miércoles, 25 de junio de 2014

CUENTOS - "Un Tren Llamado Mobius" (A Subway Named Mobius, 1950) de Armin Joseph Deutsch // parte II








(Continúa de parte I)



Tupelo continuó:

—En cuanto a lo de restablecer el funcionamiento del Sistema mientras el tren desaparecido se encuentra en la parte no-espacial de la red, sólo puedo enumerarles los hechos, tal como yo los veo, y dejar a su criterio el extraer las pertinentes conclusiones. La transición de regreso a la parte espacial es impredecible, como ya les he dicho. No hay modo de saber cuándo se producirá, ni dónde. En especial, hay un cincuenta por ciento de probabilidades en que, cuando reaparezca el tren, corra por una vía que no le corresponde. Entonces se producirá una colisión, desde luego.

El ingeniero preguntó:

—Para eliminar esa posibilidad, doctor

Tupelo, ¿no podríamos dejar abierta la variante de Boylston,

pero sin enviar ningún tren a través de ella? De este modo, cuando el tren desaparecido vuelva a presentarse, no podrá chocar con otro tren.

—Esa precaución sería ineficaz, señor Kennedy —respondió

Tupelo—. Verá, el tren puede reaparecer

en cualquier parte del Sistema. Es cierto que el Sistema debe su complejidad

topológica a la nueva

variante. Pero, con la variante en el Sistema, ahora es todo él el que posee una

conectividad infinita. En

otras palabras, la pertinente propiedad

topológica es una propiedad

derivada

de la variante, pero perteneciente a todo el Sistema. Recuerde que el tren efectuó su primera transición en un punto situado entre Park y Kendall, a más de cuatro kilómetros de distancia de la estación.
Edmunds trató de localizarlo, pero por lo visto había cruzado ya la Estación de
Boylston.
—¿Qué pasó a las 3:28?
—Otra luz roja. Cerca de Park Street. Oímos el tren delante de nosotros.
—¿Pero no lo vieron?
—No. Más allá de la luz hay una leve pendiente. Pero todos lo oímos. Lo único que no comprendo,
doctor
Tupelo, es que ese tren pueda recorrer el tendido por espacio de cinco días sin que nadie lo vea...
Whyte se interrumpió bruscamente y levantó una mano con aire imperativo, reclamando silencio. A lo
lejos, el metálico estruendo de un tren rodando a toda marcha fue creciendo hasta convertirse en un rugido.
El andén vibró de un modo perceptible mientras pasaba el tren.
—¡Ahora lo tenemos! —exclamó Whyte—. ¡Acaba de pasar por el andén inferior!
Echó a correr hacia la escalera que conducía al piso inferior. Todos los otros lo siguieron, excepto
Tupelo, el cual creía saber lo que iba a pasar. En efecto, antes que Whyte llegara a la escalera, asomó por
ella un agente de policía uniformado.
—¿Lo han visto ustedes? —gritó el policía.
Whyte se detuvo en seco, y los otros con él.
—¿Han visto ustedes el tren? —preguntó de nuevo a la gente, mientras aparecían otros dos hombres
procedentes del piso inferior.
—¿Qué ha pasado? —quiso saber Wilson.
—¿Lo han visto
ustedes
? —aulló Kennedy.
—Desde luego que no —respondió el agente—. Ha pasado por aquí arriba.
—¡Ni hablar! —rugió Whyte—. ¡Ha pasado por abajo!
Los seis hombres que acompañaban a Whyte se enfrentaron con expresión
desafiante a los tres
hombres procedentes del piso inferior.
Tupelo se acercó al director general y le dijo, en voz baja:
—El tren no puede ser visto, señor Whyte.
Whyte lo miró con aire de incredulidad.
—Usted mismo lo ha oído. Ha pasado por el piso de abajo...
—¿Podemos ir al vagón, señor Whyte? —inquirió
Tupelo—. Creo que tendríamos que hablar un poco.
Whyte asintió de mala gana. Luego se volvió hacia el agente de policía y los otros dos hombres que
habían estado vigilando en el andén inferior.
—¿De veras no lo han visto? —insistió.
—Lo hemos oído —respondió el agente—. Y nos ha parecido que pasaba por aquí...
—Vuelvan abajo,
Maloney —ordenó uno de los agentes que acompañaban a Whyte.
Maloney se rascó la cabeza, dio media vuelta y desapareció por la escalera. Los otros dos hombres le
siguieron.
Tupelo condujo al grupo hacia el vagón estacionado junto al andén. Entraron en él y tomaron
asiento, en silencio. Luego, todos miraron al matemático y esperaron.
—Supongo que no me ha hecho venir hasta aquí sólo para decirme que había encontrado el tren
desaparecido —empezó

Tupelo, dirigiéndose a Whyte—. ¿Había ocurrido ya algo como esto?

Whyte se removió en su asiento e intercambió una mirada con el ingeniero jefe.

—No exactamente igual —dijo, en tono evasivo—, pero han sucedido algunas cosas raras.

—¿Por ejemplo? —insistió

Tupelo.

—Bueno, lo de las luces rojas. Los vigilantes apostados cerca de

Kendall descubrieron una luz roja al

mismo tiempo que nosotros encontrábamos otra cerca de la Estación Sur.

—¿Qué más?

—El señor Sweeney lo llamó desde Forest Hills. Había oído el tren dos minutos después que lo

oyéramos nosotros en el empalme de Copley. A unos cuarenta kilómetros de distancia.

—En realidad, doctor

Tupelo —intervino Wilson—, varias docenas de hombres han visto luces rojas, o

han oído el tren, o las cosas, durante las últimas cuatro horas. La cosa actúa como si pudiera estar en

varios lugares al mismo tiempo.

—Puede —dijo

Tupelo.

—Hemos estado recibiendo informes de vigilantes que veían la cosa —añadió el ingeniero—. Bueno,

viéndola no, exactamente... A veces en dos e incluso en tres lugares, muy apartados entre sí, al mismo

tiempo. Seguro que se encuentra en el tendido. Tal vez los vagones están desenganchados.

—¿Está usted realmente seguro que se encuentra en el tendido, señor Kennedy? —preguntó

Tupelo.

—Absolutamente —dijo el ingeniero—. El medidor, en la central eléctrica, señala un consumo de

energía. El consumo era continuo. De modo que a las 3:30 cerramos los circuitos. Cortamos la corriente.

—¿Y qué pasó?

—Nada —respondió Whyte—. Absolutamente nada. La corriente estuvo cortada por espacio de

veinte minutos. Durante ese tiempo, ninguno de los doscientos cincuenta hombres apostados en los túneles

vio una luz roja ni oyó un tren. Pero, cinco minutos después de haber vuelto a dar la corriente, nos habían

llegado otros dos informes: uno de

Arlington, otro de Egleston.

Cuando Whyte terminó de hablar se produjo un largo silencio. En el túnel inferior, un hombre le gritó

algo a otro.

Tupelo consultó su reloj. Eran las 5:20.

—En resumen, doctor

Tupelo —dijo finalmente el Director General—, nos vemos obligados a admitir

que puede haber algo de cierto en su teoría.

Los otros asintieron.

—Gracias, caballeros —dijo

Tupelo.

El médico se aclaró la garganta.

—En lo que se refiere a los pasajeros —dijo—, ¿tiene usted idea de lo que...?

—Ninguna —le interrumpió

Tupelo.

—¿Qué hemos de hacer? —preguntó el representante del Alcalde.

—No lo sé. ¿Qué puede hacer usted?

—Si no he comprendido mal las explicaciones del señor Whyte —dijo Wilson—, el tren ha... bueno, ha

saltado a otra dimensión. No se encuentra ya en el Sistema. Se ha marchado de él. ¿Es verdad eso?

—Es una forma de decirlo.

—¿Y esta...

ejem... conducta singular se ha derivado de ciertas propiedades matemáticas asociadas con

la nueva variante de Boylston?

—Desde luego.

—¿Y no hay nada que podamos hacer para traer de nuevo al tren a...

hum... esta dimensión?

—Que yo sepa, no.

Wilson agarró la ocasión por los pelos.

—En tal caso, caballeros —dijo—, la cosa está clara. En primer lugar, tenemos que cerrar la nueva

estación, para que no pueda volver a ocurrir algo tan fantástico. Después, dado que el tren desaparecido se

encuentra en otra dimensión, a pesar de todas esas luces rojas y de todos esos ruidos, podemos

restablecer el funcionamiento normal del Sistema. Al menos no existirá el peligro de una colisión, que era lo

que más preocupaba al señor Whyte. En cuanto al tren desaparecido y a las personas que viajaban en él...

—Wilson los remitió al infinito con un gesto—. ¿Está usted de acuerdo, doctor

Tupelo? —le preguntó al

matemático.

Tupelo sacudió la cabeza lentamente.

—No del todo, señor Wilson —respondió—. Les ruego que no pierdan de vista que no he

comprendido en sus términos exactos lo que ha sucedido. Es una pena que no puedan encontrar ustedes a

alguien capaz de dar una explicación satisfactoria de los hechos. El único hombre que podía haberla dado

es el profesor

Turnbull, de

Tech, y era uno de los pasajeros del tren. Pero, de todos modos, ustedes

querrán contrastar mis conclusiones con las de algunos eminentes

topólogos. Puedo ponerles en contacto

con varios de ellos.

»Ahora bien, en lo que se refiere a la recuperación del tren desaparecido, puedo decir que en mi opinión

no se ha perdido toda esperanza. Existe una probabilidad finita, tal como yo lo veo, que el tren pase

eventualmente desde la parte

no-espacial de la red, que ahora ocupa, a la parte espacial. Dado que la parte

no-espacial es completamente inaccesible, no hay nada que podamos hacer, por desgracia, para contribuir

a esa transición, ni siquiera para predecir cómo o cuándo se producirá. Pero la posibilidad de la transición

se desvanecerá si se cierra la variante de Boylston. Ese sector del tendido es precisamente el que da a la

red sus singularidades fundamentales. Si las singularidades son eliminadas, el tren no podrá reaparecer

nunca. ¿Está claro?

No estaba claro, desde luego, pero los siete hombres que lo escuchaban asintieron en silencio.


(Continúa en parte III)

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Con una brillante narrativa que poco a poco va creando un ambiente de misterio, A.J. Deutsch nos va dibujando el caso de un tren perdido en la inmensa red de túneles del subterráneo de la ciudad de Boston. La historia no es solo impecable desde el punto de vista de la fantasía que pueden crear conceptos matemáticos como la cinta de Möbius, sino que tiene algo que refleja el cada vez más complejo mundo de lo urbano, lo citadino.


Adaptada al cine nacional, Möbius es una película argentina de ciencia ficción de 1996 dirigida por Gustavo Mosquera. Está basada en el presente cuento "A Subway Named Mobius", el cual ya había sido adaptado en la película alemana Möbius (1993); aunque el film incorpora una trama mucho más compleja en cuanto a personajes y situaciones, asimismo dándole un giro borgeano a la historia. 
 



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