viernes, 7 de noviembre de 2014

POESÍA - A una Urna Griega (1946) de John Keats, versión de Julio Cortázar (*)






Tú, todavía virgen esposa de la calma,

criatura nutrida de silencio y de tiempo,

narradora del bosque que nos cuentasedipo-esfinge

una florida historia más suave que estos versos.

En el foliado friso ¿qué leyenda te ronda

de dioses o mortales, o de ambos quizá,

que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia?

¿Qué deidades son ésas, o qué hombres? ¿Qué doncellas rebeldes?

¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera? ¿Quién lucha por huir?

¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles, ese salvaje frenesí?

Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas;

sonad por eso, tiernas zampoñas,

no para los sentidos, sino más exquisitas,

tocad para el espíritu canciones silenciosas.

Bello doncel, debajo de los árboles tu canto

ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse.

Osado amante, nunca, nunca podrás besarla

aunque casi la alcances, mas no te desesperes:

marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,

¡serás su amante siempre, y ella por siempre bella!

¡Dichosas, ah, dichosas ramas de hojas perennes

que no despedirán jamás la primavera!

Y tú, dichoso músico, que infatigable

modulas incesantes tus cantos siempre nuevos.

¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aun más dichoso!

Por siempre ardiente y jamás saciado,

anhelante por siempre y para siempre joven;

cuán superior a la pasión del hombre

que en pena deja el corazón hastiado,

la garganta y la frente abrasadas de ardores.

¿Éstos, quiénes serán que al sacrificio acuden?

¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,

llevas esa ternera que hacia los cielos muge,

los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?

¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar,

alzada en la montaña su clama ciudadela

vacía está de gentes esta sacra mañana?

Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas

tus calles quedarán, y ni un alma que sepa

por qué estás desolado podrá nunca volver.

¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe

de hombres y de doncellas cincelada,

con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!

¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede

como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!

Cuando a nuestra generación destruya el tiempo

tú permanecerás, entre penas distintas

de las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:

«La belleza es verdad y la verdad belleza»… Nada más

se sabe en esta tierra y no más hace falta.



(*) Julio Cortázar publica en la Revista de Estudios Clásicos de Mendoza, hacia 1946, el ensayo "La urna griega en la poesía de John Keats", que luego se expandiría hacia un vasto ensayo de 1952 que había permanecido inédito por décadas: Imagen de John Keats (1996) -dedicado a Arturo Marasso, su querido ex profesor del Mariano Acosta-. De esa época data también el texto que sería, acaso, la primera poética personal, pero que revierte sobre el surrealismo y el existencialismo: "Teoría del túnel". En ese texto aparece otra figura poética central para Cortázar: Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont, el poeta excéntrico y extemporáneo de Los cantos de Maldoror. También Ducasse era, para Cortázar, alguien "para quien lo poético es el solo lenguaje significativo porque lo poético es lo existencial, su expresión humana y su realidad última".


2 comentarios:

  1. Los 26 años que vivió Keats fueron suficientes para producir poemas como el que presentas en traducción de Julio Cortázar. El halo romántico presente en el contraste entre la mortalidad humana y la permanencia de la belleza creada por el mismo hombre mortal es magnífica. Entiendo que Keats viene a justificar la breve vida humana sólo si la misma produce una belleza que justifique la existencia de los que vendrán después.

    Saludos

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    1. Estimado Juan Carlos, coincido plenamente y tu exquisito comentario es un lujo para el blog. Un gran saludo

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