miércoles, 20 de agosto de 2014

EPISTOLAR - CARTA DE H.G. WELLS A JAMES JOYCE (Londres, 23 de noviembre de 1928)







“Mi querido Joyce:

Te he estado estudiando mucho, y pensando en ti. El resultado es que no creo que pueda hacer nada respecto a la promoción de tu obra. Tengo un enorme respeto por tu genio desde tus primeras obras, y ahora siento una gran simpatía por ti, pero tú y yo seguimos caminos muy diferentes. Tu formación ha sido católica, irlandesa, subversiva; la mía, la poca que tuve, fue científica, constructiva y supongo que inglesa. Mi mente se enmarca en un mundo donde un proceso grande de unificación y concentración es posible (un incremento del poder y del alcance gracias a la economía y a la concentración de esfuerzo), un progreso no inevitable, pero interesante y posible. Ese juego me atrajo y me tiene sujeto. Para él necesito un lenguaje, una expresión, lo más sencilla y clara posible. Tú comenzaste siendo católico, es decir, que empezaste con un sistema de valores en claro contraste con la realidad. Tu existencia mental está obsesionada con un sistema monstruoso de contradicciones. Puede que creas en la castidad, la pureza y el Dios personal, y por eso siempre estás soltando gritos de coño, mierda e infierno. Como no creo en estas cosas más que como valores muy personales, mi mente nunca se ha escandalizado por la existencia de váteres y vendas menstruales, e infortunios inmerecidos. Y mientras que a ti te criaron con la ilusión de la represión política, a mí me criaron con la ilusión de la responsabilidad política. Esto puede parecer una cosa genial ante la que rebelarte y con la que cortar. Para mí no lo es, en absoluto.

Ahora, en cuanto a este experimento literario tuyo. Es algo digno de consideración, porque tú eres un hombre muy digno de consideración y tienes en tu composición abarrotada un genio grandioso para la expresión, un genio libre de restricciones. Pero no creo que nos lleve a ninguna parte. Le has dado la espalda al hombre común, a sus necesidades básicas y a su limitado tiempo e inteligencia, y lo has hecho todo más complicado. ¿Cuál es el resultado? Grandes acertijos. Tus últimas dos obras han sido mucho más divertidas y emocionantes de escribir que jamás lo serán de leer. Tómame a mí como lector común. ¿Obtengo mucho placer de este trabajo? No. ¿Siento que obtengo algo nuevo e iluminador como cuando leo la horrible traducción de Anrep de ese libro mal escrito de Pavlov sobre reflejos condicionados? No. Así que pregunto: ¿quién diablos es este Joyce que exige tantas horas del escaso par de miles que me quedan por vivir para poder apreciar de forma adecuada sus manías y caprichos y destellos de representación?

Todo esto desde mi punto de vista. A lo mejor tú tienes razón, y yo estoy equivocado por completo. Tu trabajo es un experimento extraordinario y yo me tomaría muchas molestias por salvarlo de cualquier interrupción destructiva o restrictiva. Tiene sus creyentes y su seguimiento. Que disfruten de ello. Para mí es un callejón sin salida.

Mis mejores deseos para ti, Joyce. No puedo seguir tu bandera de la misma forma que tú no puedes seguir la mía. Pero el mundo es ancho y hay espacio para que ambos estemos equivocados.

Tuyo,
H. G. Wells


 


«Yo hago honradamente lo que puedo por evitar repeticiones en mi prosa y cosas así pero, quitando un pasaje de altura, no veo el interés de escribir por la belleza del lenguaje sin más.» - H. G. Wells


El ego del escritor es legendariamente inmenso, y con los grandes talentos llegan, con frecuencia, grandes y conflictivas personalidades. Por tanto, no ha de extrañarnos que las disputas entre autores estén a la orden del día. Las broncas literarias y las rivalidades, como así también la admiración no son exclusivas de un solo país, cultura o época, y se han visto plasmadas a lo largo de la historia en el siempre fructífero género epistolar. Todos sabemos que la prosa de Joyce no era del gusto popular, sobre todo cuando es tan inescrutable y hermética como el Ulises o Finnegan’s Wake. Parece que uno de los padres de la ciencia ficción moderna, creador de La guerra de los mundos y de La máquina del tiempo, era uno de sus detractores, a pesar del cariño que le profesaba a nivel personal. Queda aquí patente como documento histórico, en la carta que le escribió al escritor irlandés el 23 de noviembre de 1928.



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