jueves, 26 de junio de 2014

CUENTOS - "Un Tren Llamado Mobius" (A Subway Named Mobius, 1950) de Armin Joseph Deutsch // parte III









(Continúa de parte II)





»Hay otra pregunta que ustedes querrán ver contestada. Si deciden ustedes restablecer el

funcionamiento del Sistema, dejando abierta la variante hasta que el tren aparezca, ¿puede volver a ocurrir lo mismo con otro tren? No estoy seguro de la respuesta, pero creo que es negativa. Opino que en este caso existe un principio de exclusión, en virtud del cual el no-espacio de la red sólo puede ser ocupado por

un tren.

El médico se puso en pie.

—Doctor

Tupelo —inquirió, tímidamente—, cuando el tren reaparezca, ¿estarán los pasajeros...?

—No sé nada acerca de los ocupantes del tren —le interrumpió

Tupelo—. La teoría

topológica no

tiene en cuenta esos aspectos. —Su mirada recorrió rápidamente los siete cansados rostros que le

rodeaban—. Lo siento, caballeros —añadió, en tono más amable—. No lo sé, sencillamente.


Dirigiéndose a Whyte, añadió—: Creo que esta noche no puedo serle útil en nada más. Ya sabe dónde

encontrarme.

Dando media vuelta, salió del vagón y se encaminó a la escalera.

Al salir a la calle, las primeras claridades del alba empezaban a disolver las sombras de la noche.

Ningún periódico informó de aquella improvisada conferencia en un solitario vagón del metropolitano.

Ni de los resultados de la vigilancia nocturna en los oscuros túneles. Durante la semana que siguió,

Tupelo

tomó parte en otras cuatro conferencias con Kelvin Whyte y algunos funcionarios de la municipalidad. En

dos de ellas estuvieron presentes otros

topólogos:

Orstein, de Filadelfia,

Kashta, de Chicago, y

Michaelis,

de Los Ángeles. Los matemáticos no lograron ponerse de acuerdo. Ninguno de los tres quiso aceptar

como buenas las conclusiones de

Tupelo, aunque

Kashta admitió que

podía

haber algo de cierto en ellas.

Orstein insistió en que una red finita no podía poseer una

conectividad infinita, pero no pudo demostrar este

aserto, y ni siquiera fue capaz de calcular la

conectividad del Sistema.

Michaelis expresó su opinión

diciendo que el asunto no tenía nada que ver con la topología del Sistema. Insistió en que si el tren no podía

ser localizado en el Sistema, éste debía abrirse.

Pero, cuando más a fondo analizaba Tupelo el problema, más convencido estaba de lo correcto de sus primeras conclusiones. Desde el punto de vista de la topología, el Sistema sugería inmediatamente la existencia de familias enteras de redes de entidad múltiple, cada una de ellas con un número infinito de discontinuidades infinitas. Pero Tupelo se sustraía a un examen concreto de aquellas nuevas redes hiperespaciales. Dedicó toda su atención al tema por espacio de una semana. Luego, sus ocupaciones le obligaron a dejar el análisis a un lado. Decidió enfrentarse de nuevo con el problema más tarde, en

primavera, cuando terminara el curso escolar. Entretanto, el Sistema volvía funcionar como si nada hubiese ocurrido. El director general y el representante del alcalde habían conseguido olvidar la noche del 6 de marzo, o al menos habían vuelto a interpretar a su manera lo que vieron y no vieron. Los periódicos y el público hacían las más descabelladas

suposiciones y continuaban presionando a Whyte. Muchas personas que habían perdido algún pariente presentaron demandas contra el Sistema. El Estado intervino en el asunto e investigó por su cuenta. El caso

llegó hasta el Congreso. Una versión resumida de la teoría de

Tupelo fue ampliamente difundida por la

prensa.

Tupelo la ignoró, y no tardó en ser olvidada.

Transcurrieron varias semanas. La investigación estatal se dio por conclusa. Los periódicos trasladaron

el caso de la primera a la segunda plana; luego lo pasaron a la veintitrés; y después dejaron de ocuparse de

él. Las personas desaparecidas no regresaron. A la larga, nadie las echó de menos.

Un día, a mediados de abril,

Tupelo viajaba en el metropolitano desde Charles Street a Harvard. Iba

sentado en la parte delantera del primer vagón y contemplaba las vías y las grises paredes de los túneles

salir al encuentro del tren. Se detuvieron en dos ocasiones ante una luz roja, y

Tupelo se preguntó

súbitamente si el otro tren estaba allí, delante de ellos, o más allá del espacio. Bastó aquello para que el

viaje resultara excitante.

Otra vez, en mayo, tomó el tren en

Beacon Hill. Pero en esta ocasión se instaló en un asiento lateral y se

dedicó a leer el periódico. De pronto, experimentó una extraña sensación. Miró al hombre sentado a su

lado, con la cesta del almuerzo sobre las rodillas. Los otros asientos estaban ocupados y había una docena

de pasajeros que viajaban de pie. Un

jovencito fumaba un cigarrillo, violando el reglamento. Detrás de él,

dos muchachas hablaban de una fiesta a la que pensaban asistir. En el asiento de enfrente, una joven madre

reñía a su hijo. A su lado, un hombre leía el periódico. Lo mantenía abierto por las páginas centrales, y la

mirada de

Tupelo resbaló inconscientemente por la primera plana. Los titulares le sonaron a cosa olvidada.

La mirada de

Tupelo continuó hasta llegar a la fecha: ¡era un periódico del mes de marzo!

Los ojos de

Tupelo se volvieron hacia el hombre sentado a su lado. Debajo de la cesta del almuerzo

había un periódico. Del día. Miró detrás de él. Un joven leía el

Transcript

, manteniéndolo abierto por las

páginas deportivas. La fecha era 4 de marzo. Los ojos de

Tupelo recorrieron el pasillo. Una docena de

pasajeros llevaban periódicos con fecha 4 de marzo.

Tupelo se levantó de un salto. El hombre del pasillo se quejó en voz alta mientras

Tupelo le apartaba a

un lado sin

miramientos para precipitarse hacia el aparato de alarma. Tiró de la palanca con todas sus

fuerzas. Chirriaron los frenos y el tren se detuvo. Los intrigados pasajeros contemplaban a

Tupelo con ojos

hostiles. En la parte trasera del vagón se abrió la puerta de paso y un hombre alto y delgado, uniformado

de azul, la cruzó apresuradamente.

Tupelo corrió a su encuentro.

—¿Señor Gallagher? —inquirió.

—¿Qué pasa? —preguntó a su vez el hombre, sorprendido.

Tupelo ignoró la pregunta.

—¿Dónde ha estado usted? —quiso saber.

—En el vagón contiguo, pero...

Tupelo no lo dejó terminar. Consultando su reloj, les gritó a los pasajeros:

—¡Faltan diez minutos para las nueve de la mañana del día 17 de mayo!

Aquellas palabras acallaron por un momento el creciente clamor. Los pasajeros intercambiaron miradas

desconcertadas.

—¡Miren sus periódicos! —gritó

Tupelo—. ¡Sus periódicos!

Los pasajeros empezaron a cuchichear. A medida que consultaban las fechas de sus periódicos, las

voces subían de tono.

Tupelo tomó a Gallagher del brazo y lo arrastró hacia la parte trasera del vagón.

—¿Qué hora es? —le preguntó.

—Las 8:21 —dijo Gallagher, consultando su reloj.

—Abra la puerta —dijo

Tupelo—. Déjeme salir. ¿Dónde está el teléfono?

Gallagher siguió las instrucciones de

Tupelo. Señaló un hueco en la pared del túnel, a un centenar de

metros de distancia.

Tupelo se bajó del vagón y echó a correr por el estrecho pasillo que discurría entre los

vagones y la pared del túnel.

—¡Póngame con la Central de Tráfico! —le gritó al telefonista. Esperó unos segundos y vio que un tren

se había parado ante la señal roja detrás del que él acababa de abandonar. Cuando la Central de Tráfico

contestó,

Tupelo gritó—: ¡Póngame con Whyte! ¡Es muy urgente!

Al otro extremo del hilo una voz de hombre dijo:

—El señor Whyte está ocupado. Dígame lo que sea.

—El número 86 ha vuelto —dijo

Tupelo—. Ahora se encuentra entre la Estación Central y Harvard.

Ignoro cuándo efectuó el salto. Yo lo tomé en Charles Street, hace diez minutos, y no me di cuenta hasta

hace un minuto.

Al otro extremo, el hombre que atendía la llamada tragó saliva audiblemente.

—¿Y los pasajeros? —tartamudeó.

—Están perfectamente... los que quedan en el tren. Algunos deben de haberse bajado en

Kendall y en

la Estación Central.

—¿Dónde han estado?

Tupelo dejó caer el receptor de su oído y lo contempló fijamente, con la boca abierta. Luego lo colgó y

echó a correr hacia la puerta abierta del vagón.

Eventualmente, el orden quedó restablecido y al cabo de media hora el tren llegó a Harvard. En la

estación, la policía tomó a los pasajeros bajo su custodia. Whyte había llegado a Harvard antes que el tren.

Tupelo le encontró en el andén.

Whyte hizo un gesto en dirección a los pasajeros.

—¿Están realmente bien? —inquirió.

—Perfectamente —respondió

Tupelo—. No saben dónde han estado.

—¿Alguna señal del Profesor

Turnbull? —preguntó el director general.

—No lo he visto. Probablemente descendió en

Kendall, como de costumbre.

—¡Lástima! —dijo Whyte—. Me gustaría verle.

—También a mí —declaró

Tupelo—. A propósito, ahora es el momento de cerrar la variante de

Boylston.

—Demasiado tarde —dijo Whyte—. El tren 143 desapareció hace veinticinco minutos, entre Egleston y

Dorchester.

Tupelo no dijo nada.

—Tenemos que encontrar a

Turnbull —continuó Whyte.

Tupelo miró al director general y sonrió débilmente.

—¿Cree usted de veras que

Turnbull se bajó de este tren en

Kendall? —preguntó.

—¡Desde luego! —respondió Whyte—. ¿En qué otra parte, si no?


F I N

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Con una brillante narrativa que poco a poco va creando un ambiente de misterio, A.J. Deutsch nos va dibujando el caso de un tren perdido en la inmensa red de túneles del subterráneo de la ciudad de Boston. La historia no es solo impecable desde el punto de vista de la fantasía que pueden crear conceptos matemáticos como la cinta de Möbius, sino que tiene algo que refleja el cada vez más complejo mundo de lo urbano, lo citadino.


Adaptada al cine nacional, Möbius es una película argentina de ciencia ficción de 1996 dirigida por Gustavo Mosquera. Está basada en el presente cuento "A Subway Named Mobius", el cual ya había sido adaptado en la película alemana Möbius (1993); aunque el film incorpora una trama mucho más compleja en cuanto a personajes y situaciones, asimismo dándole un giro borgeano a la historia. 



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