lunes, 21 de julio de 2014

DÍAS DE RADIO - La Teoría Radiofónica de Bertolt Brecht







EL SILENCIO NO EXISTE: 
PENSAMIENTO Y EXPRESIÓN CIENTÍFICA




Bertolt Brecht (1898-1956), poeta y dramaturgo alemán escribió en 1932 “Teoría de la radio”, algunos de cuyos párrafos se citan habitualmente para referirse a las posibilidades de transformar la radio en un verdadero medio de comunicación: “Una propuesta para cambiar el funcionamiento de la radio: hay que transformar la radio, convertirla de aparato de distribución en aparato de comunicación.”

La cuestión de cómo se puede utilizar el arte para la radio y la cuestión de cómo se puede utilizar la radio para el arte – dos cuestiones muy distintas – tienen que subordinarse siempre a la cuestión, de hecho mucho más importante, de cómo se pueden utilizar el arte y la radio en general. 
Esta cuestión se contestará, si tenemos razón o nos la dan, de la siguiente manera: arte y radio tienen que ponerse a la disposición de fines pedagógicos. La posibilidad de llevar a cabo una de estas formas pedagógicas directas de utilización del arte no parece hoy indicada, porque el Estado no tiene ningún interés en educar a su juventud para el colectivismo. El arte debe empezar allí donde hay imperfección.  

La radio, como cualquier medio de comunicación masiva surgido en el siglo XX, tiene características definidas, mecanismos de funcionamiento precisos, pero sobre todo se inserta en las relaciones sociales que establecen los seres humanos al interior de determinados ámbitos de la vida pública y privada. Todo esto constituye los elementos de una teoría de la radio que sobre todo prevé y contempla los efectos del uso de este medio en la sociedad.

Si partimos de la premisa de que si se administra, si se eligen los contenidos y los momentos de transmisión por parte del organismo estatal de una nación, se puede deducir que lo hace para servir a sus objetivos particulares, no necesariamente al bien de la nación sino para ayudar a la legitimación del gobierno y sus mecanismos y decisiones. Es por eso que se genera tanta controversia al respecto, ya que la población en general no está siempre en acuerdo con esta manera de utilizar los medios de comunicación masiva, sin embargo en el caso específico de la radio el fenómeno es más claro debido a su amplia difusión como medio de transmisión de información.

Justamente es este desfase entre los intereses de la clase gobernante y el resto de la población lo que ha generado una amplia reflexión sobre la radio en sí misma; Brecht ha sido, si bien es cierto no el único, si el más influyente en lo que respecta a la crítica del origen de la radio y sus funciones, pero además avanzó proponiendo una nueva metodología radial que luego veremos, pasadas varias décadas y en otras latitudes, ponerse en práctica en regiones como América Latina.

Su compromiso ideológico, argumentado en las ideas de cambio social, le llevaron a promover acciones de comunicación, empleando para ello medios masivos como la radio o el cine, tendentes a concienciar a las masas, al tiempo que liberar el pensamiento y la creación de los medios de producción. En 1932, desarrolló un proyecto cinematográfico destinado a difundir las ideas del socialismo ¿A quién le pertenece el mundo? (Kuhle Wampe oder Wem gehört die Welt?), que fue prohibido un año después por el régimen nazi y provocó su salida de Alemania. Subyace en Brecht una idea común al conjunto de las expresiones artísticas, y es su capacidad de transformación, su vertiente propagandística de las ideas de cambio; planteamientos en los que coincide con Benjamin, con quien trabajó en los proyectos de cine y radio.
 
Su teoría emancipatoria asignaba a la radio un carácter revolucionario, ya que proponía transformar su naturaleza burguesa, de mero 'aparato de distribución', en un 'aparato de comunicación', donde la interacción fuese una expresión dialéctica y didáctica destinada al progreso social. La audiencia pasiva se convertiría en una instancia activa, crítica, constructiva de las clases populares. Una utopía, en palabras del propio Brecht, ya que la estructura capitalista no podía reproducir otro modelo de radio, por cuanto agudizaría las contradicciones del sistema. La radio, según su planteamiento, debería habilitar la comunicación bidireccional, por lo que, además de transmitir, debería recibir, hacer, en definitiva, más democrática. "La radio tiene una dirección, cuando puede tener dos", escribió. Por ello, era posible no sólo emitir, sino recibir, "no sólo hacer escuchar, sino hacer hablar; no aislar, sino comunicar". Una visión que Enzensberger recupera décadas más tarde al reiterar las posibilidades comunicativas del medio radio. El desarrollo de la red y de los medios interactivos ha supuesto una recuperación, por parte de algunos autores, de los planteamientos democratizadores de los medios subyacentes en los trazados teóricos de Brecht. 

Subyace en Brecht una idea común al conjunto de las expresiones artísticas, y es su capacidad de transformación, su vertiente propagandística de las ideas de cambio. Planteamientos en los que coincide con Benjamin, con quien trabajó en los proyectos de cine y radio. Aquí surge la primera necesidad para lograr una transformación en el uso de la radio: que la sociedad se organice y tome el control de los medios de comunicación, supere la banalidad cotidiana de su uso y sus contenidos de tal forma que posteriormente pueda plantear alternativas en función de sus necesidades reales, no las creadas.

Para Brecht es claro que la posibilidad de cambio se encuentra en la transmisión de la vida pública a través de la voz de los sujetos sociales de esta vida (su consejo a los directores de radio es claro: “Opino, pues, que ustedes deberían acercarse más a los acontecimientos reales con los aparatos y no limitarse solamente a la reproducción o la información”) y no la imagen irreal de lo que la clase reinante (en sus múltiples facetas) considera es la vida real y que sobre todo considera útil para legitimar sus acciones. Ahora bien, si esto se traslada a los hechos que se han dado desde estas reflexiones hasta nuestros días, podremos ver que existe aún una constante lucha por apropiarse de los medios de comunicación y transformarlos, lucha que muchas veces se ha dado paralelamente a luchas político-militares y que al final ha tenido variados resultados. En este punto es posible haber identificado las críticas fundamentales a la radio, o a los medios de comunicación masiva en general, algunos de sus usos, para lo cual no creo necesario dar más detalles pues la sociedad actual está retacada de contenidos irreales e intrascendentes. 

El desarrollo de la radio y la inclusión de las narraciones dramáticas en las programaciones radiofónicas interesó a Brecht, que dedicó varias reflexiones al medio -se llega a hablar de una teoría radiofónica de Brecht-. En 1927, propone el desarrollo de la radionovela. En 1930, la utilización ideológica del medio, a disposición de “proyectos dialécticos” y con alcances didácticos. En 1932, teoriza acerca de las potencialidades de la radio y de la posibilidad de convertirla en un verdadero medio de comunicación:
 

"Nuestro orden social, que es anárquico – si uno puede imaginarse su anarquía de órdenes, esto es, una confusión mecánica y sin relación mutua de complejos en sí ampliamente ordenados de la vida pública ., nuestro orden social anárquico en este sentido,hace posible que se hagan y se desarrollen inventos que han de conquistar primero su mercado, demostrar su razón de ser, en una palabra, inventos que no se hacen por encargo.
Así pudo la técnica estar preparada para recibirla. No era el público quien había esperado la radio, sino la radio que esperaba al público; y para caracterizar con más exactitud aún la situación de la radiodifusión, digamos que no era la materia prima la que, en virtud de una necesidad pública, esperaba métodos de fabricación, sino que son los métodos de fabricación los que andan buscando angustiosos una materia prima. De repente se tuvo la posibilidad de decirlo todo a todos, pero, bien mirado, no se tenía nada que decir. Y ¿quiénes eran todos? Al principio se las arreglaban sin pensar en ello. Miraban a su alrededor buscando dónde se dijera algo a alguien, e intentaban colarse dentro con la simple competencia, y decir cualquier cosa a cualquiera. Esto fue la radiodifusión en su primera fase en calidad de sustituto. Sustituto del teatro, de la ópera, del concierto, de las conferencias, del café concierto, de la prensa local, etc.

Desde un principio la radiodifusión ha imitado casi todas las instituciones existentes que tienen algo que ver con la difusión de la palabra o del canto: en la Torre de Babel surgió una confusión y una yuxtaposición que no podía pasar por alto. En este bazar acústico se podía aprender a criar gallinas en inglés a los acordes del Coro de Peregrinos, y la lección era tan barata como el agua corriente. Fue la juventud dorada de nuestro paciente. Ignoro si esta época se ha acabado, pero, de ser así, este joven, que para venir al mundo no necesitó presentar ningún certificado de aptitud, tendrá a la postre que buscar como mínimo una meta de su vida. También el hombre, al llegar a la edad madura, cuando ha perdido ya su inocencia, se pregunta para qué está en realidad en el mundo.

Ahora bien, por lo que respecta a esta meta de la vida de la radiodifusión, en mi opinión no puede consistir en simplemente amenizar la vida pública. No solamente ha demostrado poca aptitud para ello, también nuestra vida pública muestra desgraciadamente poca aptitud a ser amenizada. Yo no estoy en contra de que se instalen receptores en las estufas públicas de los sin trabajo y en las prisiones (evidentemente uno se explica que de esta manera se puede alargar la vida de estas instituciones de forma barata), pero la misión principal de la radio no puede ser la de montar receptores hasta bajo los puentes, por más que represente un gesto noble proveer de lo mínimo – a saber, de una audición de los “Maestros Cantores” – a aquellos que deseen pasar ahí sus noches. Hace falta tacto. A mi modo de ver, tampoco basta la radiodifusión como método para volver a hacer íntimo el hogar y posible la vida de familia, por lo que sigue siendo discutible si lo que la radio no puede conseguir es de todos modos deseable. Pero prescindiendo de su función dudosa (quien mucho promete, no dará nada a nadie), la radio tiene una cara donde debería tener dos. Es un simple aparato distribuidor, simplemente reparte.

Y para ser ahora positivos, es decir, para descubrir lo positivo de la radiodifusión, una propuesta para cambiar el funcionamiento de la radio: hay que transformar la radio, convertirla de aparato de distribución en aparato de comunicación. La radio sería el más fabuloso aparato de comunicación imaginable de la vida pública, un sistema de canalización fantástico, es decir, lo sería si supiera no solamente transmitir, sino también recibir, por tanto, no solamente oír al radioescucha, sino también hacerle hablar, y no aislarle, sino ponerse en comunicación con él. La radiodifusión debería en consecuencia apartarse de quienes la abastecen y constituir a los oyentes en abastecedores. Por ende, todos los esfuerzos de la radiodifusión en conferir realmente a los asuntos públicos el carácter de cosa pública, son absolutamente positivos. Nuestro gobierno tiene necesidad de la actividad radiofónica al igual que nuestra administración de justicia. Cuando gobierno o justicia se oponen a esta actividad radiofónica, es que tienen miedo y no pertenecen sino a tiempos anteriores a la invención de la radio, aunque no anteriores a la invención de la pólvora. Desconozco tanto como ustedes las obligaciones, pongamos por caso, del Canciller, es cosa de la radio explicármelas. Pero forma parte de estas obligaciones de la autoridad suprema informar regularmente mediante la radio a la nación de su actividad y de la legitimidad de su actuación. La tarea de la radiodifusión, como todo, no se agota con transmitir estas informaciones. Además de esto, tiene que organizar la manera de pedir informaciones, es decir, convertir los informes de los gobernantes en respuestas a las preguntas de los gobernados. La radiodifusión tiene que hacer posible el intercambio. Sólo ella puede organizar en grande las charlas entre los ramos del comercio y los consumidores sobre la normalización de los artículos de consumo, los debates sobre subidas del precio del pan, las disputas de las comunas. Si consideraran esto utópico, les ruego reflexionen sobre el por qué es utópico.

Pero, sea lo que fuere lo que la radio trate de hacer, su empeño deberá consistir en hacer frente a aquella inconsecuencia en la que incurren tan ridículamente casi todas nuestras instituciones públicas.

Tenemos una literatura intrascendente, que no solamente se preocupa de no tener trascendencia, sino que no repara esfuerzo alguno para neutralizar a sus lectores, representando todas las cosas y situaciones sin ninguna transcendencia. Tenemos centros culturales intrascendentes, que se esfuerzan angustiosamente por impartir una formación que carece de consecuencias y que es la consecuencia de nada. Todas nuestras instituciones ideológicas ven su misión principal en mantener intrascendente el papel de las ideologías, de acuerdo, con un concepto de cultura según el cual la configuración de la cultura ya está terminada y la cultura no tiene necesidad de ningún esfuerzo creador continuado. No pertenece aquí analizar en interés de quién repercuten estas instituciones intrascendentes, pero cuando se halla una invención técnica de una utilidad tan natural para distintas funciones sociales con un esfuerzo tan angustioso por quedarse intranscendentemente en pasatiempos cuanto más inofensivos mejor, entonces surge incontenible la pregunta de si no existe ninguna posibilidad de evitar el poder de la desconexión mediante la organización de los desconectados. Cualquier ofensiva en esta línea, por pequeña que fuera, habría de tener inmediatamente un resultado natural, que sobrepasaría en mucho al resultado de todos los programas de carácter culinario. Cualquier campaña con un programa claro, por tanto, cualquier campaña encajada realmente en la realidad, que tenga por meta modificar la realidad, aun cuando sea en asuntos de la más modesta importancia, como por ejemplo, la adjudicación de obras públicas, aseguraría a la radiodifusión una eficacia muy distinta, incomparablemente más profunda, y le conferiría una importancia social muy distinta de la de su actual postura puramente decorativa. Por lo que se refiere a la técnica a desarrollar en todas estas tentativas, se orienta de acuerdo con su misión principal, a saber: el público no sólo tiene que ser instruido, sino que también tiene que instruir.

Misión formal de la radiodifusión es dar a estas tentativas instructivas un carácter interesante, es decir, hacer interesantes los intereses. Puede incluso dar una forma artística a una parte, especialmente la destinada a la juventud. Apoyarían este anhelo de la radio de dar forma artística a lo instructivo aspiraciones del arte moderno que quieren dar al arte un carácter didáctico.

Como ejemplo de estos posibles ejercicios, que utilizan la radio como aparato de comunicación, he comentado ya “Vuelo transoceánico” de la semana musical de Baden- Baden de 1929. Es un ejemplo de cómo utilizar de forma nueva estos aparatos de ustedes. 


Otro ejemplo sería la “Lección de buena inteligencia de Baden”. Aquí la parte pedagógica que asume el “oyente” es la de la tripulación del avión y el de la multitud. Comunica con la parte del coro calificado que corre a cargo de la radio, con la del payaso, con la del locutor. Me limito ...[ahora] a discutir ... [el] principio, porque la confusión en lo estético no es la causa de la enorme confusión sobre la función por principio de la radio, sino su simple consecuencia. El error – un error muy útil para algunos – que existe sobre la función propiamente dicha de la radio no se zanjará actuando con sentido estético. Podría decirles que quizá la aplicación de los conocimientos teóricos de la dramática moderna, o sea, de la dramática épica, en el campo de la radiodifusión, podría hacer madurar frutos extraordinariamente fecundos.
 

Nada menos adecuado que la vieja ópera, que persigue la creación de estados de embriaguez, pues encuentra al hombre aislado junto al receptor y, de todos los excesos alcohólicos, ninguno es tan peligroso como el copeo silencioso. También el viejo drama de la dramaturgia shakesperiana es casi inservible para la radiodifusión, pues junto al receptor el individuo solo y aislado, en vez de una multitud en contacto, es obligado a invertir sentimientos, simpatías y esperanzas en intrigas cuyo único objetivo es dar al individuo dramático la oportunidad de expresarse.

El drama épico, con su carácter numérico, su alejamiento de los elementos, esto es, la separación entre imagen y palabra y entre las palabras y la música, pero sobre todo su actitud didáctica, tendría para la radio una infinidad de sugerencias prácticas. Pero su aplicación puramente estética no conduciría más que a una nueva moda, y ¡ya estamos hartos de viejas modas! Si el teatro se dedicara al drama épico, a la representación pedagógico-documental, la radio podría entonces llevar a cabo una forma enteramente nueva de propaganda en pro del teatro, a saber, la información real, una información indispensable. Este tipo de comentario, estrictamente vinculado al teatro, complemento perfectamente válido, congénere del drama mismo, podría desarrollar formas completamente nuevas, etc. También sería posible organizar una colaboración directa entre organismos teatrales y radiofónicos. La radio podría transmitir los coros al teatro, de la misma manera como podría dar a conocer públicamente las decisiones y producciones del público, resultado de actos colectivos tipo meetings con piezas instructivas, etc.

No pondría en práctica este etcétera, si no pasara a propósito a tratar de las posibilidades de separar ópera del drama y ambos del guión radiofónico o de resolver cuestiones estéticas del mismo tenor, aunque ya sé que es esto lo que ustedes tal vez esperan de mí, puesto que se proponen vender arte mediante su aparato. Pero, para estar en venta, el arte tiene que ser hoy comprable. Y yo preferiría no venderles nada a ustedes, sino tan sólo hacerles la propuesta de hacer en principio de la radiodifusión un aparato de comunicación de la vida pública. Es una innovación, una sugerencia que parece utópica y que yo mismo califico de utópica al decir: la radio podría o el teatro podría; sé que las grandes instituciones no pueden todo lo que podrían, tampoco todo lo que quieren. Quieren que nosotros las proveamos, las renovemos, las mantengamos en vida con innovaciones.

Pero no es en absoluto misión nuestra renovar las instituciones ideológicas, sobre la base del orden social establecido, mediante innovaciones, sino que con nuestras innovaciones tenemos que impulsarlas a su misión básica. Por tanto, ¡en pro de las innovaciones, en contra de la renovación! Mediante sugerencias continuas, incesantes, para la mejor utilización de los aparatos en interés de la comunidad, tenemos que estremecer la base social de estos aparatos, discutir su empleo en interés de los menos.

Impracticables en este orden social, practicables en otro, las sugerencias, que a pesar de todo sólo representan una consecuencia natural del desarrollo técnico, sirven a la propagación y formación de este otro orden".


(Bertolt Bretch,1932  -
LA RADIODIFUSIÓN COMO MEDIO DE COMUNICACIÓN)


Estrechamente vinculada a su teoría sobre el teatro didáctico, esta nueva teoría por así llamarla significó un intento de Brecht de utilizar las posibilidades de la radio para la crítica social. Brecht proponía transformar la radio de “aparato de distribución” en “aparato de comunicación”, o sea, intentaba abusar de un medio burgués para entregar un mensaje más digno y de igualdad.  Según Brecht la radio debía transformar. La creciente concentración de recursos mecánicos, así como la creciente especialización en la formación profesional - procesos que han de acelerarse - exigen una especie de rebelión del oyente, es decir, que éste se reactive y reponga como productor. Con todo, Brecht era consciente del carácter utópico de su propuesta de convertir la radio en un “aparato de comunicación:

 “Es una innovación, una propuesta que puede parecer utópica y a la que yo mismo llamo utópica cuando digo la radio podría, o el teatro podría. Sé que las grandes instituciones no pueden hacer todo lo que podrían, ni tampoco todo lo que quieren. Quieren que les suministremos material, que las renovemos, que puedan sobrevivir a base de innovaciones. Pero de ningún modo ha de ser nuestra tarea el renovar las instituciones ideológicas sobre la base del orden social presente; al contrario, debemos conseguir, con nuestras innovaciones, que abandonen esa base. O sea, por la innovación y contra las renovaciones, debemos sacudir la base social de estos aparatos mediante incesantes propuestas para su mejor utilización, en beneficio del público en general. Debemos cuestionar que sean utilizados en beneficio de unos pocos. Aunque nuestras propuestas sean imposibles de llevar a cabo en el presente orden social, serán factibles en otro, y, sin ser más que la consecuencia natural del desarrollo técnico, sirven para propagar y conformar este nuevo orden”.
  

Fuente:

Más allá de sus obras literarias, ampliamente editadas en lengua española, las aportaciones sobre la radio aparece recogida en "Brecht, Bertolt, El compromiso en literatura y arte" -Península, Barcelona, 1973-; también, en "Teoría de la radio (1927-1932)", de Bassets, Lluís (ed.), "De las ondas rojas a las radios libres". "Textos para la historia de la radio", Gustavo Gili, Barcelona, 1981.
 

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