miércoles, 17 de septiembre de 2014

NOVELAS - MANHATTAN TRANSFER, parte II (1925) de John Dos Passos





II. METRÓPOLI



Babilonia y Nínive eran de ladrillo. Toda Atenas era doradas columnas de mármol. Roma reposaba en anchos arcos de mampostería. En Constantinopla los minaretes llamean como enormes cirios en torno del Cuerno de Oro... Acero, vidrio, baldosas, hormigón, serán los materiales de los rascacielos. Apilados en la estrecha isla, edificios de mil ventanas surgirán resplandecientes, pirámide sobre pirámide, blancas nubes encima de la tormenta.

Cuando la puerta del cuarto se cerró tras él, Ed Thatcher se sintió muy solo, lleno de punzante inquietud. Si Susie estuviera allí le diría cuánto dinero iba a ganar, le diría que cada semana depositaría diez dólares en la caja de ahorros para la pequeña Ellen, lo cual haría quinientos veinte dólares al cabo del año... En diez años, sin contar el interés, más de cinco mil dólares. Tengo que calcular el interés compuesto de quinientos veinte dólares al cuatro por ciento. Ed daba vueltas por el cuarto, muy agitado. La luz de gas ronroneaba confortablemente como un gato. Sus ojos cayeron sobre el titular de un periódico que andaba por los suelos junto al cubo de carbón donde lo había tirado cuando salió a buscar un coche para llevar a Susie al hospital.

MORTON FIRMA EL PROYECTO DE ENSANCHE

DE NUEVA YORK

Aprueba el decreto que hará de Nueva York la segunda

metrópoli del mundo



Respirando profundamente dobló el periódico y lo dejó en la mesa. La segunda metrópoli del mundo... Y papá quería que me quedara en su viejo tenducho de Onteora. Y quizá me hubiese quedado si no fuera por Susie... Señores, esta noche que ustedes me hacen el señalado favor de ofrecerme una participación en su casa, quiero presentarles a mi mujercita. Todo se lo debo a ella.

En la reverencia que hizo a la chimenea, tropezó con la consola próxima a la librería y tiró una figurilla de China. Chasqueando la lengua, se agachó a recogerla. La cabeza de la holandesita, en porcelana azul, estaba separada del cuerpo. Y la pobre Susie, tan encariñada con sus bibelots... Mejor será irse a la cama.

Levantó la ventana y se asomó. Un tren elevado retumbaba al extremo de la calle. Una fumarada de carbón le dio en las narices. Con medio cuerpo fuera de la ventana se quedó largo rato mirando a la calle a derecha y a izquierda. La segunda metrópoli del mundo. Las casas de ladrillo, la luz empañada de los faroles, las voces de un grupo de granujillas que se peleaban en las escaleras de la casa fronteriza, el paso firme y regular de un policía, le daban una impresión de movimiento, como de soldados en marcha, como un vapor de ruedas remontando el Hudson, como una parada electoral que se dirigiese por las largas calles hacia algo muy grande, muy blanco, lleno de columnas, majestuoso, Metrópoli.

De pronto, carreras por la calle. Una voz ahogada gritó:

-¡Fuego!

-¿Dónde?

Los chiquillos desaparecieron de las escaleras de enfrente. Thatcher se volvió a su cuarto. Hacia un calor sofocante. Estaba ansioso de verse fuera. En la calle sonaban los cascos de los caballos y la campanilla frenética de un coche de bomberos. Sólo un vistazo. Echó a correr escaleras abajo con el sombrero en la mano.

-¿Hacia dónde es?

-Ahí al lado.

-Es una casa de vecinos.

Era un edificio de seis pisos, con ventanas estrechas. Acababan de poner las escalas. Un humo negruzco salpicado de chispas salía violentamente por las ventanas más bajas. Tres policías blandían sus porras empujando a la multitud contra las escaleras y las verjas de las casas de enfrente. En el espacio vacío, en medio de la calle, resplandecía el latón de la bomba v de la manguera. La gente miraba en silencio las ventanas superiores, por donde cruzaban sombras entre fulgores intermitentes. Una llama delgada empezó a brillar sobre la casa como una bengala.

-La ventilación -murmuró un hombre al oído de Thatcher.

Una ráfaga de viento llenó la calle de humo y de un olor a trapos quemados. Thatcher se sintió repentinamente indispuesto. Cuando el humo se disipó vio un racimo de gente que pataleaba colgada del saliente de una ventana. Del otro lado los bomberos ayudaban a las mujeres a bajar por una escala. La llama central se avivaba por momentos. Un bulto negro se había desprendido de una ventana y yacía en el pavimento dando gritos. Los policías hacían retroceder al gentío hacia esquinas de la manzana. Llegaban más coches de bomberos.

-Hay cinco timbres de alarma en la casa -dijo uno-. ¿Qué le parece? Los de los pisos superiores han sido bloqueados. Esto es obra de un incendiario, de un cochino incendiario.

Un joven estaba agazapado en la acera junto a un farol. Thatcher, empujado por la muchedumbre, se encontró frente a él.

-Es un italiano.

-Su mujer está dentro de la casa.

-La policía no le deja acercarse. Su mujer está encinta. No habla inglés y no puede preguntar a los polizontes.

El italiano llevaba unos tirantes azules atados atrás con un trozo de bramante. Le temblaba la espalda y de cuando en cuando soltaba una ristra de palabras que nadie entendía.

Thatcher se abrió paso entre la multitud. En la esquina, un hombre examinaba la señal de alarma. Al rozarse con él, Thatcher notó que sus ropas olían a petróleo. El hombre le miró cara a cara sonriendo. Tenía unas mejillas sebosas, colgantes, y los ojos brillantes y saltones. Thatcher sintió que se le enfriaban de repente los pies y las manos. El incendiario. Los periódicos dicen que se quedan así, rondando para mirar. Se fue a casa corriendo, subió a toda prisa la escalera y cerró la puerta con llave. El cuarto estaba callado y vacío. Había olvidado que Susie no estaría allí esperándole. Comenzó a desnudarse. No podía olvidar el olor a petróleo de las ropas de aquel hombre.



Mr. Perry sacudía las hojas de bardana con su bastón. El agente de negocios argüía con voz cantarina:

-No tengo inconveniente en decir a usted, Sr. Perry, que esta ocasión no la debe desperdiciar. Ya sabe usted lo que dice el refrán...: la fortuna llama sólo una vez a la puerta de la juventud. Le garantizo que en seis meses estos solares valdrán el doble. Y ahora que formamos parte de Nueva York, la segunda ciudad del mundo, fíjese bien... No tardará en llegar el día, y nosotros seguramente lo veremos, en que puentes y más puentes sobre el East River hagan de Long Island y Manhattan un solo todo. Entonces Borough Queens será corazón y centro de la gran metrópoli como Astor Place lo es hoy.

-Sí, sí; pero yo busco algo totalmente seguro. Y además quiero edificar. Mi mujer no ha estado bien de salud estos últimos años.

-Pero ¿puede haber nada más seguro que mi proposición? Comprenda usted, Sr. Perry, que, con gran perjuicio mío, le meto a usted en una de las mayores empresas de propiedad urbana de los tiempos modernos. Pongo a su disposición no sólo seguridad, sino comodidad, confort, lujo. Sr. Perry, queramos o no, somos arrastrados por una gran ola de expansión y progreso. Grandes acontecimientos nos esperan en años muy próximos. Todas estas invenciones mecánicas -teléfonos, electricidad, puentes de acero, vehículos sin caballos- tienen que dar algún resultado. De nosotros depende ir a la cabeza del progreso... Dios, no puedo decirle a usted todo lo que esto significará...

Hurgando la hierba seca y las hojas de bardana, el señor Perry había removido algo con su bastón. Se agachó y recogió un cráneo triangular con un par de cuernos retorcidos.

-¡Caray! -dijo-. Debió ser un buen morueco.



Entontecido con el olor de la espuma, de lociones, de pelo chamuscado, que flotaba en el aire enrarecido de la peluquería, Bud se sentó cabeceando, las manazas rojas entre las rodillas. A través del tijereteo sentía aún en sus oídos el golpear de sus pies sobre el camino de Nyak.

-¡Primero!

-¿Qué?... ¡Ah, sí!; afeitarme y cortarme el pelo.

Las regordetas manos del barbero se hundieron en su pelambre, las tijeras zumbaron como un avispón detrás de sus orejas. Se le cerraban los ojos y él se esforzaba en abrirlos luchando con el sueño. Más allá del paño rayado, sembrado de pelos rojos, veía la rizada cabeza del negro que le limpiaba las botas.

-Sí, señor -zumbó el vozarrón del que ocupaba la silla contigua-; ya es hora de que el partido democrático nombre un fuerte...

-¿Le afeito el cogote también?

La grasienta cara de luna del peluquero se pegó a la suya. Bud hizo un gesto afirmativo.

-¿Shampoo?

-No.

Cuando el barbero echó atrás la silla para afeitarle, él trató de estirar el cuello como una tortuga patas arriba. La espuma iba extendiéndose lentamente por sus mejillas, le hacía cosquillas en la nariz, se le metía por las orejas. Se ahogaba en olas de espuma azul, negra, cortadas por el lejano brillo de la navaja, el brillo del azadón a través de nubes de espuma azulnegra. El viejo tendido de espaldas en el patatar, la barba al aire, de un blanco espumoso, llena de sangre. Llenos de sangre los calcetines, de aquellas ampollas en los talones. Sus manos se crisparon frías y callosas como las manos de un cadáver bajo la sábana. Déjeme levantar... Abrió los ojos. Unos dedos blandos le frotaban la barbilla. Miró al techo donde cuatro moscas trazaban ochos alrededor de una campana roja de papel crepé. Sentía en la boca la lengua seca como un pedazo de cuero. El barbero enderezó de nuevo la silla. Bud miró a un lado y a otro entornando los ojos.

-Cincuenta centavos, y un «níquel»1 por los zapatos.



«CONFIESA HABER MATADO A SU MADRE

INVALIDA...»



-¿Puedo sentarme aquí un momento a leer el periódico? Su propia voz le golpeaba en los oídos.

-¡No faltaba más!...



«LOS AMIGOS DE PARKER PROTEGEN...»



Los caracteres negros bailan ante sus ojos. Los rusos...



LA CHUSMA APEDREA... (DESPACHO ESPECIAL

PARA EL HERALD)



«Trentón, N.J.

Nathan Sibbetts, de catorce años, después de haber negado rotundamente durante dos semanas su delito, confesó hoy a la policía que había matado a su anciana y baldada madre, Hannah Sibbetts, a consecuencia de una discusión en su casa de Jacor Creek, seis millas al norte de esta ciudad. Esta noche ha sido encarcelado en espera de la decisión del jurado.»



«SOCORRE A PUERTO ARTURO, CARA AL ENEMIGO»



« ...Mrs. Rix pierde las cenizas de su marido.»

«El martes, 24 de mayo, a eso de las ocho y media, volví a casa después de dormir en la aplastadora toda la noche, dijo, y subí para dormir otro poco. Apenas había cerrado los ojos cuando mi madre subió también y me dijo que me levantase, que sino, me tiraba por las escaleras. Yo la tiré primero. Rodó hasta abajo. Luego bajé y la encontré con la cabeza torcida. Vi que estaba muerta y entonces la tapé con el cobertor de mi cama.»



Bud dobla el periódico cuidadosamente, lo deja en la silla y sale. Fuera, el aire huele a muchedumbre, está lleno de ruidos y de sol. No soy más que una aguja en un montón de heno... «Y tengo veinticinco años», murmuró en voz alta. «Pensar que un chico de catorce...» Bud aprieta el paso a lo largo del estruendoso pavimento donde el sol, atravesando la armazón del tren elevado, traza en la calle azul franjas de un amarillo cálido. «No soy más que una aguja en un montón de heno.»



Ed Thatcher, encorvado sobre las teclas del piano, trataba de sacar la Parada del mosquito. El sol de la tarde dominguera se filtraba entre las rojas rosas de la alfombra, llenaba el desordenado gabinete de motas y esquirlas de luz. Susie Thatcher, desfallecida, sentada junto a la ventana, miraba a su marido con ojos demasiado azules para su cara pálida. Entre los dos, pisando cuidadosamente por entre las rosas del soleado campo de la alfombra, la pequeña Ellen bailaba. Dos manitas levantaban el vestido rosa plisado y de cuando en cuando una vocecilla enfática decía: «Mamita, fíjate en mi expresión.»

-Mira la niña -dijo Thatcher sin dejar el piano-: es una verdadera bailarina.

El periódico del domingo se había caído de la mesa. Ellen se puso bailar encima, desgarrando las hojas con sus piececitos ágiles.

-No hagas eso, Ellen querida -suspiró Susie desde su silla de felpa rosa.

-Pero, mamita, si lo puedo hacer sin dejar de bailar.

-No lo hagas, te dice mamá.

Ed Thatcher había atacado La barcarola. Ellen la bailaba cimbreando los brazos, desgarrando el periódico con sus pies ágiles.

-Ed, por amor de Dios, saca de ahí a esa niña; esta rompiendo el periódico.

El dejó caer los dedos en un acorde lánguido.

-Queridita, no hagas eso, papá no ha acabado de leerlo.

Ellen continuó. Thatcher saltó del taburete y la sentó en sus rodillas. La pequeña se retorcía de risa.

-Ellen, debes hacer caso siempre a lo que mamá te diga, y no ser tan destrozona, rica. Hacer ese periódico cuesta dinero, muchos obreros han trabajado en él, y papá fue a comprarlo, y no ha terminado de leerlo. Ellen comprende ahora, ¿verdad? Lo que necesitamos en este mundo es cons-trucción y no des-trucción.

Luego volvió a su barcarola y Ellen siguió bailando, poniendo cuidadosamente los pies entre las rosas del soleado campo de la alfombra.



En la mesa del lunch-room seis hombres, con los sombreros en la coronilla, comían apresuradamente.

-¡Recristo! -gritó desde un extremo de la mesa el joven que tenía en una mano un periódico y una taza de café en la otra -. ¿Se ha visto semejante cosa?

-¿El qué?-gruñó un hombre carilargo que mascaba un palillo.

-Un culebrón aparece en la Quinta Avenida... Esta mañana a las once y media, las mujeres escaparon gritando a la vista de un culebrón que, saliendo por una grieta del muro del depósito de aguas, empezó a cruzar la acera en la esquina de la Quinta Avenida con la calle 42...

-Un camelo.

-Eso no tiene ná de particular -dijo un viejo-; cuando yo era chico tirábamos a los becardones en Brooklyn.

-;Dios santo, las nueve y cuarto!-murmuró el joven doblando el periódico.

Y apresuradamente salió a Hudson Street. Hombres y muchachas marchaban a buen paso en la luz rosada de la mañana. El martilleo de las herraduras de los caballos, de cascos peludos, y el chirriar de las ruedas de los camiones, cargados de víveres, levantaban un ruido ensordecedor. El aire se llenaba de un polvillo cortante. Delante de la puerta de M. Sullivan & Co., Guardamuebles y Almacén, le esperaba una chica. Llevaba un sombrero de flores y bajo la barbilla levantada con impertinencia, un gran lazo malva. El joven se sintió lleno de efervescencia como una botella de gaseosa recién descorchada.

-¡Hola, Emily!... Oye, me han ascendido.

-Por poco llegas tarde, ¿sabes?

-Pero es de veras, me han aumentado dos dólares.

Ella ladeó su barbilla, primero a un lado, luego al otro.

-No me importa un bledo.

-Ya sabes lo que me prometiste si me ascendían.

Le clavó los ojos burlona.

-Y esto no es más que el principio...

-Pero ¿qué se hace con quince dólares a la semana?

-Pues son sesenta al mes, y de paso aprendo el comercio de importación.

-Llegarás tarde por tonto.

Dio media vuelta y subió corriendo las sucias escaleras. Su falda, plisada en forma de campana, se balanceaba de un lado para otro.

-¡Dios! ¡La odio, la odio!

Y sorbiéndose las lágrimas que le abrasaban los ojos, bajó rápidamente Hudson Street hasta las oficinas de Winkle & Gulick, importadores de las Antillas.



La cubierta, junto al torno delantero, estaba caliente, húmeda, salobre. Tendidos el uno junto al otro, cuchicheaban soñolientos. En sus oídos resonaba el espumajeo del agua hendida por la proa, que cortaba brutalmente el oleaje verdoso del Gulf Stream.

-J'te dis, mon vieux, moi j’fous le camp a New York...2 En cuanto amarremos, salto a tierra y allí me quedo. ¡Estoy harto de esta vida de perros!

El camarero tenía el pelo rubio y una cara ovalada entre rosa y crema. Una colilla apagada se desprendió de sus labios al hablar:

-¡Mon Dieu!

Trató de atraparle mientras rodaba por la cubierta, pero se le escapó de las manos y desapareció por el imbornal.

-Déjala, yo tengo de sobra -dijo el otro que, echado de bruces, agitaba en el sol brumoso un par de pies sucios-. Seguramente el cónsul te embarcará otra vez.

-Si me agarra.

-¿Y tu servicio militar?

-Al cuerno con él. Y con Francia también por lo mismo.

-¿Te vas a hacer ciudadano americano?

-¿Por qué no? Todo hombre tiene derecho a escoger su patria.

El otro, como meditando, se restregó la nariz con el puño, y dio un largo silbido.

-Emile, tú eres un cuco -dijo.

-Pero, Congo, ¿por qué no vienes tú también? Supongo que no querrás pasarte la vida recogiendo basura en la cocina de un cochino barco.

Congo dio una vuelta, se sentó con las piernas cruzadas, y se rascó la cabellera negra y crespa.

-Oye, ¿cuánto cuesta una mujer en Nueva York?

-No sé; mucho, me figuro... Yo no voy a tierra a correrla. Voy a buscar un buen empleo y a trabajar. ¿No puedes pensar más que en mujeres?

-¡Qué más da! ¿Por qué no?-dijo Congo.

Y se tendió otra vez cuan largo era en la cubierta, hundiendo la cara negra de hollín en sus brazos cruzados.

-Lo que yo digo es que quiero llegar a algo en este mundo. Europa está podrida, apesta. En América uno puede abrirse camino. El nacimiento no importa, la educación no importa. Todo es abrirse camino.

-Y si hubiera aquí ahora una buena hembra, cachonda, aquí mismo en la cubierta, ¿no te gustaría revolcarte con ella?

-Cuando seamos ricos tendremos sobra de todo.

-¿Y no tienen servicio militar?

-¿Para qué? Lo único que buscan son los cuartos. No quieren pelearse con el prójimo, sino negociar con él.

Congo no respondió.

El camarero tendido boca arriba miraba las nubes, que flotaban hacia el este, apiñadas como enormes edificios, traspasados por la luz del sol, blanca y brillante como papel de estaño. El se paseaba por largas calles blancas, bordeadas de altos edificios, y, pavoneándose con su levita y su gran cuello blanco, subía escaleras de estaño, amplias, relucientes. Por portales azules, entraba en halls de veteados mármoles, donde el dinero corría y tintineaba en grandes mesas de papel de estaño. Billetes, plata, oro.

-¡Mon Dieu, v'là l'heure! 3

La doble campana del vigía llegó débilmente a sus oídos.

-Que no te olvides. Congo, la primera noche que echemos pie a tierra... (chasqueó los labios) ni visto ni oído.

-Estaba dormido. Soñaba con una rubia. La hubiera atrapado, si no me despiertas.

El camarero se levantó gruñendo y se quedó un momento en pie mirando al poniente, donde el oleaje terminaba en una línea ondulante que cortaba un cielo de níquel. Luego empujó la cabeza de Congo contra el suelo y corrió a popa. Los zuecos le repiqueteaban en los pies desnudos.


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