viernes, 19 de septiembre de 2014

NOVELAS - MANHATTAN TRANSFER, parte III (1925) de John Dos Passos






IV. CARRILES

El turuntuntum turuntuntum se espació, se amortiguó; los topes chocaron con estrépito a lo largo del tren. El hombre, soltando las barras se dejó caer. Todo anquilosado, no podía moverse. Reinaba una oscuridad impenetrable. Muy despacio, salió arrastrándose, se puso de rodillas, luego en pie, y se apoyó jadeante contra el furgón. Su cuerpo no era su cuerpo; sus músculos parecían astillas, sus huesos bielas retorcidas. La luz de una linterna le quemó los ojos.

«Vivo, fuera de aquí. Los detectives de la Compañía están dando una batida.»

«Oiga, amigo, ¿es esto Nueva York?»

«Pos claro que es. Sigue mi linterna; pués escapar por el lao del agua.»

Sus pies apenas podían avanzar tropezando en las largas uvés fulgurantes y en las líneas entrecruzadas de los carriles. Dio un trompicón y cayó sobre una red de señales. Por fin se encontró sentado al borde de un muelle, con la cabeza entre las manos. El agua batía dulcemente las estacas, sonando como lametazos de un perro. Sacó un periódico del bolsillo y desenvolvió un buen cacho de pan y una tajada de carne cartilaginosa. Se lo comió en seco, masca que te masca, antes de poder refrescar la boca. Luego se puso en pie, en equilibrio inestable, se cepilló las migas de las rodillas, y miró a su alrededor. Hacia el sur, más allá de las vías, el lóbrego cielo se bañaba en un resplandor naranja. «La Gran Vía Blanca -dijo graznando en voz alta-. The Great White Way.»
Por los cristales estriados de lluvia, Jimmy Herf miraba los paraguas ondular en el lento remolino de gente que fluía por Broadway arriba. Llamaron a la puerta. «Adelante», dijo Jimmy, y se volvió a la ventana cuando vio que el camarero no era Pat. El camarero encendió la luz. Jimmy le vio reflejado en el cristal de la ventana: un hombre enjuto, de pelo rizado. Sostenía en una mano la bandeja, en la cual los cubrefuentes de plata se elevaban como cúpulas. Respirando fuerte, el camarero entró en el cuarto arrastrando tras de sí con la mano libre un soporte plegable. Lo abrió de un tirón para colocar la bandeja y extendió un mantel sobre la mesa redonda. Despedía un olor grasiento de despensa. Jimmy esperó a que se marchara para volverse. Entonces dio la vuelta a la mesa, levantando los cubrefuentes. Sopa con unas cositas verdes, cordero asado, puré de patatas, puré de nabos, espinacas, nada de postre.

-¡Mamá!

-¿Qué quieres?

La voz se oyó débilmente a través de la puerta dedos hojas.

-La comida está servida, mamá.

-Empieza tú, querido; yo voy en seguida.

-Yo no quiero empezar sin ti, mamá.

Dio otra vuelta a la mesa, poniendo derechos los cuchillos y los tenedores. Se colgó una servilleta al brazo. El maître d'hôtel de Delmonico arreglaba la mesa para Graustark y el Rey Ciego de Bohemia y el príncipe Enrique el Navegante, y...

-Mamá, ¿qué quieres tú ser: María reina de Escocia o lady Jane G rey?

-Pero si a las dos les cortaron la cabeza, tesoro... Yo no quiero que me corten la cabeza.

Mamá tenía puesto su vestido salmón. Cuando abrió la puerta, un tenue olor a agua de colonia y a medicinas salió del dormitorio, prendido en las mangas orladas de encaje. Se había empolvado demasiado la cara, pero su pelo, su hermoso pelo castaño, estaba primorosamente peinado. Se sentaron el uno frente al otro. Ella le puso delante un plato de sopa, sosteniéndolo con sus dos finas manos de venas azules.

El chico tomó la sopa, que estaba acuosa y no bastante caliente.

-Oh, me olvidé de los picatostes, rico. ,

-Mamita, ¿por qué no comes la sopa tú?

-No quiero sopa esta noche. Me dolía tanto la cabeza que no supe qué pedir. No importa.

-¿Prefieres ser Cleopatra? Cleopatra tenía un apetito maravilloso y comía todo lo que le ponían delante, como una niña buena.

-Sí, hasta perlas... Echó una en un vaso de vinagre y se la tragó.

La voz le temblaba. Le tendió la mano a su hijo a través de la mesa. El se la acarició como un hombrecito, sonriendo.

-Solos tú y yo, Jimmy... Tesoro, tú querrás siempre a tu mamá, ¿verdad?

-¿Qué te pasa, mamita?

-Oh, nada; no sé qué tengo esta noche... ¡Estoy tan cansada de no sentirme nunca verdaderamente bien!...

Pero después de la operación...

Ahí sí después de la operación... Mira, querido; hay un papel con mantequilla fresca en el borde de la ventana del cuarto de baño... Si tú me la trajeras pondría un poco en estos nabos... Temo que voy a tener que volver a quejarme de la comida. Este cordero no está como debiera. Espero que no nos hará daño.

Jimmy salió corriendo, atravesó el cuarto de su madre y el pasillo, que olía a naftalina y a seda de la ropa tirada en una silla. El rojo tubo de un irrigador le dio en la cara al abrir la puerta del cuarto de baño. El olor de las medicinas le produjo un malestar que le hizo contraer las costillas. Levanto la ventana que había al extremo de la bañera. La repisa estaba llena de polvo: partículas de pluma cubrían el platillo vuelto sobre la mantequilla. Se quedó un momento inclinado sobre el patio, respirando por la boca para no oler las emanaciones de carbón que subían de la caldera. Abajo, una doncella de gorro blanco, asomada a una ventana, hablaba con uno de los encargados de las calderas. En pie, con los brazos desnudos y sucios cruzados sobre el pecho, él la miraba, la cabeza levantada. Jimmy aguzó el oído para oír lo que decían. Estar sucio, trajinar con el carbón todo el día, tener todo el pelo lleno de grasa, y hasta los sobacos...

-¡Jimmy!

-Ya voy, mamá.

Poniéndose colorado, bajó de golpe la ventana y volvió al gabinete, despacio para que el rubor tuviera tiempo de borrarse de su cara.

-¿Soñando otra vez, Jimmy, mi pequeño visionario?

Dejó la mantequilla al lado del plato de su madre y se sentó.

-Date prisa y cómete el cordero antes que se enfríe. ¿Por qué no pruebas con un poco de mostaza? Así te sabrá mejor.

La mostaza le quemó la lengua y le hizo saltar las lágrimas.

-¿Pica demasiado? -preguntó la madre riendo-. Tienes que acostumbrarte a los picantes... A él le gustaban siempre los picantes.

-¿A quién, madre?

-A uno que yo quería mucho.

Callaron. Jimmy se oía a sí mismo masticar. El ruido de los coches y de los tranvías penetraba a intervalos a través de las ventanas cerradas. Los radiadores martilleaban y silbaban. Abajo, el hombre de la caldera, con grasa hasta los sobacos, escupía palabras a la doncella del gorro almidonado, Palabras sucias. La mostaza es de color...

-Un penny por saber lo que estás pensando.

-No pensaba en nada.

-No debemos tener secretos el uno para el otro, querido. Recuerda que tú eres el único consuelo que tu madre tiene en el mundo.

-¿Cómo será ser foca, una foca pequeña de puerto?

-Supongo que se tendrá mucho frío.

-Pero uno no lo sentirá. Las focas están protegidas por una capa de grasa, de modo que siempre están calientes, aun sentadas en un banco de hielo. Y debe de ser tan divertido nadar por el mar siempre que uno quiera...Las focas hacen miles de millas sin parar.

-Pero mamá ha viajado miles de millas sin parar y tú lo mismo.

-¿Cuándo?

-Yendo y viniendo a Europa.

Ella se reía mirándole con los ojos brillantes.

-¡Ah, pero en barco!

-Y cuando navegábamos en el Mary Stuart.

-¡Oh, cuéntame, mamá!

Llamaron.

-Adelante.

El camarero de pelo erizado asomó la cabeza por la puerta.

-¿Puedo recoger, señora?

-Sí, y tráigame una ensalada de fruta, y procure que la fruta esté recién cortada... Todo estaba detestable esta noche.

Resollando, el mozo amontonaba los platos en una bandeja.

-Lo siento, señora -dijo con un bufido.

-Ya sé que no es culpa suya, camarero... ¿Tú qué vas a tomar, Jimmy?

-¿Puedo tomar un merengue helado?

-Puedes, pero tienes que ser bueno.

-¡Sí! -chilló Jimmy.

-Vida mía, no se grita así en la mesa.

-Pero no importa cuando estamos los dos solos... ¡Viva el merengue helado!

-James, un caballero se porta siempre lo mismo esté en su casa o en las selvas de África.

-Yo quisiera estar en las selvas de África.

-Yo me moriría de miedo.

-Yo gritaría así para asustar a los leones y a los tigres. Que si gritaría...

El camarero volvió con dos platos en la bandeja.

-Lo siento, señora, pero el merengue helado se terminó... Traje al señorito un helado de chocolate, en cambio.

-¡Oh, mamá!

-No importa, vida... Después de todo, hubiera sido demasiado empalagoso... Cómete eso y te dejaré salir después de la cena a comprar bombones.

-Huy, qué ricos!

-Pero no tomes el helado tan de prisa, que te va a sentar mal.

-Ya acabé.

-Te lo has engullido, pícaro... Ponte los chanclos, tesoro.

-¡Pero si no llueve nada!

-Haz lo que te dice tu madre, rico... y no tardes... Dame palabra de que volverás en seguida. Mamá no está nada bien esta noche y se pone muy nerviosa cuando estás fuera. Hay tantos peligros...

Jimmy se sentó para ponerse los chanclos. Mientras se los encajaba bien su madre se acercó con un billete de un dólar. Le rodeó con su manga de seda.

-¡Encanto mío!

Lloraba.

-Madre, no llores.

Al estrecharla fuertemente sintió las ballenas del corsé contra sus brazos

-Volveré dentro de un minutito.

En las escaleras donde una varilla de latón sujetaba la alfombra rojo mate a cada escalón, Jimmy se quitó los chanclos y se los metió en los bolsillos del impermeable. Con la cabeza alta pasó corriendo por entre las miradas escudriñadoras de los botones sentados en un banco, junto al escritorio. «¿A dar una vuelta?, le preguntó el más pequeño de los botones, uno rubio. Jimmy asintió discretamente, pasó corriendo ante los llamativos botones del portero y salió a Broadway, estruendoso, resonante de pisadas, lleno de caras que se ponían máscaras de sombra cuando salían de las manchas de luz proyectadas por los escaparates y por los arcos. Andaba de prisa. Pasó el Ansonia. En la entrada ganduleaba un hombre cejinegro, con un cigarro en la boca. Tal vez un secuestrador. Pero hay gente bien en el Ansonia, como donde nosotros vivimos. Luego un despacho de telégrafos, lencerías, una tintorería, una lavandería china que despedía un misterioso olor a chamusquina. Jimmy aprieta el paso. Los chinos son terribles secuestradores de niños. Salteadores de caminos. Un hombre con una lata de petróleo le roza al pasar. Una manga grasienta le roza el hombro. Olor a sudor y a petróleo. ¡Si fuera un incendiario! La idea del incendiario le pone la carne de gallina. Fuego. Fuego.

Huyler's. En la puerta se respira un confortable aroma a chocolate mezclado con el olor a mármol y a níquel bien limpio. El olor del chocolate hirviendo sube en espiral por las rejillas que hay bajo las cristaleras. Chucherías de papel rizado para Halloween. Ya va a entrar, cuando se acuerda de Mirror, confitería situada dos calles más arriba; aquellas locomotoras y automóviles platedos que le dan a uno el cambio. Me daré prisa. Con patines tardaría menos. Se puede uno escapar de los bandidos, estranguladores, apaches, con patines, tirando por encima del hombro, con una carabina automática: Pum... ¡Uno al suelo! Era el peor de todos. Pum... ¡otro! Los patines son patines mágicos, fftt... suben por las paredes de ladrillo de las casas, ruedan por los tejados, saltando chimeneas, por encima del Flatiron, por encima de los cables de Brooklyn Bridge.

Bombones de Mirror. Esta vez entra sin vacilación. Espera un momento ante el mostrador que le despachen.

-Deme una libra de bombones de chocolate surtidos de a sesenta centavos libra -dice atolondradamente.

Una rubia un poco bizca le mira maliciosamente sin contestarle.

-Haga el favor, tengo prisa.

-Bueno, cada uno a su turno.

El la mira entornando los ojos, las mejillas ardiendo. Ella le entrega un paquete envuelto, con un ticket.

«Pague en la caja.» No voy a llorar. La cajera es una mujer pequeña y canosa. Coge el dólar a través de una puertecita como las puertecitas por donde los animalitos entran y salen en la Casita de Mamíferos. La registradora da un alegre tintín, contenta de recibir dinero. Un quarter, un dime,34 un nickel y una tacita, ¿hacen cuarenta centavos? Pero sólo una tacita en vez de una locomotora o un automóvil. Recoge el dinero y deja la taza, y sale corriendo con la caja bajo el brazo. Mamá dirá que he tardado mucho. Vuelve a casa, mirando hacia adelante, dolido del desprecio de la señora rubia.

-¿Ah, conque a comprar bombones?-dijo el botones rubio.

-Te daré algunos si subes luego -murmuró Jimmy al pasar.

Las varillas de latón suenan cuando él les da con la punta del pie al subir las escaleras. Ante la puerta color chocolate que tiene un 503 en cifras esmaltadas, se acordó de los chanclos. Dejó los bombones en el suelo y se los puso en los zapatos mojados. Suerte que su madre no le esperaba con la puerta abierta. Quizá la habría visto venir desde la ventana.

-Mamá.

No estaba en el gabinete. Se aterrorizó. Había salido, se había marchado.

-Ven acá, querido.

Su voz débil llegaba del dormitorio. Jimmy se quitó el sombrero y el impermeable y se precipitó dentro.

-Madre, ¿qué te pasa?

-Nada, rico... Tengo dolor de cabeza, un dolor de cabeza terrible. Echa agua de colonia en un pañuelo y pónmelo en la frente con cuidado, y sobre todo, queridito, no me la dejes caer en los ojos como hiciste la otra vez.

Estaba tendida en la cama envuelta en un peinador azul celeste. Tenía la cara lívida. La bata de seda salmón colgaba fláccida sobre una silla; en el suelo yacía el corsé en una maraña de cintas rosadas. Jimmy le puso el pañuelo mojado cuidadosamente sobre la frente. El fuerte olor de la colonia le picaba en las narices al inclinarse sobre ella.

-¡Oh, qué alivio! -Articuló débilmente-. Mira, telefonea a la tía Emily, Riverside Drive 2466, y pregúntale si puede venir por aquí esta noche. Tengo que hablar con ella... ¡Oh, me va a estallar la cabeza!

Con el corazón alterado y los ojos llenos de lágrimas fue al teléfono. La voz de la tía Emily llegó extraordinariamente pronto.

-Tía Emily, mamá está mala... Quiere que vengas... Va a venir en seguida, mamá querida -gritó-. Ya ves qué bien. Viene en seguida.

Volvió de puntillas a la habitación de su madre, levantó el corsé y el traje y los colgó en el guardarropa.

Amorcito -dijo la débil voz-, quítame las horquillas del pelo; me hacen daño en la cabeza... ¡Oh, hijo mío, siento como si mi cabeza fuera a estallar!

De entre su pelo castaño, que era más sedoso que el traje de casa, sacó cuidadosamente las horquillas.

-¡Oh, me haces daño!

-Madre, ha sido sin querer.

La tía Emily, delgada, con un impermeable azul echado sobre su traje de noche, entró precipitadamente en el cuarto, su fina boca plegada en un gesto de simpatía. Vio a su hermana tendida retorciéndose de dolor en la cama, y al muchachito flaco y pálido, de pantalón corto, en pie a su lado con las manos llenas de horquillas.

-¿Qué es esto, Lily?-preguntó tranquilamente.

-Querida mía, algo terrible me sucede -murmuró Lily Herf en un entrecortado murmullo de angustia.

-Jimmy -dijo tía Emily severamente-, tienes que irte a la cama... Mamá necesita un reposo absoluto.

-Buenas noches, mamita querida -dijo él.

La tía Emily le dio unas palmaditas en la espalda:

-No te apures, James; yo me ocuparé de todo.

Fue al teléfono y comenzó a llamar un número en una voz baja y precisa.

La caja de bombones estaba en la mesa del salón. Jimmy se sintió culpable cuando se la puso bajo el brazo. Al pasar junto a la librería agarró un volumen de la Enciclopedia Americana y se lo encajó bajo el otro brazo. La tía no se enteró de su salida. Las puertas del calabozo se abrieron. Fuera, un corsario árabe y dos fieles servidores esperaban para franquearle las fronteras de la libertad. Su habitación se encontraba tres puertas más abajo. Reinaba allí una oscuridad espesa y silenciosa. La luz se encendió dócil iluminando la cabina de la goleta Mary Stuart. Bien, capitán; leve el ancla y emprenda el rumbo a las Islas del Viento, y que no me molesten hasta el amanecer. Tengo importantes papeles que repasar. Se arrancó la ropa y se arrodilló en pijama junto al lecho: Alahoradeacostarme, RuegoaDiosquemialmaguarde, Simueroantesdequedespierte, QueelSeñormialmaselleve.

Luego abrió la caja de bombones y puso las almohadas una encima de otra al pie de la cama, bajo la luz. Sus dientes partieron el chocolate y penetraron en la pulpa dulce. Vamos a ver...

A, la primera de las vocales, la primera letra de todos los alfabetos escritos, excepto el amharic o abisinio, del cual es la decimatercera, y el rúnico, del cual es la décima...

Demonio...

AA, Aachen (véase Aquisgrán).

Aardvark...

-¡Huy, qué cara!...

(orycteropus capensis), animal plantígrado, del género mamíferos, orden de los desdentados, originario de África.

Abd.

Ahd-el-Halim, príncipe egipcio, hijo de Mehmet Alí y una esclava blanca...

Las mejillas se le encendieron cuando leyó:

La reina de las esclavas blancas.

Abdomen (etimología indeterminada)... parte inferior del cuerpo entre el diafragma y la pelvis...

Abelardo... Las relaciones entre maestro y discípulo no duraron mucho. Un sentimiento más ardiente que la estimación agitaba sus corazones, y las infinitas ocasiones de verse que les proporcionaba el canónigo confiado en la edad de Abelardo (ya iba a cumplir los cuarenta) y en su estado, fueron fatales para la paz de ambos. La situación de Eloísa estaba a punto de dilatar su intimidad... Entonces Fulbert se dejó llevar de su salvaje deseo de venganza..., irrumpió en la habitación de Abelardo con una banda de rufianes y satisfizo su venganza haciéndole sufrir una atroz mutilación...

Abelitas... denunciaron las relaciones sexuales como un culto satánico.

Abimelech I, hijo de Gedeón y una concubina semita. Se coronó rey después de haber asesinado a sus setenta hermanos, con excepción de Jothan, y fue muerto mientras sitiaba la torre de Thebez...

Aborto...

No; tenía las manos heladas y se sentía un poco mal por haberse zampado tantos bombones...

Abracadabra...

Abydos...

Se levantó a beber un vaso de agua antes de llegar a Abisinia, donde había grabados de montañas y el incendio de Magdala por los ingleses.

Los ojos le escocían. Se sentía anquilosado y soñoliento. Miró su Ingersoll. Las once. El terror se apoderó de él súbitamente. Si mamá hubiera muerto... Hundió la cabeza en la almohada. La veía en pie junto a él, con su traje de baile blanco adornado de encajes, arrastrando una cola de volantes, y su mano suavemente perfumada le acariciaba la mejilla con dulzura. Los sollozos le ahogaban. Dio una vuelta en la cama con la cabeza hundida en la nudosa almohada. En mucho rato no pudo parar de llorar.

Cuando se despertó se dio cuenta de que la luz seguía encendida y el cuarto estaba sin ventilar. El libro había rodado al suelo y los bombones, despachurrados, salían de la caja hechos una pasta. El reloj se había parado a la 1.45. Abrió la ventana, metió los chocolates en el cajón de la cómoda e iba a apagar la luz cuando recordó. Temblando de miedo, se puso la bata y las zapatillas, y despacio, de puntillas, avanzó por el pasillo oscuro. Escuchó a través de la puerta. Varias personas hablaban en voz baja. Golpeó débilmente con los nudillos y dio vuelta al tirador. Una mano abrió bruscamente la puerta y Jimmy se encontró parpadeando frente a la cara recién afeitada de un hombre con lentes de oro. La otra puerta estaba cerrada. Ante ella había una enfermera toda almidonada.

-James, hijito, vuélvete a la cama y no te inquietes -dijo la tía Emily con una voz fatigada-. Tu madre está muy enferma y necesita un reposo absoluto, pero ya no hay peligro.

-No, al menos por ahora no, señora Merivale -dijo el doctor echando aliento en sus lentes.

-El pobre pequeño -dijo la enfermera con una tranquilizadora voz de gato- ha pasado la noche muy inquieto, pero no nos ha molestado ni una vez.

-Voy a arroparte en tu cama -dijo la tía Emily-. Eso es lo que le gusta a mi James.

-¿Puedo ver a mamá un poquitín, nada más que para saber de seguro que está mejor?

Jimmy levantó los ojos tímidamente a la abultada cara de los lentes. El doctor asintió.

-Bueno, tengo que marcharme... Pasaré por aquí de cuatro a cinco para ver qué tal marcha esto... Buenas noches, señora Merivale. Buenas, noches, señorita Billings. Buenas noches, pequeño...

-Por aquí.

La enfermera le puso la mano en el hombro a Jimmy. El se la quito de encima agachándose, y la siguió.

Había una luz encendida en el cuarto de su madre. A guisa de pantalla le habían puesto alrededor una toalla prendida con alfileres. De la cama salía una respiración jadeante que no reconoció. La cara, contraída, estaba vuelta hacia él, los párpados cerrados, la boca torcida a un lado.

La estuvo mirando fijamente medio minuto.

-Bueno, ahora me voy otra vez a la cama -murmuró a la enfermera.

Sus arterias latían desaforadamente. Sin mirar a la tía ni a la enfermera se dirigió rígido hacia la puerta. Su tía dijo algo. Echó a correr por el pasillo hasta su cuarto, cerró de golpe la puerta y corrió el pestillo. Se quedó en medio de la habitación, tieso, frío, con los puños cerrados, «Los odio, los odio», gritó. Luego, ahogando un sollozo, apagó la luz, se metió en la cama y se quedó tiritando entre las sábanas frías.



-Dada la importancia de su comercio -decía Emile con su sonsonete-, creo yo que necesitaría usted de alguien que le ayudase en, la tienda.

-Ya lo sé... Me estoy matando de trabajo, ya lo sé -suspiró madame Rigaud en el taburete de la caja.

Emile llevaba largo rato mirando un jamón de Westfalia, colocado en una tabla de mármol, junto a su codo. Por fin, dijo tímidamente:

-Una mujer como usted, una mujer hermosa como usted, madame Rigaud, siempre tiene amigos.

-Ah, ca... He vivido mucho en mis tiempos... Ya no tengo confianza... Los hombres son un hatajo de brutos, y las mujeres..., oh, nunca puedo entenderme con ellas.

-La historia y la literatura... -empezó Emile.

La campanilla sonó en lo alto de la puerta. Un hombre y una mujer entraron en la tienda. Ella llevaba, sobre el pelo amarillo, un sombrero con un macizo de flores.

-Vamos, Billy, no seas extravagante -decía ella.

-Pero Norah, tenemos que tomar algo... Te digo que para el sábado tendré guita otra vez.

-No la tendrás hasta que dejes de+jugar a las carreras.

-Déjame en paz... Vamos a tomar un poco de paté de foie... esa pechuga de pavo fiambre tiene buena cara...

-Vidita -arrulló la del pelo amarillo.

-Quítate de encima, si quieres. Esto es cuenta mía.

-Sí, señor, el pavo es muy bueno... Tenemos también pollos aún calientes... Emile, mon ami, cherchez-moi un de ces petits poulets dans la cuisine.35

Madame Rigaud hablaba como un oráculo, sin moverse de su taburete. El hombre se abanicaba con su sombrero de paja de gruesas alas que tenía una cinta a cuadros.

-¡Qué noche de calor! dijo madame Rigaud.

-Sí que aprieta, sí... Norah, debíamos haber ido a la Isla en vez de andar flaneando por las calles.

-Billy, tú sabes de sobra por qué no podíamos ir.

-No marees. ¿No te estoy diciendo que el sábado tendremos guita de sobra?

-La historia y la literatura -continuó Emile cuando los clientes se fueron con su pollo dejando a madame Rigaud medio dólar de plata que guardar en la caja-, la historia y la literatura nos enseñan que hay amistades, que hay a veces amores dignos de confianza...

-¡La historia y la literatura! -rezongó madame Rigaud, riendo para sí- ¡bonitas están la historia y la literatura!

-¿Pero no se siente usted nunca sola en una gran ciudad extranjera como ésta? Todo es tan difícil... Las mujeres miran al bolsillo y no al corazón... Yo no puedo aguantar más.

Los anchos hombros y los grandes pechos de madame Rigaud temblaban con la risa. Su corsé crujió cuando, aún riendo, se bajó del taburete.

-Emile, es usted un buen mozo, juicioso, y se abrirá camino en el mundo... Pero yo no volveré a ponerme jamás bajo la dependencia de ningún hombre... He sufrido demasiado... No, aunque viniera usted con cinco mil dólares.

-¡Ah, qué cruel es usted!

Madame Rigaud volvió a reírse:

-Ande, ayúdeme a cerrar.



El domingo, callado y lleno de sol, pesaba sobre la ciudad. Baldwin, sentado en su escritorio en mangas de camisa, leía un libro de Derecho, encuadernado en becerro. De cuando en cuando apuntaba una nota en un block, con letra grande y regular. Sonó el teléfono en el cálido silencio. Concluyó el párrafo que estaba leyendo y se levantó a contestar.

-Sí, estoy solo; ven si quieres.

Colgó el receptor. «¡Que se vaya al diablo!», murmuró apretando los dientes.

Nellie entró sin llamar, y lo encontró paseando nervioso delante de la ventana.

-Hola, Nellie -dijo sin levantar los ojos.

Ella se quedó parada mirándolo fijamente.

-Mira, Georgy, esto no puede continuar.

-¿Por qué no?

-Estoy cansada de fingir, de mentir siempre.

-Nadie se ha enterado de nada, supongo.

-Oh, claro que no.

Nellie se acercó a él y le enderezó la corbata. George la besó dulcemente en la boca. Ella llevaba un vestido escarolado de muselina, color lila, y en la mano una sombrilla azul.

-¿Qué tal van tus asuntos, Georgy?

-Estupendamente. ¿Sabes que me habéis traído suerte? En este momento tengo varios negocios buenos entre manos, y he hecho algunas relaciones muy valiosas.

-Pues a mí me ha traído bien poca suerte. Aún no me he atrevido a confesarme. El cura creerá que me he vuelto atea.

-¿Cómo está Gus?

-Lleno de proyectos... Parece como si hubiera ganado ese dinero, del pisto que se da.

-Oye, Nellie, ¿y si dejaras a Gus y te vinieras a vivir conmigo? Podrías divorciarte y después casarnos. Así todo se arreglaría.

-Sí, sí... Además, tú no lo dices en serio.

-Sin embargo, valdría la pena, Nellie, te juro que sí.

La abrazó y la besó en los labios, cerrados e inmóviles. Ella se desasió.

-Sea como sea, ya no vuelvo más por aquí... ¡Oh, subía yo las escaleras tan contenta con la idea de verte!... Estás pagado, asunto concluido.

El notó que sus ricitos estaban sueltos. Un mechón de pelo colgaba sobre una ceja.

-Nellie, no debemos separarnos así.

-¿Por qué no, di?

-Por lo que nos hemos querido los dos.

-No voy a llorar por eso.

Nellie se dio unos golpecitos en la nariz con el pañuelo arrollado.

-Georgy, te voy a odiar... Adiós.

La puerta se cerró de golpe tras ella.

Baldwin, sentado en su escritorio, mordía la punta de un lápiz. El débil perfume de su pelo persistía en sus narices. Tenía la garganta llena de sollozos. Tosió. El lápiz se le cayó de la boca. Se limpió la saliva con el pañuelo y se acomodó en su sillón. Los nutridos párrafos del libro de Derecho, antes turbios, se aclararon. Arrancó del block la hoja escrita y la prendió encima de un montón de documentos. En la nueva hoja empezó a escribir: Decisión del Tribunal Supremo del Estado de Nueva York... De repente se incorporó en su asiento y se puso otra vez a morder la punta del lápiz. Fuera se oía el pitido sin fin de un carrito de cacahuetes. «Oh, bueno, lo hecho, hecho.» Continuó escribiendo con letra grande y regular: Pleito Patterson contra el Estado de Nueva York... Decisión del Supremo...



No hay comentarios:

Publicar un comentario