lunes, 20 de octubre de 2014

HISTORIA SECRETA - Antonin Artaud y la Religión del Sol en Emesa









Desde el Reino de Emesa 
hasta el País de los Tarahumara








Antes de la aparición de Heliogábalo, sólo se conservaba en el templo, una piedra negra caída del cielo (un monolito con bloque en punta), que era guardada celosamente por Basiano. – Es importante tener en cuenta que en la antigua tradición siria, consideraban que las piedras tenían vida y que eran lanzadas directamente por el cielo, lo que les daba un carácter sagrado y actuante –. Estos betilos negros (“piedras de Bel”) procedían del fuego y lo conservaban desde el inicio del mundo creado. Eran objetos animados que sabían dar respuestas a través de los oráculos. La forma que tenían era la de un falo con una talla inferior que asimilaba una vagina. De esta forma, se hacía evidente la conjunción entre lo masculino y lo femenino, como potencias, necesariamente, integradas. El templo recogía las proyecciones espasmódicas del cielo a través del betilo negro que se conservaba en el centro. Esta piedra era la más grande de las numerosas que se encontraban diseminadas por el país sirio, y actuaban como vértebras integradas para la construcción de un cuerpo religioso que se movía en todo el territorio. La piedra negra caída del cielo, tenía la forma de un miembro masculino. Era un miembro activo en medio de sus propias simientes, y llevaba dentro sí, “en signos incendiarios”, las palabras del alfabeto que consideraban sagrado.

Heliogábalo era un sacerdote de lo masculino, que promovía una religión y una raza del sol. Para esta raza, los colores representaban un devenir estético fundamental. Exaltaban el rojo púrpura (de los menstruos femeninos) y el blanco (del esperma masculino). Para ellos, éstos fluidos corpóreos alcanzaban una dimensión metafísica, la cual tenía su manifestación activa a través de la exaltación de dichos colores en los vestidos ceremoniales y en los estandartes de los guerreros. Igualmente, los fenicios construyeron su bandera con los colores rojo y amarillo (color de los menstruos) para exaltar lo femenino que debía confrontar lo masculino, como en efecto sucedía en tiempos de los basianos.

En ese pueblo, en el que el teatro no estaba en el escenario sino en la vida, las mujeres ejercían el papel principal como delineadoras del orden y de las relaciones sociales. Julia Domna, la madre de Heliogábalo, fue la gran motivadora y quien llevó a feliz termino, el proyecto para hacerse al trono romano. Ella supo mezclar “el sexo con la inteligencia y nunca utilizó la inteligencia sin el sexo, pero nunca tampoco el sexo desprovisto de inteligencia” 6. Supo poner la inteligencia y el erotismo al servicio de la vida. Una extraña posición ética que se legitimó por medio de la puesta en práctica de una estética. La ética de la fidelidad a los principios religiosos y la estética de la transvaloración para recuperar la unidad. Julia Domna es la manifestación fluyente de la fuerza de lo femenino negro.

La religión de Emesa conservó la noción de los grandes principios. Es decir, la noción de la guerra que en los orígenes debieron sostener los principios para estabilizar la creación. Esta guerra de principios llevó a que se mezclara la religión del sol con la de la luna y a que se fundieran hasta quedar unidas. En las religiones antiguas, la magia no era una palabra vacía. Cada creencia tenía su correspondencia natural, de ahí el gran respeto que manifestaban ante la “respiración de las piedras”, “el ladrido de los oráculos” y “los rugidos del cielo”.

Artaud estableció un paralelo entre la religión cristiana – religión del Ictus (pez) – y la religión de Elagabulus – religión del sol en Emesa –. Mientras que la primera señalaba con cruces las “partes culpables del cuerpo”, la segunda exaltaba la “peligrosa” acción del miembro masculino, del órgano de la reproducción – a la llegada de Heliogábalo a Roma, detrás de su caravana iba un falo de diez toneladas arrastrado por trescientos toros –. En la religión del Ictus, el cielo (la morada de Dios) era considerado como un mito. Fue el cristianismo el que fabricó esa lucha de dios a dios, de fuerza a fuerza, haciendo reducir su Dios a una efigie propicia para los idólatras, llegando, de esta forma, a un cierto “paganismo” que confundía efigies con principios. Para la religión del sol, el cielo era una realidad, pero una realidad en acción. Se consideraba que “el espíritu sagrado era el que permanecía unido a los principios con una fuerza de identificación sombría, que se parece a la sexualidad”.

Asimismo, la religión del sol de Emesa, tenía un aspecto poético central: la coagulación de las necesidades psíquicas. Se odiaba la abstracción, había un escalón de bases objetivas que ayudaban a mantener el contacto con lo sobrenatural. De forma contraria al cristianismo, que hizo de lo sagrado algo vedado, en la religión de Heliogábalo, lo sagrado existía tal como era: sagrado pero activo, y haciendo parte de una realidad material. Esta religión también conservaba adherencias con los fluidos humanos que alimentaban el suelo, lo cual se exaltaba en todas las actividades de los practicantes. Para ellos, el teatro era la vida misma y tenían muy claro que “no es por principio como se impone una verdad sino por sus ritos”. Por lo tanto, no era concebible en la religión del sol, la existencia de dioses sino de principios. Según ellos, los dioses nacieron cuando se separaron las fuerzas (principios) y morirán cuando éstas vuelvan a reunirse. De esta forma, los principios no se piensan sino que se los nombra, puesto que existen (como el fuego, el agua y la tierra). Artaud, incluso, entrevé, que no existen los principios (en el sentido externo ajeno a lo visto y pensado) sino las cosas como tal: “Los principios solo valen para el espíritu que piensa, y cuando piensa; pero, fuera del espíritu que piensa, un principio queda reducido a nada” 8. Es la confirmación – que podría tomarse como contradictoria – de que lo que existe es la intuición de la nada.

El camino religioso que trata de mostrar Artaud por medio de Heliogábalo, pretende la fusión con el “Uno Solo”, el gran “Uno Cósmico”, el “Cero infinito de Dios”, puesto que “Heliogábalo tuvo el sentido de la unidad, en el que se basan todos los mitos y todos los nombres” 9 y supo acoger y potenciar la unidad mágica del verbo y de la acción que estaban presentes en la religión de sus ancestros. Heliogábalo debía ser el restaurador de esa unidad genésica, la cual había sufrido terribles escisiones.

La búsqueda de la religión del sol en América: El culto solar entre los tarahumara

"Hay una historia del mundo en el círculo de esta danza comprimida entre dos soles, el que se pone y el que nace. Y cuando se pone el Sol, los hechiceros entran en el círculo.""De lo que es el Yo, yo no sé nada. ¿La consciencia? una repulsión espantable de lo innominado, del mal urdido, pues el YO viene cuando el corazón lo ha añudao por fin, lo ha elegido, lo ha halado fuera de esto, para aquello, a través de la eterna supuración de lo horrible, cuyos no-yo, demonios todos, asaltan lo que será mi ser, el ser que no ceso de ver cómo decae ante mis ojos, mientras Dios no haya pasado la llave por mi corazón"
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Los Tarahumaras - Antonin Artaud







El otro gran viaje mítico-poético que emprendió Artaud en busca de las huellas de la religión del sol, fue hacia el país de los tarahumara (territorio ubicado en la región de la Sierra Madre Occidental de México) en el año de 1936. A través de la fascinación por su cultura, Artaud nos revela un mundo en que un hombre agobiado, no tanto por la locura que padece como por el tratamiento psiquiátrico, encuentra a sus iguales. En él encuentra efigies vivientes y grabadas por la naturaleza en la montaña, símbolos de la santidad que Artaud confiere a tal tierra. Para el autor francés, los Tarahumaras son una "Raza-Principio" cuya cultura considera superior a la del hombre de Occidente. Tal es su influencia que propone como primera representación del Teatro de la crueldad, el título de La conquista de México (La conquête du Méxique), que contaría, en su escenografía que funde al público con el espectáculo, la historia de una opresión, la historia del hombre blanco y del carácter pútrido del que está dotado, en obras como la ya citada El teatro y su doble.

Y es ese mismo hombre blanco al que había maldecido en su Héliogabale ou l'anarchiste couronné. La influencia no sólo de esa Raza-Principio mexicana, sino también del mundo de Oriente al que fue introducido por el teatro balinés (y del cual vemos influencias muy evidentes en su teatro de crueldad).

Si el encuentro con la vida de Heliogábalo lo realizó Artaud a través de cuidadosas investigaciones en libros y estudios históricos, con los sacerdotes del sol de la nación tarahumara, pudo interactuar directamente y recibir sus enseñanzas, al tiempo que descubría e interpretaba la profusa simbología (cruz con brazos, doble cruz, gran círculo con un punto en el medio, dos triángulos opuestos, tres puntos, cuatro triángulos en los cuatro puntos cardinales) que encontraba en su recorrido por la “montaña sagrada” y en los templos. La primera gran intuición que tuvo Artaud, fue que en la montaña tarahumara todo hablaba de lo Esencial, de los principios que le dieron vida a la naturaleza. Todo (el hombre, las tormentas, el viento, el silencio, el sol) vivía en función exclusiva de esos principios. Según las tradiciones (que no eran leyendas), por el país de los tarahumara pasó una raza de hombres portadores de fuego – evidente proyección solar –, que tenían tres señores – a semejanza de los “magos” del culto cristiano –, y que se encaminaban hacia la Estrella Polar. Es decir, estos personajes conservaban dentro de sus tradiciones, como elemento fundamental, el culto al sol. De esta forma, pudo corroborar Artaud el desplazamiento de la religión solar a lo largo del planeta.

Los templos (en forma de pirámide) que encontró Artaud en la región tarahumara, estaban matemáticamente, mejor, geométricamente, orientados hacia el sol, lo que evidenciaba que del “astro mayor” provenía el poder trascendente. Esta ubicación espacial tenía un poderoso alcance científico y metafísico, y era, en parte, similar a lo que se podía encontrar en los vecinos observatorios astronómicos de los mayas, quienes habían alcanzado un punto muy alto de conocimiento celeste. Dicha ubicación espacial de los templos, les servía a los tarahumara, para el reconocimiento de los ciclos que describía el sol en su movimiento y para así poder integrarse plenamente en la vibración natural y aprovechar al máximo la influencia que ello tenía en el desarrollo de los procesos productivos y culturales. Algo que también llamó la atención de Artaud, fue la simbología repetitiva que hallaba en la entrada de los pueblos: una cruz principal, rodeada por una cruz menor en cada uno de los puntos cardinales. 

Pero estas cruces no tenían el carácter simbólico cristiano, sino que representaban al hombre dividido (en cuatro) en el espacio; el hombre con los brazos abiertos, vinculado con los cuatro puntos cardinales. Esta es una reafirmación más, de la concepción geométrica del mundo que tenían los tarahumara, la cual era, además, activa y mantenía al hombre plenamente integrado en la dinámica del movimiento. Asimismo, la proyección de la intuición trascendental en el poderío activo del sol, generaba una fuerza espiritual que delineaba los principios de la nación tarahumara. Esta raza-principio, no creía en Dios – dicha concepción no existía en su lengua – pero le rendía culto a un principio trascendente de la naturaleza que era Macho-Hembra.

Si entre los fenicios, que era una raza Hembra, tuvo que aparecer Heliogábalo para restablecer el equilibrio de lo masculino con lo femenino, entre los tarahumara esto no era necesario puesto que para ellos, el principio Macho-Hembra existía simultáneamente – no expresaba la dualidad sino la integralidad, no buscaba la oposición sino el equilibrio –. Los tarahumara consideraban que ellos estaban hechos con el mismo tejido de la naturaleza; despreciaban la vida de su cuerpo y vivían exclusivamente para sus ideas, buscando mantener una comunicación constante y mágica con “la vida superior de dichas ideas”. En cuanto al mal, no lo consideraban como asociado con el pecado (que tampoco existía en sus concepciones). El mal era la pérdida de la conciencia, el distanciamiento de esos principios que los mantenía armonizados con el Todo. Tampoco concebían la idea del progreso. Se asumían como una tradición auténtica que representaba el punto más avanzado de toda verdad, y por lo tanto, no requerían del progreso. El progreso consistía en conservar el poderío de sus tradiciones (la forma, la cosmovisión, los símbolos, etc.)

Artaud, ante los descubrimientos que hacía sobre la permanencia del culto solar, con carácter científico y astronómico, en varias tradiciones (pues también sabía sobre esa presencia en sectores de culturas italianas, judías y chinas), se aventuró a plantear una hipótesis tratando de ubicar las causas que llevaron a hacer de éstas prácticas algo hermético. Él afirmaba que el Renacimiento del siglo XVI rompió con la realidad de las leyes naturales, y que el humanismo de ese periodo disminuyó al hombre, quien ya no se elevó hasta la naturaleza sino que la atrajo a su talla. Este punto de ruptura con las antiguas tradiciones, hizo que la ciencia astronómica de la naturaleza (cuya vida gira en torno al sol) se volviera secreta debido a múltiples persecuciones por parte de instituciones que la consideraban como expresión del mal.

El ritual del Ciguri

La visita al país de los tarahumara, le propició a Artaud el encuentro con un extraño ritual (el Ciguri), el cual le permitió afianzarse en la ruptura que ya había comenzado con la tradición racionalista occidental. Fueron los sacerdotes del Tutuguri (sacerdotes del sol) quienes le indicaron el camino para llegar al Ciguri (“el dios de la Presciencia del justo, del equilibrio y del control de uno mismo” 15). Tras haber pasado por lo múltiple, ahora se regresaba al uno (el tutuguri, el sol). Según Artaud, el sacerdote que le abrió la conciencia con una cuchillada entre el pecho y el bazo, explicó que lo que buscaba hacerle con dicha práctica ritual era: “recoserte dentro de la entidad sin Dios que te asimila y te produce como si tú mismo te produjeras, y como tú mismo en la Nada y contra Él, a cualquier hora te produces” .

Todo el ritual de Ciguri tenía una rigurosa y eficaz forma, tanto por la distribución espacial de los participantes como por la relación respetuosa que éstos mantenían con las diversas “simbologías” que manifestaban los objetos. Con la danza de los dos sirvientes (hombre y mujer), en el semicírculo que tenía en un extremo al sacerdote y en el otro a una pareja de niños, se generaba un encuentro entre dos principios (masculino y femenino) que, como ya habíamos dicho, estaban integrados, y por eso suplantaban al Dios que existía escindido (ese Dios del mundo occidental que promulgaba la lucha de principios irreconciliables). Los principios que se encontraban en el ritual de los tarahumara, no estaban en el cuerpo sino que permanecían como ideas inmateriales (externas y opuestas al ser). Estas ideas se hacían su propio cuerpo, en el cual, la idea de materia es trascendida, absorbida por Ciguri, pues para los tarahumara, “ese cuerpo que soy… no soy yo en absoluto”. Asimismo, aceptaban la presencia dentro de sí de un Otro (presente siempre pero que ha sido ocultado) que, precisamente, se buscaba volver a sentir. 

De esta forma, la sensación que se experimentaba en el ritual no era propia del cuerpo sino que era como una manifestación del Ciguri, como una realidad virtual generadora de toda realidad natural. La gran ventaja de los tarahumara frente al hombre occidental, la encontraba Artaud en el hecho de que aquellos sí podían saber cuando una actuación era suya y cuando era una manifestación de esa realidad virtual, de esa chispa divina, de ese Otro, de la divinidad que recuperaban por medio del ritual. El Ciguri despierta el deseo (un deseo que es pura producción) de lo verdadero y da fuerzas para experimentarlo, “es un rito de creación, que explica cómo son las cosas en el Vacío, y éste en el Infinito y cómo salieron de él en la Realidad y se hicieron. Y acababa en el momento en que por orden de Dios han adquirido ser en un cuerpo”.

Es importante tener en cuenta que el elemento activo que conducía al participante para el encuentro con esa dimensión oculta durante el ritual, era el peyote (al que los tarahumara llamaban jiguri, y que Artaud popularizó como ciguri). Junto al lugar que ocupaba el sacerdote, se encontraba un bote de madera que contenía las raíces del peyote, y en su debido momento, éste se las ofrecía a los danzantes. El “Macho-Principio-de-la-Naturaleza” estaba representado por las raíces hermafroditas del peyote. En ese contexto, el peyote tenía el alcance superior de lo que no ha nacido sino que es innato. Era como la conciencia atávica de un pueblo, que resucitaba el recuerdo de las verdades soberanas, mediante las cuales, la conciencia humana recupera la percepción del Infinito.

El ritual generaba un efecto renovador en sus practicantes. Morfológicamente, el procedimiento del ritual tenía una relación con el lugar donde el sacerdote tocaba a los danzantes (entre el pecho y el bazo): por una parte, el hígado actuaba como “filtro orgánico del Inconsciente”, y por otra, el bazo, mantenía la “correspondencia física con el Infinito”. Por supuesto que ello llevaba a una restauración fisiológica para encontrar la armonía. El consumo del peyote producía la expulsión de sustancias de desecho (orina, heces, flemas) con inmensa fuerza. Era el agente de la limpieza luego de haber provocado un agudo malestar. Era necesario – decía Artaud – “el descenso a la enfermedad para VOLVER A EMERGER AL DÍA”. Y eso fue lo que, efectivamente, alcanzó en su paso por la nación tarahumara. En uno de sus escritos posteriores a esa visita, Artaud decía que fue al país de los tarahumara “para desembarazarse de Jesucristo (y que aspira a ir al Tibet para desembarazarse de Dios y del Espíritu Santo)” .







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