martes, 15 de julio de 2014

CUENTOS - LA ESPERA [de Haroldo Conti, Cuentos completos, Emecé, Buenos Aires, 1994]







La pista es un trazo preciso entre el cielo y la tierra. Una nube negra y afilada corta el cielo algunos metros más arriba. Hace una hora estaba mucho más alto y era mucho más fina pero ha ido descendiendo poco a poco y sus bordes se esfuman a medida que declina la luz. Una racha sacude el pasto cada tanto y entonces la pista se fija y endurece. Queda un resplandor a la derecha que se evapora rápidamente.

Son las 17:35. El avión trae algunos minutos de retraso.

Hay dos hombres inmóviles al borde de la plataforma. El viento hincha sus mamelucos azules. Uno de los hombres se corre hacia los canteros de la izquierda. Ahora la calle de rodaje aparece claramente porque la mitad del hombre la ocultaba casi por entero. Breve y oscura desemboca en una punta de la plataforma surcada por gruesas venas de alquitrán.

Los canteros conservan algunos parches verdes pero el resto del césped está seco igual que el pasto que parece senci¬llamente muerto. El césped ha desaparecido de los bordes que dan sobre la plataforma. En su lugar hay unos cantos de tierra raída con algunas manchas de petróleo. Hay también un par de extinguidores rojos.

Otro hombre traspone la puerta vidriera y trepa al montacarga pintado a barras amarillas y negras, igual que el grupo electrógeno, ubicado a la izquierda. La puerta al abrirse deja penetrar una bocanada de aire helado. El húmedo corazón de junio.

El hombre del montacarga habla y gesticula aunque no se escucha nada porque la puerta ha vuelto a cerrarse. Luego mira el reloj y queda en silencio.

En el centro de cada cantero hay un arbusto cubierto de polvo que se sacude elásticamente a cada golpe de viento. Los dos se sacuden al mismo tiempo, por supuesto, y en la misma forma, lo cual provoca una repentina animación. El cantero de la derecha tiene un cartel de letras esmaltadas que dice Bien¬venido.



17:40



El montacarga se desplaza de derecha a izquierda y junto con el hombre cambia de forma al pasar detrás de uno de los vidrios.

Una calzada de baldosas conduce desde las puertas hasta la plataforma. Por allí pasó el hombre del montacarga. Junto a las puertas, apenas detrás de los vidrios y a cada lado de la calzada, hay dos macetones de cemento recién terminados y vacíos. Con todo uno de ellos tiene una punta saltada.

Una voz sobresale del plumoso murmullo que flota en el hall, lo cruza de un lado a otro y se interrumpe bruscamente.

En el fondo del macetón de la izquierda, en el ángulo detrás del cual comienza la calzada, hay un grillo de campo que ha caído con la idea de que saltaba a un lugar más seguro, posiblemente una verdadera maceta. Está de espaldas y trata de volverse pero tan sólo consigue girar en redondo. Agita las patas, que brillan como delgadas llamas negras. Las agita rápi¬damente y entonces gira el cuerpo. Luego descansa y las patas se elevan y se separan muy despacio y por fin se queda quieto. Se oye un chasquido en los parlantes y la línea permanece abierta unos segundos pero no hay anuncios. Acaba de entrar un hombre que se dirige hasta el mostrador de despacho.

El maletero pesa unas valijas y abrocha las etiquetas con calma.

Algunos pasajeros están sentados en el inmenso y lustroso sofá que penetra como un espigón en la vacía claridad del hall, otros beben y charlan en la penumbra del bar, unos pocos aguardan de pie frente a las vidrieras.

Dos monjas sentadas en un extremo del sofá cuchichean inclinándose la una sobre la otra. Están muy juntas y no apoyan las espaldas en el respaldo. Sus afilados rostros asoman de la mancha oscura que forman sus hábitos y miran el mundo con recelo. Hay un maletín a cada lado de ellas, sobre el suelo. Sus combados zapatos con el cuero rugoso y gastado salen y entran por debajo de sus hábitos.

El cielo se ha oscurecido otro poco y el viento sopla ahora en forma constante. La nube negra está justo encima de la pista pero no parece la misma nube. Se ha hinchado y ha empalide¬cido y antes de que alcance la pista se habrá borrado por completo.

El grillo que ha permanecido rígido y en apariencia muerto comienza a mover las patas. Las mueve y sacude el cuerpo con nueva resolución. Casi consigue darse vuelta. De todas maneras si lo consigue todavía le queda por delante alcanzar el borde de la maceta.

El murmullo adormecido del hall crece de golpe y los pasajeros se animan a un mismo tiempo. El montacarga arranca hacia el centro de la plataforma y los otros dos hombres cami¬nan detrás de él.

El avión acaba de aparecer sobre la cabecera de la pista. De golpe está allí, suspendido del aire, casi inmóvil, sin transi¬ción ninguna, leve y gris como el resto del paisaje.

Un agudo chisporroteo estalla en lo alto de las paredes y la voz nasal de una mujer anuncia la llegada de la máquina en vuelo desde Buenos Aires. Es todo de una blanda y absoluta precisión.

El avión se posa sobre la pista en mitad del anuncio. Sólo algo después cuando la voz se interrumpe se escucha la inver¬sión del escape.



17:45



Algunos pasajeros se encaminan hacia las puertas. Las monjas se han puesto de pie y avanzan en una misma línea sin despegarse.

El avión se mueve como un gran pez en la suave cavidad de la tarde. Trae encendido el faro anticolisión que cada tres segundos tiñe de rojo un sector de fuselaje. La luz se derrama por la combada superficie y enciende los perfiles del ala con un resplandor que resbala hasta la punta. Sin detener la marcha gira sobre sí mismo y emboca la calle de rodaje. La roja luz crispada salta ahora a un lado y otro. Una ala roja, una ala blanca. Un sucio resplandor brota del suelo pero la cinta de cemento lo borra en el acto.

Recién en mitad del rodaje se siente el ronquido de la turbina y los vidrios de las puertas se animan con un temblor escamoso.

El rumor de la sala se retrae a cada nuevo ruido pero vuelve a crecer, fluye rítmicamente como una gran respiración. Desde que apareció el avión ha ido subiendo de tono aunque la gente es la misma y salvo unos pocos no ha cambiado de lugar, ni siquiera de actitud.

El grillo está inmóvil. Sus afiladas patitas apuntan a su pequeño cielo. El fondo de la maceta es un recuadro gris, impreciso. De hecho dentro de la maceta es de noche.

El avión ingresa a la plataforma con otro giro, de pronto enorme y vivo. Ya no es una silueta silenciosa que se desliza sobre el filo de la pista. El ruido de la turbina borra el resto de los sonidos.

Una de las monjas habla a la otra en la oreja. Un alegre espanto contrae sus rostros blandos y cerosos.

La turbina se corta y solamente queda en el aire el zum¬bido del grupo electrógeno del avión. Los demás ruidos reco¬bran su lugar.

El avión ha quedado inmóvil en medio de la plataforma.

Los hombres de mameluco corren hacia él empujando una escalera, pero a medida que se alejan sus figuras se borran y se emparejan con la penumbra que hay a ras del suelo. Queda un poco de claridad muy en lo alto pero si uno mira el avión fijamente nota un borde de sombras.

La suave y bruñida mole comienza a opacarse. Han apa¬gado la luz del faro anticolisión y por arriba despide un brillo empañado que oprime el borde de sombras. El tren de aterrizaje desaparece en la oscuridad que sube del suelo de manera que parece colgado del aire. Incluso parece que volara resbalando sobre sus propias líneas, pura sustancia.

Repentinamente se encienden las luces de la plataforma y el paisaje se encoge y se vira al amarillo. El avión se despega de las sombras y se brota de resplandores. La luz viene de arriba, pareja. Los límites con la oscuridad son precisos. En lo alto hay una zona negra que va de un lado a otro con una veladura en el medio. La noche. Debajo el aire es distinto. Ni día ni noche. El avión está exactamente en el centro de esa neblina amarilla.

Los bordes de la maceta se recortan ahora con firmeza. La luz no llega adentro en forma discreta. Una claridad inanimada suaviza los ángulos y borra el fondo de manera que el grillo, un punto negro con dos agudos puntitos blancos a cada lado de la cabeza, flota en el aire. Ha logrado darse vuelta en algún momento. Salta. Un poco más alto. Un poco más alto, un poco más bajo.

Se abre una puerta al costado del avión y pasa un rato antes de que aparezca alguien. Lo que aparece en primer lugar brotan¬do del negro boquete es una escalera automática. Recién cuando se posa sobre el piso resulta definitivamente una escalera auto-mática.

Una camarera asoma la cabeza pero baja en primer lugar un hombre de uniforme que se dirige hacia las puertas a paso rápido. La gente se aparta cuando alarga el brazo hacia los vidrios y una bocanada de aire nocturno penetra en la sala. Aparece un pasajero en lo alto de la escalera. Permanece allí un instante deslumhrado por la luz, aturdido por el aire y la altura. Aguanta el sombrero con una mano y baja arrastrando a los demás. Algunos se adelantan sin mirar a nadie. Otros charlan entre sí y aun se detienen en medio del viento. Una muchacha saluda con un brazo en alto hacia las puertas. La gente se aparta otro poco y las puertas se abren y cierran con un ruido aspirado y un gran brillo que se dispara hacia afuera.

Algunos de los tipos pasan cerca de la maceta. Uno de ellos se detiene apenas a unos centímetros y todavía se acerca otro poco y roza la maceta con un pie cuando lo alcanza otro pasajero que venía detrás y charlan un momento allí pero nadie repara en el grillo ni el grillo ve nada de esto porque salta y salta pero jamás alcanza el borde. Cada tanto para de saltar y mira tozudamente la pared y da la impresión de que piensa. Después vuelve a saltar. Más alto. Más bajo.

El último pasajero atraviesa la playa a la carrera cargado de paquetes. El montacarga cruza el espacio iluminado con el equipaje de los pasajeros que embarcan en el próximo vuelo.

El murmullo del hall se ha ido expandiendo como un resorte pero ha llegado a su punto más alto porque no pasa de ahí. Pequeños centros nerviosos reverberan aquí y allá.

Afuera una hilera de balizas corta la oscuridad a una pro¬fundidad imprecisa. El avión está solo. Es una imagen fosfores¬cente que ahonda la noche, mera luz, impulso, aire inflamado.

Ocurre que el borde de sombras que rodea la luz es más espeso y más negro y ésa es la noche, ese negro espacio donde yacen personas y sucesos.

El grillo está quieto en el fondo de la maceta y mira la pared.

Hay todavía un avión a las 10 y 30.

Ahora el resorte comienza a descender y una parte del murmullo se alarga en dirección a las puertas de salida.

Vuelven a sonar unos golpecitos en los parlantes y el murmullo desciende otro poco. Se detiene de hecho. Algo después la misma voz de antes anuncia la salida del avión con destino a Buenos Aires.

El grupo de pasajeros que aguarda junto a las puertas se alinea trabajosamente, levanta la voz después que enmudecen los parlantes pero aun así es más notable el silencio que los rodea y los aparta y ha ido invadiendo el resto del hall. Las monjas observan a un costado de la fila. Un señor les hace lugar con una inclinación de cabeza y ellas se introducen a un mismo tiempo, mirando de reojo a cada lado.

El grillo se rasca la cabeza con sus patas delanteras y mira la pared. Pega un gran salto pero vuelve a quedarse quieto.

Los pasajeros entran en la luz amarilla y se dirigen en fila hacia el avión. El hombre del uniforme sube en último lugar.

La escalera automática se despega del suelo y se pliega sin ruido. Desaparece en el hueco de la puerta con la misma exac¬titud con que salió de allí empujando sus quebradas líneas por el aire. La puerta se cierra con igual precisión apenas termina de entrar la escalera.

Hay un instante de total inmovilidad y el tiempo se suelda allí, se concentra en un solo punto.

Bruscamente se dispara la turbina de la derecha y las cosas se dilatan y comprimen con una gigantesca palpitación amarilla.

Los vidrios de las puertas tiemblan y crepitan como un fuego. Cuando se dispara la segunda turbina el temblor se aprecia a simple vista.

El grillo palpa el aire con sus antenas sorprendido tal vez por el ruido que crece aún más y casi borra las cosas que se vuelven trazos y líneas y ondulantes colores.

Las manos del señalero se alzan en el aire y el avión arranca con un simple impulso, vira frente a la calle de rodaje y se interna en la oscuridad entre la doble hilera de luces azuladas. El ruido se aleja con él. Vira nuevamente y resbala a lo largo sobre la primera fila de balizas blancas. El destello del faro anti colisión puntea la oscuridad más encarnado a medida que la silueta del avión se desvanece y por fin se borra. La luz se detiene en un extremo, a la derecha, y permanece allí un tiempo, una gruesa gota de fuego. Luego la luz se embala con un rumor sordo que crece desde las sombras y en mitad de la pista la silueta del avión se recorta por un instante a algunos metros de altura.

El ruido se dilata como una mancha y abarca toda la noche y rodando y golpeando se prolonga en una oscura vibración.

El aeropuerto ha quedado en silencio. Parece algo defini¬tivo. Las cosas están ahí mudas y fijas bajo esa luz amarilla que marca sus bordes con precisión.

Se escucha una voz. El sonido rebota en las paredes del hall y se sofoca detrás de una puerta.

Afuera se apagan algunas luces. Detrás de los vidrios y a lo largo de las puertas se extiende una franja de sombra.

La maceta es un hueco de cenizas.

Recién al rato se advierte un punto negro que se agita y revuelve en el fondo.

El puntito negro salta en la oscuridad. Salta en la oscuri¬dad. Salta en la oscuridad.  

FIN.

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Haroldo Conti nació en Chacabuco, Provincia de Buenos Aires el 25 de mayo de 1925. Fue maestro rural, actor, director teatral aficionado, seminarista, empresario de transportes, piloto civil, profesor de filosofía. Estuvo tambien vinculado a la actividad cinematográfica como guionista, y en calidad de tal trabajó en La muerte de Sebastián Arache, un film de Nicolas Sarquis.

Su novela Alrededor de la jaula recibió en 1966 el premio del concurso hispanoamericano convocado por la Universidad de Veracruz, y fue más tarde llevada al cine por Sergio Renán con el nombre de Crecer de golpe . Recibió también el Premio de la Casa de las Américas por Mascaró, el cazador americano , el premio de la revista Life , Fabril Editora y el municipal de la Ciudad de Buenos Aires.

Su obra narrativa, nutrida en sus tan disímiles experiencias, posee una rara densidad descriptiva que por momentos se torna casi lírica, y un manejo poco usual del mundo de los afectos simples, que elude todo sentimentalismo fácil.

Fue secuestrado en 1976 por la dictadura militar y hasta el día de hoy permanece en la lista de desaparecidos.    



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