jueves, 16 de octubre de 2014

HISTORIA SECRETA - Antonin Artaud y la Fascinación por Heliogábalo







EL INFLUJO PERVERSO




Fueron diversas las preocupaciones que acompañaron a Antonin Artaud durante su corta pero intensa vida. Frente a todas ellas, no dudó en arriesgarlo todo – aún a costa de su “salud” física y mental – para llegar hasta el fondo y transformar su existencia, con la esperanza de que dicha acción se hiciera extensiva al universo. Mucho se ha escrito sobre sus vertiginosas experiencias transgresoras y renovadoras de la praxis artística, pero es muy poco lo que se ha dicho sobre su relación con algunos conocimientos ancestrales, que le ayudaron a la conformación de un corpus mito-poético, definitivo a la hora de establecer su relación con la existencia.

Las dinámicas sociales nos han llevado a aceptar que el hombre moderno no puede vivir sino como poseído. Poseído por la macabra sociedad y desposeído de sí mismo. Como una respuesta a esta escisión – casi congénita – es el levantamiento de Artaud, concentrándose en la fuerza convulsa de la inercia, en el movimiento imperioso e incontenible de las cosas inertes – lo cual dista mucho de ser contradictorio, según la lógica de Artaud –. Es, precisamente, en sus acercamientos a las antiguas tradiciones fenicia y tarahumara, donde descubrió y reconoció el poderío de ciertas estructuras simbólicas que, no obstante, haber soportado una quietud desde hacía algunos siglos, ahora, tras recuperar su caótico movimiento interior, ejercían un influjo permanente sobre el devenir de aquellos pueblos.

Este escrito pretende mostrar el influjo que tuvo ese descubrimiento de estructuras simbólicas ancestrales, realizado por Artaud, en la configuración de su particular práctica artística y de sus conceptos fundamentales. 


Los Crímenes de Heliogábalo 

Fue, precisamente, en la corta pero intensa vida de aquel extraño personaje proveniente de Siria (Heliogábalo), quien llegó a ser Emperador romano entre los años 218 y 222, que Artaud fijó su atención para desentrañar de su vida-obra la expresión más auténtica de una existencia acorde con los principios religiosos que su tradición le había entregado. 

Heliogábalo provenía del reino de Emesa, en el que su abuelo Basiano había instaurado una práctica ritual, a la cual se entregaba fervientemente, asegurando “estar inyectado por una materia lívida, estar hecho de oro y descender directamente del sol” 4. Esta creencia provenía desde el antiguo reino de los Samsigerámidas pero había caído en el olvido durante la nueva experiencia de los Basánidas. Sólo el abuelo de Heliogábalo mantenía la observancia de los antiguos principios en el “periodo oscuro”, cuando “la religión del sol estaba colmada de devociones a la luna”.

En esta tradición de los Basianos, la descendencia se contaba a través de las mujeres (las madres). La mujer legaba el sacerdocio, sin embargo, el padre seguía conservándolo. La madre hacía las veces de padre y se la consideraba como tal: lo femenino, pues, engendraba lo masculino. En ese contexto fue que surgió Heliogábalo, con el propósito de recuperar el antiguo culto del sol, esa “energía de oro concentrado”, esa “luz cegadora”, ese “principio activo”. El nombre de Heliogábalo era “la feliz contracción gramatical de las más altas denominaciones del sol”, es decir, el hijo de las cimas. Dicha expresión tenía un antecedente lingüístico (también considerado por Artaud en el texto): Elagabulus, el cual podría entenderse como “Dios salido de las montañas”, una “cima radiante”, o quizás, como el “deseo” que irradia el fondo del soplo del caos. En el cuerpo humano, ese “soplo” aparece como un “principio vital” que recorre los nervios con sus descargas y enfrenta los preceptos inteligentes de la cabeza, es decir, la razón. 

 Ideas sobre anarquía en Heliogábalo 

Heliogábalo o el anarquista coronado es un ensayo histórico realizado por el escritor francés Antonin Artaud (1896-1948) en 1934 sobre el emperador romano Heliogábalo(203-222), que asumiera el trono con catorce años y fuera asesinado cuatro años después. 

El libro se inicia con la siguiente dedicatoria:

    Dedico este libro a los manes de Apolonio de Tiana, contemporáneo de Cristo, y a todos los Iluminados verdaderos que pueden quedar en este mundo que se pierde; Y para señalar bien su profunda inactualidad, su espiritualismo, su inutilidad, lo dedico a la anarquía y a la guerra en este mundo; Finalmente lo dedico a los Antepasados , a los Héroes en el antiguo sentido y a los manes de los Grandes Muertos. 

El mayor logro que alcanzó Artaud con su obra Heliogábalo, fue configurar un discurso en torno a la anarquía – no en vano, el subtítulo del libro es “El anarquista coronado” –. Son varias las aproximaciones que nos va proponiendo a lo largo del texto, hasta llegar a mostrarnos la anarquía como esa “unidad de todo que molesta al capricho y a la multiplicidad de las cosas” 10. Pero para llegar a esta visión de unidad, se debe haber reconocido con anterioridad, la acción de la multiplicidad. “quien está dotado con el sentido de la unidad está dotado con el sentido de la multiplicidad de las cosas” 11. El propósito que condujo a Heliogábalo durante su corta vida, fue tratar de reducir la multiplicidad humana (mediante la sangre, la crueldad y la guerra) al sentido de unidad que era fundamental en su práctica religiosa.

Heliogábalo vivió en sí mismo la unidad de los contrarios (de lo múltiple). En él se daba un doble combate: por un lado, la vivencia del uno que se divide y sigue siendo uno; y por otra, la condición del Rey Solar que no aceptaba ser humano y que escupía en el hombre. Así pues, la imagen que vamos teniendo de Heliogábalo es giratoria, debido a su naturaleza fascinante y doble “que descendía de Venus encarnada”. La primera anarquía estaba en Heliogábalo. Él fue un anarquista nato que soportaba mal su corona. Su anarquía la aplicaba en primer lugar, en sí mismo y contra sí mismo. En su experiencia como Emperador de Roma, predicó la anarquía con el ejemplo y la pagó con el precio adecuado: la muerte. Su muerte fue la coronación de su vida. Tuvo la muerte deshonrosa de de un rebelde, pero que supo morir por sus ideas.

La guerra de Heliogábalo en su interior, tenía una connotación virtual, abstracta, de principios; mientras que afuera corría sangre real. La impronta de la religión del sol, le sirvió de apoyo para afianzar la condición guerrera. “Heliogábalo llegó el día en que la sangre del sol subía como una marea hasta su cabeza, y cada gota de rocío solar se convertía en una energía y en una idea” 12. En el sol está la guerra (Marte). El sol es un dios guerrero que se alimenta con los rituales de sus adoradores – el rito del Galo que se cortaba los genitales y luego se vestía de mujer para emprender una veloz carrera, es un rito de guerra, en el que se afirmaba cómo el hombre y la mujer se fundían en la sangre, al precio de la sangre –. Heliogábalo conquistó por la guerra pero debía hacer olvidar la guerra para restaurar la unidad, lo cual era su gran propósito. El desorden que conllevaba el proceso de la guerra respondía a la “aplicación de una idea metafísica y superior del orden, es decir, de la unidad”.

El gran triunfo de Heliogábalo en su corto paso por el Imperio Romano, fue lograr instaurar la anarquía, sirviéndose del teatro, de la inteligente teatralización de sus preceptos religiosos. Convencido como estaba, de su condición de soberano solar, prescindió de la idea de Dios como sujeto externo que determina todo, y se autoproclamó continuador de la ley natural que sostenía una guerra de principios, convirtiendo la ley personal en la ley de todos. Esa ley era la del anarquista que dice: “Ni dios ni señor, sólo yo”. Es decir, la reafirmación de la voluntad del individuo, que es superior a la de cualquier determinación externa, y que adquiere una dimensión de absoluto que no necesita nada que pretenda condicionarla: “ni dios, ni ángel, ni hombre, ni espíritu, ni principio, ni materia, ni continuidad”.



Heliogábalo fue un insurrecto que supo juntar el arte con la vida. Su labor poetizante fue un acto de anarquía dentro de la banal cotidianidad romana. Entendió la anarquía como poesía realizada en medio de una tierra de contradicción y de desorden. Artaud describe este presupuesto, de una forma bastante lúcida: “En toda poesía hay una contradicción esencial. La poesía es la multiplicidad machacada y que lanza llamas. Y la poesía que devuelve el orden, resucita primero el desorden de los aspectos inflamados; hace que se entrechoquen aspectos que reduce a un punto único: fuego, gesto, sangre, grito”.

Artaud relata con detalle la victoria de Heliogábalo, junto a su abuela, Julia Mesa y su madre Julia Soemia Basiana, en la Batalla de Antioquía que lo consagra emperador. Relata luego el horror de los historiadores ante la ambiguedad de sus actos rituales y sexuales públicos. Cuestionando la visión del historiador Lampridio, Artaud lo cita del siguiente modo: 

    ...quién podía soportar a un príncipe que ofrecía a la lujuria todas las cavidades de su cuerpo... Llegó al extremo de no ocuparse de otra cosa en Roma que de tener emisarios cuya función era buscar exactamente a los hombres mejor formados para sus abyectos gustos e introducirlos en el palacio para que él pudiera gozarlos. Además se complacía en hacer representar la fábula de Paris; él mismo desempeñaba el papel de Venus, y dejando caer de pronto su ropa a los pies, completamente desnudo, con una mano sobre el seno, la otra sobre las partes genitales, se arrodillaba y, alzando la parte posterior, la presentaba a los compañeros de libertinaje. También se arreglaba la cara como se pinta la cara Venus, y cuidaba que todo su cuerpo estuviera perfectamente liso y brillante, ya que estimaba que lo mejor que podía ofrecerle la vida era ser considerado digno de satisfacer los gustos libidinosos de la mayor cantidad de hombres posible...


(Lampridio citado por Artaud en Heliogábalo)

Heliogábalo trastorna completamente las costumbre romanas referidas a lo masculino y lo femenino. Tenía esposas y amantes varones. Se vestía como prostituta y se entregaba en las tabernas. Hizo que todos los senadores fueran mujeres y eligió como ministros a los hombres de penes más grandes. Los conservadores romanos lo odiaron, pero Artaud dice que el pueblo romano lo amó. Artaud defiende a Heliogábalo, frente a los historiadores tradicionales:

    Aquello que desde el punto de vista romano es anárquico, para Heliogábalo es la fidelidad a un orden. Heliogábalo emprendía una desmoralización sistemática y festiva del espíritu y la conciencia latinos; y habría llevado hasta sus últimas consecuencias esa subversión del mundo latino si hubiera podido vivir lo suficiente para llevarla a buen término... El anarquista dice: Ni Dios ni amo, yo solo. Heliogábalo, una vez en el trono, no acepta ninguna ley; y él es el amo. Su propia ley personal será entonces la ley de todos. El impone su tiranía. Todo tirano en el fondo no es sino un anarquista que se ha puesto la corona y que impone su ley a los demás. Sin embargo hay otra idea en la anarquía de Heliogábalo. Por el hecho de creerse dios, de identificarse con su dios, nunca comete el error de inventar una ley humana, una absurda y descabellada ley humana, por la cual él, dios, hablaría. El se adapta a la ley divina, en la que ha sido iniciado...

Artaud analiza finalmente el desenlace del reinado de Heliogábalo y su muerte, siguiendo la misma dinámica con la que analizó su vida y su ascenso al trono. Su abuela, " la pérfida Julia Mamea", lo convenció de aceptar a su lado a Alejandro Severo, de lo que luego se arrepiente. 

Explica en su nombre Artaud: 

Heliógábalo recurré entonces al pueblo e inicia una sublevación contra Alejandro Severo. Pero la sublevación es rechazada y el desenlace es inevitable. Artaud termina su libro con el relato de la muerte espantosa que padeció Heliogábalo y su madre.  Loco de miedo, se arroja de un salto a las letrinas, se zambulle en los excrementos. Es el fin. La tropa, que lo ha visto, le da alcance; y sus propios pretorianos lo agarran ya por el pelo. Esta es una escena de carnicería, una asesinato repugnante, un antiguo cuadro de matadero... Así termina Heliogábalo, sin inscripción y sin tumba, pero con atroces funerales. Murió cobardemente, pero en un estado de rebelión absoluta; y tal vida, coronada por semejante muerte, creo que no necesita ninguna conclusión.   Pero si Elagabalus es hombre y mujer, no es dos hombres al mismo tiempo. Hay aquí una dualidad material que para Heliogábalo representa un insulto al principio, y que Heliogábalo no puede aceptar.
 
La anarquía coronada 


En esta parte final del texto, retomamos algunos de los elementos ya esbozados, sobre la idea de anarquía que logró configurar Artaud a partir de su estudio sobre la personalidad de Heliogábalo, para intentar vincularlos con algunos conceptos fundamentales que desarrollaría posteriormente, los cuales serían su máximo aporte a la reflexión en torno a la libertad y la estética.

"Heliogábalo llevaba en sí todas las guerras que los pueblos sostuvieron, no como un reflejo o una imagen sino como una energía que se devora, y que da pruebas de su actividad”. Pero aquella guerra no era por los principios sino que era una guerra de principios, una guerra en el caos. Algo muy distinto de lo que la visión oficial de la historia ha mantenido como criterio unificador cuando se refiere a la génesis de las guerras. Por esta razón, Artaud confesaba que había hecho el texto de Heliogábalo, para que el lector aprendiera a desaprender la historia.

El encuentro con este texto de Artaud, nos permite conocer una particular visión de la anarquía: una anarquía coronada, tal como lo señala el mismo autor en el complemento al título del libro. Para adentrarnos un poco en la configuración de ese discurso, lo primero que tenemos que decir con Artaud es que “la anarquía estaba en Heliogábalo, y le destrozaba el organismo”. Su acción era consecuencia de una moral que se dice “sí a sí mismo”, que reafirma sus propios ideales. Es decir, lo opuesto a la concepción que asume la acción como reacción (el otro como opuesto que justifica la lucha). Para Heliogábalo, la acción era reafirmación (el otro como un complemento que sirve para reafirmarse, para decirse “sí a sí mismo”). La anarquía congénita de Heliogábalo, se reafirmaba con una voluntad de verdad (en el sentido expresado por Nietzsche), que hacía desaparecer por sí misma aquella moral plebeya que se gesta cuando “el resentimiento mismo se vuelve creador y engendra valores” pero partiendo de la negación: el no a un “otro” y el no a un “no-yo” .

La anarquía de Heliogábalo se sintetiza en la búsqueda de la unidad (un dios: el sol), cuyo símbolo era el miembro masculino, el cono de reproducción sobre la tierra. La expresión griega Elagabulus (sol de la tierra) tenía que convertirse a su llegada a Roma, en Heliogábalo (sol del cielo), en el cono de reproducción del cielo. Era preciso que Heliogábalo absorbiera a su dios, comiera a su dios, para que pudiera establecer en su nuevo territorio la anarquía coronada. Pero esa “unidad” de la anarquía, como podría entenderse que trató de expresarla Artaud, debe tomarse apenas como un “modo de hablar”. El uno era realmente múltiple. La unidad que pregonaba era la de lo múltiple. Esa multiplicidad iba más allá de cualquier oposición y rompía con el movimiento dialéctico. De esta forma, nos encontramos frente a “una anarquía que se organiza”, una anarquía como poesía realizada (es ahí donde surge el verdadero teatro, la verdadera poesía, el verdadero arte). La gran labor de Heliogábalo era devolverle la poesía y el orden al mundo.

El atractivo de Artaud por lo sagrado (desde su juventud se interesó por escritos esotéricos, por las religiones orientales y por la Cábala) es una respuesta a la necesidad que sentía de instaurar ese antiguo “orden” caótico, esa realidad anterior a la disociación, y para lograrlo, era preciso restaurar la “crueldad” divina, es decir, asesinar a Dios y al hombre-Dios. Dicha “crueldad” suponía acción, afirmación, determinación irreversible, decisión implacable, necesidad y rigor. En la búsqueda de ese caótico estado original (reconfirmada en sus estudios sobre Heliogábalo y en sus experiencias junto a los tarahumara) es donde Artaud clarifica y amplía el concepto sobre el teatro de la no-repetición (lo que comúnmente se ha llamado como Teatro de la crueldad). Lo trágico, según él lo concebía, era la repetición, la necesidad de la repetición (pero aquí hay que entender la repetición como representación). 

  Contra la representación mimética de la realidad (aquella que establece “la relación del concepto con su objeto”) es que estaba en contra. Así las cosas, lo que es válido entonces, es la repetición pero de la diferencia. Hay que representar es ese origen donde bulle la diferencia, representar el origen de lo no representable, de lo que sólo puede ser vivido en el instante. Según Deleuze, en la lectura que hace de Nietzsche, “la forma de la repetición en el Eterno Retorno es la forma brutal de lo inmediato, la de lo universal y lo singular reunidos, que destrona toda ley general” . También apuntaba Deleuze, con el ánimo de clarificar la noción del Teatro de la crueldad desde la óptica manejada por Artaud: “El teatro de la repetición se opone al teatro de la representación, de la misma forma como el movimiento se opone al concepto y a la representación que le relaciona con el concepto. En el teatro de la repetición experimentamos fuerzas puras, trazados dinámicos en el espacio que actúan sobre el espíritu sin intermediario y lo unen directamente a la naturaleza y a la historia; sentimos un lenguaje que habla antes de las palabras, gestos que se elaboran antes que los cuerpos organizados, máscaras antes que los rostros, espectros y fantasmas antes que los personajes”.



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