miércoles, 4 de junio de 2014

DÍAS DE RADIO - PARA TERMINAR CON EL JUICIO DE DIOS (1946) por Antonin Artaud









ARTAUD, DUEÑO DE LO QUE CALLA





Antonin Artaud (nacido en Marsella en 1896 y fallecido en París en 1948) desarrolló, a través de lo que él mismo denominó el Teatro de la Crueldad, una nueva forma de dramaturgia en la que la importancia de la palabra hablada quedaba minimizada. El actor debía dejarse llevar por una combinación de movimientos físicos y sonidos inusuales, en un contexto caracterizado por la eliminación de las disposiciones habituales de escenario y decorados. Una situación, como escribe el teórico Allen S. Weiss, “(…) donde los eventos teatrales no estarían ya subordinados a un texto escrito, como era el caso en el teatro occidental hasta ese momento. Se pretendía que éste (Teatro de la Crueldad) fuera un teatro antinaturalista, antirrealista y antipsicológico, en el que los gritos, los chillidos, los gemidos y todos los sonidos disonantes del cuerpo humano estarían equiparados con la palabra hablada, y donde el lenguaje mismo se utilizaría como una forma de conjuro destinado a crear un teatro de magia dramática y curativa”.

En su base teórica, la propuesta de Artaud se fundamenta en la idea de que el lenguaje limita la capacidad del espíritu para acceder a las sensaciones puras, que se encuentran esclavizadas por el principio de realidad. Para contrarrestar esta influencia, Artaud propone un teatro en el que se elimina todo vestigio del lenguaje, y en el que los actores se expresan mediante movimientos y actos, situados en un escenario casi desnudo. Estas ideas se recogieron, fundamentalmente, en el libro El teatro y su doble, de 1938, y, aunque no pudieron llevarse a cabo en términos prácticos, de una manera consistente, debido a las enfermedades crónicas (físicas y mentales, en parte derivadas de una temprana meningitis ), sí encontraron estas ideas, una plasmación sonora, siquiera parcial y tentativa, en su obra radiofónica Pour en finir avec le jugement de dieu, “Para acabar con el juicio de Dios”, de 1947, de la cual se continúan extrayendo algunos fragmentos.

"Para terminar con el juicio de dios", fue escrito por Artaud a solicitud de Fernand Poney para ser transmitido por la radio francesa. Artaud, María Casares, R. Blin y P. Thérenin lo grabaron el 28 de febrero de 1947, pero la emisión, programada para el 2 de febrero de 1948 fue prohibida por el director de la radio, Wladimir Porché, escandalizado por la virulencia del texto. Fernand Poney logró que se formara una especie de tribunal (integrado entre otras personalidades por Cocteau, Eluard, René Clair, Callois, etc.) encargado de dar su parecer sobre el poema. El fallo fue totalmente favorable pero, no obstante, el director de la radio mantuvo su veto. Las cartas agregadas posteriormente muestra cuál era la posición de Artaud en este asunto.
También hubo una audición privada en un cine abandonado de París, pero la radiofonía en sí no sería publicada como documento sonoro hasta 15 años más tarde. Artaud moriría ese mismo año (1948) bastante decepcionado por todas estas circunstancias que se daban precisamente cuando por fín creía haberse liberado de 9 años de terror e incomprensión. El estreno radiofónico de Pour en finir avec le jugement de dieu, “Para acabar con el juicio de Dios”, estaba programado para las 22:45 del lunes 2 de febrero de 1948, pero fue suspendido tan sólo un día antes de esa fecha. El director de la radio francesa prohibió la difusión de la pieza debido entre otras cosas, a su contenido escatológico, que se fusionaba con proclamas anticatólicas y antiamericanas.

No fue, por tanto, posible el estreno radiofónico de esta composición (sólo treinta años después la pieza se emitiría a través de Radio France), ni tampoco fue posible que su autor la escuchara a través de la radio, puesto que Artaud murió el 4 de marzo de 1948. Hay que saber que durante 9 años, entre 1937 y 1946 Antonin Artaud permaneció encerrado en hospitales psiquiátricos de forma ininterrumpida, al margen de otros internamientos previos, allí fue duramente “tratado” a base de electroshoks y otros métodos que físicamente le deterioraron hasta el punto que cuando le soltaron parecía un anciano; 9 años que pueden corresponder a 40 años en el transcurso de la vida “normal “de cualquier persona hoy en día, con el agravante de que parte de esos años (entre el 37 y el 43) sucedieron en la Francia ocupada por los nazis.

La vida de Artaud supera a la ficción en todas sus etapas: las cartas agregadas posteriormente al ser publicado por K editor, muestran cuál era la posición de Artaud en este asunto, además de ser una vía de expresión muy utilizada por él desde que el doctor Frediére, durante la segunda etapa en el Psiquiátrico se lo impusiera como “arte-terapia”. La carta al sacerdote Laval , que había sido favorable a la emisión del poema diciendo:  “Al fin he aquí el lenguaje verdadero de un hombre que sufre” es ejemplar por el rigor con que Artaud plantea el problema de fondo de una manera radical, sin concesiones, lo normal hubiera sido agradecerle al padre Laval su fallo favorable al poema.

Otto Hahn comenta este texto así: “Es el fin de la cultura como perspectiva privilegiada. Artaud después de Rodez (hospital psiquiátrico) ya no cree en los sistemas, en las posiciones intelectuales, en las manifestaciones virtuales. Ya no cree en el teatro donde todas las relaciones están falseadas. La «revuelta interior vendrá -le escribe a Breton-, pero no vendrá del teatro, pues por sincero que este sea, los escenarios con un público delante hacen del hombre más desinteresado un actorzuelo».

Él que quería suscitar trances decide vivirlos: “el teatro no es sino la vida, y la vida es un espectáculo sin explicación ni justificación”. Lo que esos escritos poseen de singular se debe a la conmoción y a la superación brutal de los límites habituales, al cruel lirismo suprimiendo sus propios efectos, no tolerando aquello que le da la expresión más segura. Maurice Blanchot citó en 1946 esta frase de Artaud: «Comencé en la literatura escribiendo libros para decir que no podía escribir nada en absoluto.. Cuando tenía algo que escribir, mi pensamiento era lo que más se me negaba. Nunca tenía ideas y dos libros muy cortos, cada uno de sesenta páginas, ruedan por esta profunda, inveterada, endémica ausencia de toda idea. . .» para Artaud todo lenguaje verdadero es incomprensible y su lenguaje ha sido definido como verdadero e incomprensible.

Artaud lo hizo en vida, en carne y huesos, en sensibilidad, su revolución (¿cómo llamarla?) y lo dijo, las palabras lo usaron para salir, pobres, obscenas, deslumbrantes, hirientes, podridas, tripas de palabras, palabras que volvían al sonido y renacían del sonido, del bramido, del hipo agónico de ese puñado de carne rehaciéndose en otro cuerpo ante nuestros ojos de espectadores. Artaud dice que debemos dejar de ser espectadores y que para eso hay que arrancar el trozo podrido, el “yo”, y que toda su guerra individual es una guerra social, que adentro, en arterias, en tendones y glándulas, transcurren carnicerías tan grandes como las de afuera, y que en su nuevo estado no hay adentro ni afuera. 

Paule Thévenin, resistiéndose al enjuague que querían hacer con Artaud algunos personajes, dice con claridad: “La obra de Artaud trastorna. Trastorna porque destruye por su base todo un sistema de referencias, porque corroe la cultura específicamente occidental y se dedica a atacar el pensamiento y la sociedad pequeñoburguesa. Pensamiento que se defiende declarando insensatos, privados de sentido y por consiguiente incomprensibles, sus últimos textos. Sociedad que busca preservarse y mantenerse relegándolos al catálogo de las obras de alienados después de haber tenido la precaución de encerrarlo, a él, durante nueve años en asilos para poder así decirle loco cómodamente”.


Fragmento - "Para Terminar con el Juicio de Dios, 1947":


Me enteré ayer, (es posible creer, o sólo es un falso rumor,

que atiendo a esos chismes puercos que se propagan
por inodoros y fregaderos
cuando se tiran las comidas que otra vez fueron engullidas,)
me enteré ayer
de una de las costumbres oficiales más descarnadas
de las escuelas públicas americanas y que sin duda
llevan a ese país a creerse que son la cabeza del
progreso.
Parece que uno de los requisitos exigidos a un niño
que ingresa por primera vez a una escuela pública,
es lo que se conoce como examen del fluido seminal
o del esperma
que consistiría en que el niño recién llegado entregue
un poco de su esperma para guardarlo en un recipiente
y conservarlo para que en un futuro se pueda realizar
el intento de una fecundación artificial.
Ya que día tras día los americanos
descubren que les hacen falta
brazos y niños
no obreros, sino soldados
y a cualquier precio
y por todos los medios posibles
quieren fabricar soldados pensando
en guerras planetarias que pudieran desatarse
y que tendrían como finalidad demostrar por las
virtudes destructivas de la fuerza
la nobleza del producto americano y
de las gemas del sudor americano en todos
los terrenos de la actividad y del movimiento
posible de la fuerza.
Porque se debe producir, se debe, a través
de todos los recursos de la actividad posible, sustituir
la naturaleza dondequiera que pueda ser sustituida,
se debe encontrar un terreno más amplio para la inercia humana,
es necesario que el obrero tenga de qué ocuparse,
es necesario que se abran nuevos campos de actividad
donde por fin se elevará el reino de todos
los ficticios productos fabricados,
de todos los inmorales análogos sintéticos,
donde la bella, la auténtica naturaleza no servirá
de ninguna utilidad,
y de una vez y para siempre y con vergüenza
tendrá
que ceder su lugar a los heroicos productos
del reemplazo,
el esperma de todas las usinas de fecundación
artificial
producirá, allí, milagros para fabricar armadas y acorazados.
Basta de árboles, basta de frutas, basta de plantas farmacéuticas
o sí, y en consecuencia basta de alimentos,
en su lugar productos de la síntesis a la saciedad,
productos de síntesis
en los vahos, en los humus especiales de la atmósfera,
en los radios peculiares de las atmósferas
arrancadas de la potencia de una naturaleza
que de la guerra conoció solamente
el miedo.
Y entonces, viva la guerra ¿no es verdad?
Porque así fue ¿cierto?, que los americanos
paso a paso, armaron y arman la guerra.
Para proteger esta necia fabricación
de las competencias que de inmediato
brotarán por todas partes,
hacen faltas armadas, soldados, aviones,
acorazados.

Tal vez
por esta razón los gobiernos de América
tuvieron la desfachatez de pensar en ese esperma.
Ya que a nosotros, los nacidos capitalistas
nos vigila, hijo mío, más de un enemigo
entre ellos la Rusia de Stalin
a la que tampoco le faltan brazos armados.

Eso está muy bien,
pero yo ignoraba que los americanos fueran
un pueblo tan belicoso.
En los combates siempre se sufren heridas,
pude ver a muchos americanos en combates
pero siempre eran precedidos por incontables
flotas de tanques,
de aviones, acorazados detrás de sus escudos.
Pude ver cómo pelean las máquinas
y sólo hacia atrás, en el infinito pude divisar
a los hombres que las manejaban.

Hay pueblos que hacen comer a sus
bueyes, caballos y asnos los restos de toneladas
de auténtica morfina que tienen,
para sustituirla por humo de dudosa calidad,
prefiero al pueblo que come a la misma altura de la tierra
el delirio que lo hizo nacer,
me refiero a los Tarahumaras que comen al Peyote
mientras está naciendo sobre la tierra
y que para instaurar el reino de la noche negra
mata al sol y desintegra la cruz para que
nunca más
los sitios del espacio puedan reunirse ni confluir.
Ahora van a escuchar la danza del TUTUGURI.

Tutuguri - La Ceremonia del Sol Negro
Muy abajo, al borde de la pendiente amarga,
crudamente desesperada del corazón,
se despliega el círculo de las seis cruces
abajo, muy abajo
como acoplado a la tierra madre,
desacoplado del inmundo abrazo de la madre que babea,

el único lugar húmedo
en este hueco de roca
es la tierra de carbón negro.
La ceremonia consiste en que el nuevo sol,
antes de que se desintegre en el agujero de la tierra,
atraviese siete puntos.

Hay seis soles y un hombre
por cada sol
y un séptimo hombre
de carne roja y vestido de negro
que es el sol
iracundo.

El séptimo hombre
es un caballo,
un caballo acompañado por un hombre.

Pero el caballo
no es el hombre,
es el sol.

Al ritmo lacerante de un tambor y de una trompeta larga,
rara,
los seis hombres
que estaban tumbados,
enmarañados al ras de la tierra
se abren uno a uno como
girasoles
no soles
sino tierras que ruedan,
camalotes en el agua,
y cada brote
se alinea con el gong cada vez más umbrío
y refrenado
del tambor
hasta que intempestivo, se ve arribar a fuerte galope,
con una rapidez de vértigo,
al último sol,
al primer hombre,
al caballo negro y en su lomo
un hombre desnudo,
totalmente desnudo
y casto.
(sobre su lomo)

spués de saltar, avanzan dibujando recodos circulares
y el caballo de carne sangrante pierde la razón
y gira sin parar
en la cúspide de su risco
hasta que los seis hombres
terminan de cercar
las seis cruces.


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