martes, 24 de junio de 2014

CUENTOS - "Un Tren Llamado Mobius" (A Subway Named Mobius, 1950) de Armin Joseph Deutsch // parte I







UN TREN LLAMADO MOEBIUS (parte I)

de A. J. DEUTSCH



Partiendo de un punto central en Park Street, el metropolitano se había extendido a través de un complicado e ingenioso sistema ferroviario. Un desvío conectaba la línea de Lechmere con la de Ashmont para los trenes que se dirigían al sur, y con la línea de Forest Hills para los que se dirigían al norte. Harvard y Brookline habían sido enlazadas con un túnel que pasaba a través de Kenmore Under, y durante las horas punta todos los otros trenes eran desviados a través del ramal de Kenmore hacia Egleston. El ramal de Kenmore enlazaba con el túnel Maverick cerca de Fields Corner. Ascendía unos treinta metros en dos manzanas para conectar Copley Over con Scollay Square, y luego descendía de nuevo para unirse a la línea Cambridge en Boylston. La variante de Boylston había unido finalmente las siete líneas principales a cuatro niveles distintos. Entró en servicio el 2 de marzo. A partir de entonces, un tren podía viajar desde una estación cualquiera a cualquier otra estación en todo el sistema. 
Todos los días de la semana circulaban doscientos veintisiete trenes, y transportaban un millón y medio de pasajeros, aproximadamente. El tren Cambridge-Dorchester que desapareció el 4 de marzo era el número 86. Al principio, nadie lo echó de menos. A última hora de la tarde, la línea estuvo un poco máscargada que de costumbre. Pero una multitud es una multitud. Los postes indicadores de los andenes deForest Hills marcaron el número 86 alrededor de las 7:30, pero ninguno de ellos mencionó su ausenciahasta tres días después. El interventor del cruce de la Milk Street pidió al inspector de la Harvard un tren
suplementario aquella noche, con motivo de celebrarse un partido de hockey, y el inspector de la Harvard transmitió la petición. La central envió el 87, que había sido puesto fuera de servicio a las diez, como de costumbre. Nadie se dio cuenta que faltaba el 86.
A la mañana siguiente, cuando la afluencia de pasajeros era más intensa, Jack O’Brien, del control de Park Street, llamó a Warren Sweeney, de Forest Hills, y le dijo que pusiera otro tren en la línea de Cambridge. Sweeney no disponía de ninguno, de modo que se dirigió al tablero y buscó en él algún trendisponible. Entonces, por primera vez, observó que Gallagher no había marcado su tarjeta la nocheanterior. Sweeney dejó la tarjeta a la vista, con una nota. Gallagher tenía que entrar de servicio a las diez. A las diez y media, Sweeney se dirigió de nuevo al tablero y comprobó que la tarjeta de Gallagher continuaba
en el mismo sitio, con la nota que él había dejado. Acudió al inspector y le preguntó si Gallagher había llegado tarde. El inspector le dijo que no había visto a Gallagher aquella mañana. Entonces, Sweeney quiso saber quién conducía el 86. Eran las 11:30 cuando se enteró, finalmente, que había perdido un tren. Sweeney pasó la siguiente hora y media en el teléfono, interrogando a todos los interventores e inspectores del sistema. Después de almorzar, a las 13:30, repitió las llamadas. A las 16:40, poco antes
que terminara su jornada laboral, informó el asunto a la Central de Tráfico. Los teléfonos zumbaron a través de los túneles y talleres hasta casi medianoche, antes que el Director General recibiera finalmente la noticia en su casa.
El encargado principal de la Central de Cambios fue el primero en asociar, a última hora de la mañana del día 6, el tren que faltaba con los artículos de los periódicos acerca de lasúbita desaparición de numerosas personas. Llamó al Transcript
, y aquella misma tarde tres periódicos publicaron números
extraordinarios. Así se hizo pública la historia.
Kelvin Whyte, el Director General, pasó una buena parte de aquella tarde con la policía. Interrogaron a
la esposa de Gallagher. El conductor del 86 no se había presentado en casa desde la mañana del día 4. A
media tarde, la policía había comprobado que unos trescientos cincuenta
bostonianos, aproximadamente,
habían desaparecido con el tren. El Sistema se cerró, y Whyte casi enfermó de rabia. Pero el tren no fue
encontrado.
Roger
Tupelo, el matemático de Harvard, entró en escena la noche del día 6. Telefoneó a Whyte, muy
tarde, a su casa, y le dijo que tenía algunas ideas acerca del tren desaparecido. Luego se dirigió a casa de
Whyte en Newton, y sostuvo con él la primera de numerosas conversaciones acerca del número 86.
Whyte era un hombre inteligente, un buen organizador, y no carecía de imaginación.
—¡Pero no sé de qué está usted hablando! —exclamó.
Tupelo estaba dispuesto a mostrarse paciente.
—Esto es algo muy difícil de comprender para
cualquiera
, señor Whyte —dijo—. No me extraña que
esté intrigado. Pero es la única explicación. Ha desaparecido el tren, y las personas que iban en él. Pero el
Sistema está cerrado. Los otros trenes continúan allí. ¡Está en alguna parte del Sistema!
Whyte replicó, levantando de nuevo la voz:
—¡Y yo le digo a usted, doctor
Tupelo, que el tren
no
está en el Sistema! ¡
No
está! Un tren de siete
vagones con cuatrocientos pasajeros no puede ser pasado por alto. El Sistema ha sido registrado de arriba
a abajo. ¿Piensa usted que estoy tratando de
ocultar
el tren?
—Desde luego que no. Seamos razonables, señor Whyte. Sabemos que el tren estaba en camino hacia
Cambridge a las 8:40 de la mañana del día 4. Al menos veinte de las personas desaparecidas subieron al
tren unos minutos antes, en Washington, y cuarenta más en Park Street. Unas cuantas se bajaron en ambas
estaciones. Y esto es todo. Las que iban a
Kendall, a Central, a Harvard... no llegaron allí. El tren no llegó
a Cambridge.
—Sé todo eso, doctor
Tupelo —dijo Whyte bruscamente—. En el túnel, debajo del río, el tren se
convirtió en un barco. Abandonó el túnel y empezó a navegar hacia África.
—No, señor Whyte. Estoy tratando de explicárselo. Se encontró con un nódulo.
Whyte estaba lívido.
—¡Qué nódulo ni que ocho cuartos! —estalló—. El Sistema mantiene las vías limpias. Nuestros
servicios no dejan ningún nódulo...
—Sigue usted sin comprender. Un nódulo no es una obstrucción. Es una singularidad. Un polo de orden
superior.
Las explicaciones de
Tupelo en el curso de aquella primera conversación no contribuyeron a aclarar la
situación para Kelvin Whyte. Pero a las dos de la mañana, el Director General otorgó a
Tupelo el privilegio
de examinar los mapas principales del Sistema.
Tupelo se dirigió, pues, a la Central de Tráfico y estudió los mapas hasta que se hizo de día. Después de
desayunar, se presentó en la oficina de Whyte.
Encontró al Director General pegado al teléfono. Estaba dando órdenes para que se llevara a cabo una
inspección más minuciosa del túnel Cambridge-Dorchester, debajo del río Charles. Cuando terminó de
hablar, Whyte colgó el receptor y miró a
Tupelo.
—Creo que la causa de la desaparición está en la nueva variante —dijo el matemático.
Whyte se agarró al borde de su escritorio y rebuscó silenciosamente en su vocabulario hasta encontrar
algunas palabras prudentes.
—Doctor
Tupelo —dijo—, he estado despierto toda la noche pensando en su teoría. No la entiendo.
No sé qué tiene que ver con esto la variante de Boylston.
—¿Recuerda lo que le dije acerca de las propiedades
conectivas de los retículos? —preguntó
Tupelo—
. ¿Recuerda la cinta de Moebius que hicimos..., la superficie con una sola cara y un borde? ¿Recuerda
esto? —y sacó de su bolsillo un pequeño frasco de cristal
Klein y lo depositó sobre el escritorio.
Whyte se echó atrás en su asiento y contempló en silencio al matemático. Tres emociones se reflejaron
en su rostro en rápida sucesión: rabia, desconcierto y absoluto desdén.
Tupelo continuó:
—Señor Whyte, el Sistema es una red de sorprendente complejidad
topológica. Ya era complicada
antes que se instalara la variante de Boylston, y de un alto grado de
conectividad. Pero esa variante ha
hecho que la red sea absolutamente única. No lo comprendo del todo, pero la situación parece ser esta: la
variante ha elevado hasta tal punto la
conectividad del Sistema que no sé cómo calcularlo. Sospecho que la
conectividad se ha convertido en infinita.
El director general escuchaba como a través de una niebla. Mantenía sus ojos pegados al pequeño
frasco
Klein.
—La cinta de Moebius —continuó
Tupelo— posee unas propiedades desusadas debido a que tiene
una singularidad. El frasco
Klein, con dos singularidades, consigue permanecer dentro de sí mismo. Los
topólogos conocen superficies de hasta un millar de singularidades, las cuales poseen propiedades que
hacen que la cinta de Moebius y el frasco
Klein parezcan sencillos. Pero una red con una
conectividad
infinita debe tener un número infinito de singularidades. ¿Puede usted imaginar cuáles podrían ser las
propiedades de esa red?
Después de una larga pausa,
Tupelo añadió:
—Yo tampoco puedo imaginarlo. A decir verdad, la estructura del Sistema, con la variante de Boylston,
supera por completo mis posibilidades de comprensión. Sólo puedo hacer conjeturas.
Whyte apartó sus ojos del escritorio en un momento en que la rabia era el sentimiento que predominaba
en su interior.
—¡Y se dice usted matemático, Profesor
Tupelo! —exclamó.
Tupelo se echó a reír. Lo absurdo de la situación no le hizo perder la calma.
—No soy
topólogo, señor Whyte —dijo—. En realidad, soy un aprendiz de la materia. Sé de ella poco
más que usted. Las matemáticas son un campo muy amplio. Y da la causalidad que soy especialista en
Álgebra.
Su sinceridad ablandó un poco a Whyte.
—Bueno —sugirió—, si usted no lo comprende, tal vez deberíamos llamar a un
topólogo. ¿Hay alguno
en Boston?
—Sí y no —respondió
Tupelo—. El mejor del mundo está en
Tech.
Whyte alargó la mano hacia el receptor telefónico.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
Merritt
Turnbull. Pero no hay modo de localizarle. Lo he intentado desde hace tres días.
—¿Está fuera de la ciudad? —inquirió Whyte—. Lo enviaremos a buscar. Diremos que se trata de una
emergencia.
—No lo sé. El profesor
Turnbull es soltero. Vive solo en el
Brattle Club. No le han visto desde la
mañana del día 4.
Whyte captó inmediatamente las posibilidades de aquella afirmación.
—¿Iba en el tren? —preguntó.
—No lo sé —respondió el matemático—. ¿Qué opina usted?
Se produjo un largo silencio. Whyte miró alternativamente a
Tupelo y al objeto de cristal depositado
sobre el escritorio.
—No lo entiendo —dijo finalmente—. Hemos revisado todo el Sistema. No existe ningún medio para
que el tren se saliera de él.
—El tren no se ha salido de él. Está todavía en el Sistema —dijo
Tupelo.
—¿Dónde?
Tupelo se encogió de hombros.
—El tren no tiene ningún «dónde» real. No hay ningún «dónde» real en todo el Sistema. Tiene una doble
entidad, como mínimo.
—¿Cómo podemos encontrarlo?
—No creo que podamos —dijo
Tupelo.
Se produjo otro largo silencio. Whyte lo rompió profiriendo una exclamación en voz alta. Se puso en pie
súbitamente y envió el frasco
Klein volando a través de la habitación.
—¡Está usted loco, Profesor! —gritó—. Entre la medianoche de hoy y las seis de la mañana,
sacaremos todos los trenes de los túneles. Enviaré trescientos hombres para que revisen centímetro a
centímetro los doscientos setenta y cinco kilómetros del tendido. ¡Encontraremos el tren! Ahora,
discúlpeme, por favor.
Tupelo salió de la oficina. Se sentía agotado. Maquinalmente, echó a andar a lo largo de la Washington
Street hacia la Estación de
Essex. Cuando bajaba la escalera se detuvo bruscamente y miró a su alrededor.
Luego subió otra vez a la calle y paró un taxi. Una vez en su casa se sirvió un whisky doble y se acostó.
A las 15:30 acudió a dar su clase de Álgebra. Después de una cena rápida en el
Crimson
Spa, regresó
a su apartamento y pasó la velada intentando analizar, por segunda vez, las propiedades
conectivas del
Sistema. La tentativa resultó inútil, pero el matemático llegó a unas cuantas conclusiones importantes. A las
once de la noche telefoneó a Whyte a la Central de Tráfico.
—Pensé que tal vez le gustaría consultarme durante la búsqueda de esta noche —le dijo—. ¿Puedo ir
allí?
Al Director General no pareció entusiasmarlo el ofrecimiento de
Tupelo. Señaló que el Sistema
resolvería su pequeño problema sin la ayuda de profesores chiflados que creían que todos los trenes
metropolitanos podían saltar a la cuarta dimensión.
Tupelo encajó sin pestañear el exabrupto de Whyte y se
acostó. Alrededor de las cuatro de la mañana, el timbre del teléfono lo despertó. El que llamaba era un
contrito Kelvin Whyte.
—Anoche me mostré demasiado brusco —tartamudeó—. Tal vez pueda usted ayudarnos, después de
todo. ¿Podría venir al enlace de Milk Street?
Tupelo asintió de buena gana. No experimentaba la satisfacción que había previsto. Llamó un taxi, y en
menos de media hora se presentó en la estación señalada. Al pie de la escalera, en el piso superior, vio que
el túnel estaba brillantemente iluminado, como cuando el Sistema funcionaba normalmente. Pero los
andenes estaban desiertos, a excepción de un grupo de siete hombres que se encontraban en el extremo
más alejado de la entrada. Mientras caminaba hacia el grupo, observó que dos de los hombres eran
agentes de policía uniformados. Observó un tren de un solo vagón parado en la vía, junto al andén. La
puerta delantera estaba abierta, el vagón brillantemente iluminado y vacío. Whyte salió a su encuentro con
aire compungido.
—Gracias por haber venido, Profesor —dijo, alargando su mano—. Caballeros, les presento al doctor
Tupelo, de Harvard. Doctor
Tupelo, el señor Kennedy, nuestro ingeniero jefe; el señor Wilson,
representante del alcalde; el doctor
Gannot, del Hospital
Mercy...
Whyte no se molestó en presentar al conductor del tren y a los dos agentes de policía.
—Encantado, caballeros —dijo
Tupelo—. ¿Alguna novedad, señor Whyte?
El Director General intercambió unas miradas indecisas con sus compañeros.
—Bueno..., sí, doctor
Tupelo —dijo finalmente—. Creo que hemos conseguido algo.
—¿Ha sido visto el tren?
—Sí —dijo Whyte—. Es decir, prácticamente visto. Al menos, sabemos que se encuentra en alguna
parte de los túneles.

Los otros seis asintieron.
A Tupelo no le sorprendió saber que el tren estaba aún en el Sistema. Después de todo, el Sistema estaba cerrado.
—¿Le importa contarme lo que ha sucedido? —insistió
Tupelo.
—Me topé con una señal roja —intervino el conductor—. A la salida del empalme de Copley.
—Todos los trenes han sido sacados del tendido —explicó Whyte—, excepto éste. Lo hemos hecho
circular por todo el Sistema por espacio de cuatro horas. Cuando
Edmunds, el conductor, se topó con una
señal roja en el empalme de Copley se detuvo, desde luego. Yo pensé que la luz estaba averiada, y le dije
que continuara. Pero en aquel momento oímos a otro tren que pasaba por el empalme.
—¿Lo vieron ustedes? —preguntó
Tupelo.
—No podíamos verlo. La luz está situada detrás de una curva. Pero todos lo oímos. No cabe duda que
el tren pasó por el empalme. Y tiene que ser el Número 86, porque nuestro vagón era el único que
circulaba por el tendido.
—¿Qué pasó después?
—Bueno, la luz roja se trocó en amarilla y
Edmunds siguió adelante.
—¿Detrás del otro tren?
—No podíamos arriesgarnos a seguirlo, puesto que ignorábamos la dirección que había tomado.
—¿Cuánto hace que ocurrió eso?
—A la 1:38, la primera vez...
—¡Oh! —dijo
Tupelo—. Entonces, ¿volvió a suceder más tarde?
—Sí. Aunque no en el mismo sitio, desde luego. Encontramos otra señal roja cerca de la Estación Sur, a
las 2:15. Y luego, a las 3:28...
Tupelo interrumpió al director general:
—¿Vieron ustedes el tren a las 2:15?
—Ni siquiera lo oímos.


 (Continúa en parte II)

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Con una brillante narrativa que poco a poco va creando un ambiente de misterio, A.J. Deutsch nos va dibujando el caso de un tren perdido en la inmensa red de túneles del subterráneo de la ciudad de Boston. La historia no es solo impecable desde el punto de vista de la fantasía que pueden crear conceptos matemáticos como la cinta de Möbius, sino que tiene algo que refleja el cada vez más complejo mundo de lo urbano, lo citadino.


Adaptada al cine nacional, Möbius es una película argentina de ciencia ficción de 1996 dirigida por Gustavo Mosquera. Está basada en el presente cuento "A Subway Named Mobius", el cual ya había sido adaptado en la película alemana Möbius (1993); aunque el film incorpora una trama mucho más compleja en cuanto a personajes y situaciones, asimismo dándole un giro borgeano a la historia. 
  


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