miércoles, 27 de agosto de 2014

ESCENA TEATRAL - LOS PADRES TERRIBLES (Les Parents Terribles, 1938) de Jean Cocteau (*)







               EL CUARTO MANDAMIENTO





          “Para arrojar luz sobre el arte contemporáneo hay que iluminar hasta la transparencia la figura de Cocteau” prologa Ramón Gómez de la Serna en la versión castellana de “Opium”. 

          Tras de Apollinaire y de Ronsard, poetas, asoma el rostro adolescente de Jean Cocteau, el niño prodigio de París, que escribió buenos versos a los ocho años y a los quince ostentaba con orgullo su celebridad parisina.    Los ojos atónitos de una promoción de postguerra percibieron, los primeros, el arte que había nacido del descalabro en espíritus privilegiados. Reflexionando sobre las actuaciones de la inteligencia de Jean Cocteau, se deduce que su caso no entró de lleno en las en las explosiones dadaístas. 

          El movimiento Dadá vivió unos pocos años de postguerra. Y esos pocos años bastaron para multiplicar los campos de entrenamiento de los escritores jóvenes, ávidos de evadirse de normas estáticas. La juventud estaba efervescente. Y Dadá fué una copa de cristal muy sonoro hasta bullanguero en que burbujeó un picante y sabroso licor literario. El dadaismo fue un movimiento cultivado en formas cumbres solamente en los idiomas francés y alemán. Pero tuvo un desdoblamiento internacional. Llegó a tener culminaciones elogiosas y dignas de preocupación. Poco a poco los atrevimientos fueron menos fervientes y los espectadores —amigos y enemigos— menos desenfrenados. Y Eugenio D’Ors hizo escuchar sobre esto las más acertadas palabras: “En el circo los clowns que ruedan sobre las alfombras constituyen un intermedio nada más, y es inútil prologarlo. Después el público pide siempre números de fuerza”. 

          Inmiscuido en las efervescencias de arte nuevo, capitaneándolo tratándose o no de Dadá— Jean Cocteau, “portavoz” o portaestandarte”, produce el espectáculo increíble de un conjunto de cualidades. Desconcierta y entusiasma fabricando críticas teatrales, musicales, pictóricas, creando películas cinematográficas o modelos de vestidos, haciendo de actor, produciendo como dibujante, como poeta, como novelista, como dramaturgo.  Frecuentador de públicos escogidos, arbitro de modas, habitué de bares y restaurantes finos, enamorado de refinamiento, desprejuiciado y sin embargo escrupuloso, se desenvuelve anárquico y armónico, fantasmagórico, inestable. Hombre mundano, hace de su vida un espectáculo permanente, un espectáculo atrayente de ilusionista. Con una sagacidad encantadora, formula para la poesía y para la música grandes leyes de purificación y de desnudez. 

          Posee con esplendidez una abracadabrante originalidad. “Es más fácil pasearse en torno de su espíritu que penetrarlo” —asegura  Ribadeau Dumas-—Su admirable emotividad de poeta, entre el modernismo, el snobismo y su veinte mil poses, enciende mechas de fuegos artificiales y aborda problemas trascendentes. Su manera de vivir y de crear no es pose. Y aunque fuera pose no es solamente pose. Aplausos, escándalos, incompresiones demoledoras le han salido al encuentro. Su sonrisa mundana herida por esta metralla ha persistido sobre su faz de "adolescente perpetuo” aunque hoy bordee los cincuenta años. 

          El error de los públicos ha sido creer que se enfrentaba con las obras de un pensador. En sus obras se han entrometido los técnicos del teatro a enmendar los errores de tecnicismos a quien ha tratado de expandirse tangente a la tecnología rozándola, apenas lo suficiente, con una gracia alada. Y aquello que Jean Cocteau ha dilucido como “fatiga intelectual”, para justificar el arte moderno, Cocteau también lo deriva, confesando que “el Gallo y el Arlequín” (libro de crítica musical), nació de una fatiga de sus oídos, como aquella celebre “Carta a Jacques Maritain”, brotada de su segundo retorno al catolicismo, nació de una fatiga de su alma. 

          Jean Cocteau ha obtenido sonados triunfos en el teatro, adaptando a la escena mitos helénicos, leyendas medioevales, remozando a Shakespeare en “Romeo y Julieta”, haciendo lucir dramas antiguos con atrevidas presentaciones moderna como “Edipo-Rey” y “Los Caballeros de la Mesa Redonda”.   Él ha llamado a su teatro “Poesía del Teatro”, a sus novelas “Poesía de Novela”, a sus críticas "Poesía de Crítica" a sus films “Poesía Cinematográfica”, a sus dibujos “Poesía Gráfica. “La poesía es al arte como la gracia a la vida moral”, escribió en una carta Maritain, Y en respuesta el filósofo le hizo ver que comprendía el ejercicio trágico de su vida de poeta.

          Los proscenios de Chile conocían hasta ahora el teatro de Cocteau solamente asomado en el melodrama “La Voz Humana”. Al presente, Lola Membrives nos ha entregado esa obra cuyo título es “Los Padres Terribles”, superación teatral en medio de ese repertorio archiconocido que integra su temporada.   “Los Padres Terribles” ha constituido la entrega de ese teatro eufónico, óptico, mímico, poético, polémico, que transmite el privilegio de las disensiones en un triple triángulo amoroso, donde los héroes (yuxtapuestos en torno a una madre, arquetipo freudiano del amor materno sexual que se siente rival pospuesta ante la amada de su hijo) están acribillados por el destino ventajoso de una concepción de dramaturgo, que mintiendo dice la verdad y su verdad. 

          El hilo conductor de ese mundo alucinante, ostenta orden, en cierto modo desordenado, que destruye las tramas unilaterales. La estilización de los personajes, en ningún momento es disparatada; trae a la memoria aquello de “el clasicismo interior del circo” y aquello otro de “la estética de la cuerda tensa”; frases aplicadas al arte de Cocteau.     Desde esas comidas semanales en París, en el París francés de antes en que se reunían los grupos de la bohemia nueva, o desde la elástica encrucijada de sus diversos libros, quiero enarbolar alguno de esos pensamientos filmicos a manera de semáforas, por las que hemos de comunicarnos mejor con este capitán, predigistador de costas distantes. 

          Erik Satie, el músico, pregonaba que los verdaderos artistas eran aficionados. Y Cocteau, opinó que eso era exactamente la definición que da el diccionario Larousse: “que aman la poesía sin hacerla profesión".  De lo que Cocteau afirma de Baudalaire se podría decir de él: “presenta arruga, pero conserva una juventud asombrosa". 

(*) texto publicado en el Diario "El Mercurio". Santiago de Chile, domingo 12 de enero de 1941.

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