 58, donde se encontraba éste gravemente enfermo. El médico llegó a tiempo para que el Dr. Stanley confesara que él era Jack, el Destripador. Matters alude a otra fuente, Mr. North quien aseguró que cierto médico, cuya esposa e hijo habían muerto, era el asesino de Whitechapel.

Para Matters, Stanley era un prestigioso cirujano en Londres. Su hijo, un tal Herbert o Bertie, contrajo sífilis tras mantener relaciones con Mary Kelly, enfermedad de la que murió. El Dr. Stanley asesinó a Mary Kelly y sus amigas, para luego recluirse en Buenos Aires, alrededor de 1908. Una fuente adicional a esta teoría, una carta de A. L. Lee quien le contó a Colin Wilson que su padre trabajaba en la morgue londinense y que su jefe, el Dr. Cedric (o Sedgwick) Saunders tenía un amigo muy peculiar, un tal Dr. Stanley que lo visitaba todas las semanas. Un día, Stanley le dijo a Saunders que “Las putas se han apoderado de mi hijo. ¡Me desquitaré!”.

Tiempo después, se sucedió la ola de crímenes en Whitechapel. Tras la muerte de Mary Kelly, Stanley dejó de visitar a Saunders y éste siempre creyó que su amigo no era otro que Jack, el Destripador. Queda por esperar que las autoridades del Hospital Británico abran sus archivos para saber si un tal Stanley estuvo internado en los primeros años del siglo pasado y si hubo un jefe de cirugía con el nombre José Ritche, que supuestamente firmó la carta llamando al médico que visitó a Stanley.

También, falta saber si Matters no escondió el nombre del médico, tras un nombre falso. Un apunte adicional: Leonard Matters consultó los archivos de Scotland Yard, uno de los pocos que pudieron hacerlo antes de que se liberaran al público. Aunque la hipótesis de Matters no es muy tenida en cuenta, tal vez, existe la posibilidad, que los restos mortales de quien fuera en vida Jack, el Destripador, yazcan bajo una lápida olvidada en el cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires.



El rostro de Jack, 120 años después

 El misterio sobre la identidad de Jack el Destripador ha cautivado durante 113 años a miles de criminólogos y aficionados a la lectura de sucesos. Cada año aparecen dos o tres libros supuestamente definitivos cuyo autor promete haber descubierto, al fin, al auténtico culpable. La lista de sospechosos es cada vez más larga, e incluye, entre muchos otros, a un miembro de la familia real británica, al médico de la reina Victoria, a un joven abogado, a un empresario de Liverpool, a un judío psicótico y a un pintor impresionista.

La escritora Patricia Cornwell, célebre por sus novelas de misterio, se ha convertido en la última víctima de la fiebre del Destripador. Cornwell ha invertido cuatro millones de dólares y meses de trabajo en una investigación en la que por primera vez se utilizan comparaciones de ADN, con un resultado que, según ella, no deja dudas: 'Estoy absolutamente convencida de que Walter Richard Sickert cometió esa serie de crímenes', afirma. Sickert tenía 28 años y era uno de los más prestigiosos pintores británicos en 1888, cuando cinco prostitutas fueron asesinadas y mutiladas en el barrio londinense de Whitechapel.

Cornwell topó con el misterio de Whitechapel por casualidad. Durante un viaje a Londres, una amiga le presentó a un alto responsable de Scotland Yard experto en el Destripador. Cautivada por el relato del policía, la escritora decidió profundizar en el asunto para utilizarlo en una de sus novelas policiales. Pero, poco a poco, Cornwell fue consumida por la fiebre del misterio y se lanzó de lleno en persecución de Sickert, el sospechoso que le pareció más verosímil. Compró 30 pinturas de Sickert, algunas por más de 70.000 dólares, y una mesa del artista, para desmenuzarlas en busca de pruebas; utilizó forenses para analizar posibles rastros de ADN en la correspondencia que la policía victoriana recibió de personas que decían ser el Destripador, y contactó con los familiares vivos del pintor.

Walter Sickert era un pintor con gusto por lo macabro. Se interesó mucho por los crímenes de Whitechapel y años después realizó una serie de cuadros basados en la imagen de un hombre vestido junto a una mujer desnuda, a veces viva, a veces muerta, que evocaba al Destripador. Su carácter de rasgos psicopáticos encajaba también con el perfil psicológico del asesino. Para disponer de pruebas definitivas, Patricia Cornwell rastreó las cartas atribuidas al Destripador en busca de restos de ADN.

Tras varios fracasos, la escritora consiguió casar el ADN contenido en el adhesivo de uno de los sobres con el que conservaba una carta remitida por una de las tres esposas de Sickert. El forense que realizó los análisis consideró que se trataba de una casualidad, ya que sólo había podido aislar unos pocos eslabones de la cadena cromosomática y no parecía probable que el pintor lamiera las cartas de su mujer. No disponía, además, de ninguna muestra del ADN de Sickert, incinerado tras su muerte, en 1942. Además, es muy probable que el asesino no escribiera nunca a la policía. La carta más célebre, la primera firmada como 'Jack the Ripper' (Jack el Destripador), fue escrita con seguridad por el periodista Tom Bulling, deseoso de dar publicidad al caso en el que trabajaba.

Pero Cornwell se dio por satisfecha. En su libro Jack el Destripador. Retrato de un asesino. Caso cerrado, de reciente aparición en EE UU y Reino Unido, asegura que Walter Sickert y Jack el Destripador fueron la misma persona. Sickert es un sospechoso veterano. La temática de sus cuadros y su conocido interés por el caso de Whitechapel hicieron recelar ya a algunos de sus contemporáneos. En 1973, un tal Joseph Sickert, que decía ser hijo ilegítimo del pintor, anunció que por razones familiares sabía que los asesinatos habían formado parte de una conspiración masónica, cuyo único objetivo era el de callar para siempre a Mary Jane Nelly (la última víctima), porque había sido testigo de la boda secreta entre el heredero de la corona británica y una católica de extracción humilde. En 1978, el presunto hijo ilegítimo reconoció que toda su historia era falsa. En 1990, poco antes de morir, se retractó de la retractación y afirmó que Walter Sickert era el auténtico asesino.



No hay comentarios:

Publicar un comentario