viernes, 4 de julio de 2014

FRAGMENTOS - José Ingenieros y el "contrabando de ideas" en vísperas de la Revolución de Mayo‏ ("La evolución de las ideas argentinas: Libro I, La Revolución", Talleres Gráficos Argentinos, Buenos Aires, 1918)








Fuente: José Ingenieros, La evolución de las ideas argentinas, Libro I, La Revolución, Talleres Gráficos Argentinos, Buenos Aires, 1918, págs. 136-142.



Desde esa época 1 (finales del siglo XVIII) no hubo paz entre lo viejo y lo nuevo, entre lo colonial que agonizaba y lo argentino que nacía. La administración fue de mal en peor; los monopolistas gruñían porque la ubre se les secaba entre las manos y no sabían ya cómo ordeñarla. Los virreyes fueron perdiendo su autoridad moral, día a día, hasta las invasiones inglesas. “Y todo ello se manifestaba por síntomas harto visibles en todas las ramas de la administración. A los primeros virreyes, que se llamaron Ceballos y Vértiz, sucedían nulidades palaciegas como Melo, caballerizo de la reina, o Sobremonte, vejete de comedia encumbrado por una doble casualidad. Reemplazaba al ilustrado y digno obispo Azamor, un Lue retrógrado y pendenciero. Los jefes valientes que tomaron la Colonia eran sustituidos por criaturas de Godoy, incapaces hasta de una capitulación honrosa ante el enemigo. De arriba abajo toda la armazón política se caía a pedazos, roída por la incuria y el pecado”. Y mientras el impróvido gobierno peninsular nada atinaba que amenguase el descrédito de sus mandarinazgos, nuevas ideas agitaban a los jóvenes de más estudio: el liberalismo ensanchaba su cauce por el derrubio progresivo del régimen colonial. 

Contrabando de ideas

 
Por reales órdenes dictadas a fines del siglo XVIII, habíase restablecido el tráfico de negros en Buenos Aires, concediéndose, a los buques extranjeros que lo practicaban, la franquicia de cargar al regreso frutos del país 2. Esta circunstancia aumentó singularmente las facilidades de intercambio con gentes europeas, entrando y saliendo por el Río de la Plata muchas más cosas y personas de las que se suponía y aconsejaba la prudencia. Fue entonces el resentimiento administrativo de la facción monopolista, ya que todo el comercio pudo perfeccionar su vieja maña del contrabando que tanto alteraba a las autoridades de Lima contra los mercaderes de Buenos Aires 3. No había error en afirmar que este puerto, en vísperas de la independencia, era una colonia de contrabandistas; de la meteduría lucraban desde los virreyes hasta los esclavos, y todos con perjuicio del erario. Había dejado de ser un delito lo que era un modo de vivir general: España no comprendió que la libertad de comercio (la verdadera, no la restringida que estableció Ceballos) hubiera sido la simple sanción legal de una situación de hecho.
Otras aduanas –las espirituales- tenía en América el gobierno español; y contra ellas se organizó otro contrabando, no menos sistemático. Las rigurosas restricciones a la introducción de libros prohibidos eran violadas; la herejía se filtraba por los innumerables resquicios del desvencijado armazón colonial. Notorio y grande sería el abuso, pues en agosto de 1785 fue necesario dictar una Real Orden “mandando recoger y quemar ciertos libros que circulaban en exceso: el Belisario de Marmontel, las obras de Montesquieu, Luiguet, Raynal, Maquiavelo, M. Legros y la Enciclopedia, que están prohibidos por el santo oficio de la inquisición y por el estado; que se tomen todas las medidas para impedir la introducción en el reino de semejantes libros y todos los demás que están prohibidos, y que con la prudencia y discreción conveniente se corrija a quien esté sindicado del uso de dichos libros”. Se obedeció totalmente, y sólo en mínima parte se cumplió, como de costumbre. 


Los libros prohibidos por la Inquisición no eran perseguidos en Buenos Aires; la Enciclopedia pasó, como todo, de contrabando. En los mismos fardos que contrabandeaban mercaderías, comenzó el contrabando de las ideas que luego darían en tierra con el espíritu hispano-colonial; mientras los profesores de Monserrat y de San Carlos dictaban disparates en latín, los alumnos leían libros franceses que evidenciaban el candoroso atraso de sus maestros. Buenos Aires era la puerta por donde la herejía entraba a minar las bases del absolutismo político y del dogmatismo religioso 4


Desde fines del virreinato de Vértiz había arreciado ese contrabando de libros prohibidos; era de buen tono mencionar y haber leído algún fruto vedado. Junto a las bibliotecas considerables de Maciel, Azamor y Rospigliosi, contábanse varias colecciones particulares, pequeñas en número, pero peligrosas por su calidad, disimulada bajo los falsos rótulos de la literatura consentida por las autoridades. 


Ya hemos visto cómo un hermano del futuro virrey Liniers circulaba, en 1790, papeles de la Revolución Francesa, que de alguna manera le llegaban; en otras ciudades el exceso fue más culpable, hasta imprimirse en Bogotá (1794) una edición clandestina de la “Declaración de los Derechos del Hombre”, traducida por el patriota Antonio Nariño. 


Esta irrupción de ideas europeas en el ambiente americano fue creciendo sin reservas; los doctores criollos mostrábanse en todas partes favorables a las peligrosas novedades que con ahínco denunciaban los últimos virreyes. En los propios documentos oficiales aparece la semilla subversiva, dado que plumas americanas llegaban a colaborar en el complicado papelismo español. La memoria elevada por el virrey Avilés, sobre las colonias orientales del río Paraguay o de la Plata, (1801) fue redactada por el peruano Miguel Lastrarria, estudiante de ciencias naturales y exactas en la Universidad de Santiago de Chile y catedrático de filosofía moderna y tecnología dogmática en su real Convictorio. Su enseñanza no debió ser muy ortodoxa, por cuanto los delegados de la Inquisición en Chile clausuraron su curso; “fue separado de su puesto y tuvo que defenderse de las inculpaciones que se hicieran por aquel tribunal al carácter de su enseñanza”. Secretario del marqués de Avilés, en Chile, vino con él a Buenos Aires, como asesor. Su obra deja entrever alguna comprensión de los problemas coloniales, que advirtió su prologuista Del Valle Iberlucea: “Puede señalarse de paso la influencia que tuvieron, según denotan estos términos, sobre la mente del secretario de Avilés, las ideas del siglo XVIII, de Rousseau y del “Contrato social”, la revolución de 1789 y la “Declaración de los derechos del hombres y del ciudadano”, de la cual parecieran haber sido tomadas” 5


El Colegio, el Consulado, el teatro, las escuelas técnicas, los grandes cafés, y otros sitios de contacto público entre la población nativa, contribuyeron de manera esencialísima a desenvolver en Buenos Aires esa comunidad de sentimientos y de ideas que es condición primera de toda solidaridad social; con verdad ha podido afirmarse que, antes de las invasiones inglesas, los “criollos” o “hijos del país” tenían ya un espíritu de nacionalidad que los distanciaba de los “peninsulares” o “sarracenos”. Esos no eran los únicos factores que contribuían a la formación del nuevo espíritu argentino, antitético del colonial. Algunos clérigos nativos, por las lecturas que hacían fuera de los colegios y por el contacto íntimo con los jóvenes de su edad, en la familia y en la ciudad pequeña, eran volterianos y críticos, “ante cuya ilustración y desenvolvimiento intelectual hacían bien triste figura, por cierto, los obispos y familiares que nos venían de España, como Malvar, Lue, Videla, Orellana, y de ahí una especie de destitución, real aunque no declarada, que el clero patrio había hecho del clero peninsular la influencia popular”. 


“Los conventos mismos de frailes estaban influidos y gobernados por los criollos, que eran los más desparpajados y los más sabidos a todas las luces; y como todos ellos pertenecían a las familias decentes, y de larga tradición interna, mantenían un roce continuo con la comunidad nacional; y resultaba un espíritu homogéneo de patriotismo y de interés apasionado por la tierra común, completamente ajeno a todo espíritu de partido o de jerarquía clerical”.


Los intereses económicos coincidían, en suma, con una profunda transmutación de ideales políticos y filosóficos; y en cuanto España representaba la opresión autoritaria y el dogmatismo teológico, la emancipación debería concebirse como democracia y como liberalismo, en todos los sentidos. 


La revolución argentina –y, en general, la americana, pues “expulsados los jesuitas y relajadas las órdenes monásticas, el cetro literario pasó a manos de clérigos nacidos en América… que fueron el centro de las nuevas tendencias, escogiendo como medio adecuado el cultivo de las letras profanas” 7- tuvo el concurso de los nativos que en busca de una carrera liberal habían entrado al sacerdocio y se veían defraudados en su adelanto profesional por la situación de privilegio en que se hallaban los altos dignatarios, peninsulares todos. “Si la parte más numerosa y humilde del clero americano no fue hostil a la revolución, no puede decirse lo mismo del clero superior, de los obispos y arzobispos, entre los cuales no hubo uno solo, desde el Istmo hasta el Cabo, que no permaneciera leal a Fernando VII y a la bandera de la monarquía… Todos conocemos el rasgo de audacia que salvó a nuestra revolución en territorio cordobés”: la cabeza de la reacción española fue el obispo Orellana  y a punto se estuvo de suprimir esa cabeza.


8.
Inglaterra había mandado a Buenos Aires, desde 1795, un agente secreto, real o supuesto fraile dominico, que estuvo algunos años alujado en el convento con propósitos confesados de espionaje; en un panfleto que dio a luz en Londres a su regreso, en 1805, dice “que notó en la juventud mucha exaltación y odio contra la dominación española, no garantiéndoles la vida a los partidarios del rey y prometiendo colgar al último de ellos con las tripas del último fraile, como era la frase aceptada del republicanismo francés” 9


Conocida es la indiferencia con que los criollos oyeron a los ingleses hablar de la libertad de cultos, cuando las invasiones inglesas. En el Río de la Plata nunca creyó el pueblo que los “herejes” o “luteranos” tenían cuernos, cola o pie de cabra, como se creía en otras colonias españolas; pero a nadie le interesaba el problema que los ingleses juzgaban importante, pues aquí no había otra religión que la católica, aunque eran muchos y muy ricos los judíos portugueses que disimulaban sus creencias. Además, contra el partido conservador español, que era el mismo caballista y jesuítico que había conspirado contra Bucarelli, Vértiz y Maciel, estaba casi todo el clero criollo, y esto mismo obligaba a los liberales más ardientes a guardar ciertas formas. En la hora inicial de la Revolución, no se sintió la necesidad de ostentar las conclusiones antirreligiosas del enciclopedismo, ya fuera por estar hondamente arraigada la educación colonial, ya por no herir las creencias de las masas, naturalmente supersticiosas. Belgrano consagró su espada a una virgen; Moreno, al editar el Contrato Social, suprimió un capítulo imprudente.


Así agonizaba, en vísperas de las invasiones inglesas ese régimen colonial, cuya estructura, psicología y significación en ese momento histórico son ya conocidos
10.


Referencias:

1 Se refiere al momento en que comenzaron a circular libros relativos a la revolución francesa y papeles de propaganda revolucionaria.

2 Ver en Comercio de Indias, consultado, comercio de negros y extranjeros, Introducción de Diego Luis Molinari, IV, págs. XLIV y siguientes. (Documentos para la Historia Argentina, vol. VII, Facultad de Filosofía y Letras)

3 Ver, por ejemplo, la Consulta y Representación del Tribunal del Consultado, de Lima (1744), en que se hace la historia del contrabando por Buenos Aires. (Documentos para la historia argentina, V. 311 y siguientes – Publicados por la Facultad de Filosofía y Letras)

4 “Buenos Aires, sin universidad hasta después de la Revolución, sin un colegio hasta poco antes, librados sus habitantes al comercio, debía ser tenido en menos, y mirado como poca cosa en la jerarquía colonial, según la opinión de aquellos tiempos, porque era de reciente data que empezaba a hacerse notable esta ciudad en América, por cierto desembarazo y como degeneración de las ideas coloniales a causa de sus tratos con extranjeros, atraídos a la colonia por el comercio de contrabando; y entre el contrabando, deslizándose las nuevas ideas propaladas en el siglo XVIII. No obstante los cordones sanitarios establecidos para que no penetrasen por esta finestra falsa los libros puestos al índice, porque desmoralizaban al pueblo, encontrose en Mendoza la obra ilustrada de Robertson, que tan mal trataba a los reyes y frailes españoles, traducida al castellano, hecho ignorado por la Aduana. Examinado el caso se encontró que los curas en toda la extensión de la América eran los ocultadores del contrabando inglés, por el permiso que conservan aún de introducir ornamentos y vasos sagrados sin pagar derechos, y por tanto sin abrirse sus cajones sino en la sacristía; y como los curas tenían sotacuras, y sobrinos, el “Enemigo Malo” hallaba un virgíneo para introducir las obras de Voltaire, Rousseau y hasta la Enciclopedia, de que estaba plagada toda la América y hemos encontrado ejemplares desde la infancia”. – D. F. Sarmiento, Conflicto y armonías de las razas en América, I, 187.

5 E. del Valle Iberlucea, prólogo al Vol. III de los Documentos para la historia argentina, editados por la Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires.

6 V. F. López, Historia Argentina, I, 588.

7 V. G. Quesada, La vida intelectual en la América española, en Rev de la Universidad, vol. XI, pág. 466.

8 J. M. Gutiérrez, Revolución en el Río de la Plata, Vol. XI, pág. 405. – Ver Becerra, Vida de Don Francisco de Miranda, Vol., II, pág. 222.

9 D. F. Sarmiento, Conflicto y armonía de las razas en América, Vol. I, pág. 258.

10 Ver Francisco Saguí, Los últimos cuatro años de la dominación española; J. A. García, La ciudad Indiana; V. F. López, Historia Argentina, Vol. I; Mitre, Historia de Belgrano, caps. I y II; Groussac, Liniers, cap. II; Levene, Escritos citados, etc.; y muy especialmente, los Documentos publicados por la Facultad de Filosofía y Letras.
  

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(*) El 31 de octubre de 1925 moría en Buenos Aires José Ingenieros. Médico, periodista y político, Ingenieros fundó en 1894 el Centro Socialista Universitario, que un año más tarde, junto con el Centro Socialista Obrero, constituiría el Partido Socialista Obrero Argentino, cuyo presidente sería Juan B. Justo. José Ingenieros se desempeñará como secretario. Sus ideas tendrán una gran influencia en los estudiantes que protagonizaron la Reforma Universitaria de 1918.

Transcribimos a continuación fragmentos de uno de sus libros más emblemáticos, La evolución de las ideas argentinas, donde Ingenieros reflexiona sobre la irrupción de ideas europeas en el ambiente americano a través de la introducción de libros prohibidos como la Enciclopedia, los escritos de Montesqueiu, de Rousseau, e incluso una edición clandestina de la Declaración de los Derechos del Hombre traducida al español. Estas novedades comenzaron a vencer el cerco ideológico que intentaba establecer el gobierno español y pronto Buenos Aires se convertiría en “la puerta por donde la herejía entraba a minar las bases del absolutismo político y del dogmatismo religioso”. Así, “antes de las invasiones inglesas, los ‘criollos’ tenían ya un espíritu de nacionalidad que los distanciaba de los ‘peninsulares’”.




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