martes, 24 de febrero de 2015

MITOLOGÍA - EL MOCHUELO DE ATENEA (Ἀθηνᾶ Athênã)





"Es insensato creer que alguna filosofía se puede anticipar al mundo presente. Cuando dice una palabra sobre la teoría que explica cómo ha de ser el mundo, la Filosofía siempre llega demasiado tarde: como pensar sobre el mundo, surge en el tiempo, después de que la realidad ha cumplido su proceso de formación y se halla realizada. Cuando la Filosofía pinta al claroscuro un aspecto de la vida, ya envejecido y en la penumbra, no puede ser rejuvenecido, sino tan solo reconocido: la lechuza de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo." (Hegel, fragmento del Prólogo de Filosofía del Derecho)



En la mitología griega, el mochuelo de Atenea es el ave que acompaña a Atenea, diosa de la sabiduría, las artes, las técnicas de la guerra, además de la protectora de la ciudad de Atenas y la patrona de los artesanos; la diosa romana correspondiente es Minerva. El mochuelo de Atenea ha sido utilizado en la cultura occidental como símbolo de la Filosofía. Se le ha atribuido erróneamente y durante siglos los nombres de «lechuza de Atenea» y «búho de Atenea», cuando se trata en realidad del mochuelo común europeo, especie cuyo nombre científico es precisamente Athene noctua.

Atenea era la diosa patrona de Atenas, y las monedas en uso en la era clásica ateniense estaban acuñadas con la imagen de un ejemplar de este mochuelo. De la misma Atenea se dice que tenía «ojos de mochuelo», como señal de sabiduría y perspicacia. De acuerdo con la mitología, Atenea es fruto de la unión entre Zeus y Metis, diosa de la prudencia. Zeus se tragó a Metis cuando esta estaba a punto de dar a luz a Atenea, por indicación de Urano y Gea, para evitar que ningún otro dios fuera tan poderoso como Zeus. En el instante en que la diosa daba a luz, Hefesto partió con un hachazo la cabeza de Zeus, y de la brecha salió Atenea, vestida con una armadura y lanzó un potente grito de guerra. El concepto analógico con la sabiduría proviene de la idea del nacimiento de la diosa de la cabeza del principal de los dioses.
El epíteto homérico más común para Atenea -glaucopis ("γλαυκῶπις")- comparte su raíz con la del nombre griego del mochuelo -glaux (γλαύξ)- que suele traducirse por ‘ojos brillantes’, combinación de γλαύκος glaukos (‘brillante’, ‘plateado’, posteriormente ‘azul’ o ‘gris’) y ὤψ ôps (‘ojo’, o a veces ‘rostro’), o también por 'ojos de mochuelo'. Respecto a este epíteto D'Arcy Thompson señala en su glosario la oscuridad del término, e intuye que podría referirse a la luna. Sin embargo, no todos los búhos se asocian a la sabiduría. Ascálafo, fue transformado en lechuza campestre por Deméter (Ceres) para castigarlo cuando confesó que su hija Perséfone (Proserpina) se había comido las semillas de granada que le impedían regresar de forma permanente al mundo superior.

En la España de 1585, así lo decía Juan Pérez de Moya en su Filosofía secreta, donde debajo de historias fabulosas se contiene mucha doctrina provechosa a todos estudios: «Desechada la corneja de la compañía de Minerva recibió la lechuza o mochuelo, porque esta ave ve de noche, y al sabio, entendido por Minerva, ninguna cosa se le debe esconder por encubierta que parezca; y porque así como esta ave está de día escondida y retraída en lugares oscuros, apartada de la conversación de las otras aves, así el sabio con deseo de la especulación se retrae a lugares solitarios, porque en la familiaridad y frecuencia de la gente no hay quieto reposo para filosofar; y porque el contemplar y considerar tiene más fuerza de noche que de día, y el ánimo muestra en este tiempo más vigor, por esto se denota esto más con estas aves nocturnas que con otras.»

Ya el gran Aristóteles, al comienzo del libro segundo de su Metafísica, había dejado escrito: «ansí como los ojos de la lechuza a la claridat del sol, bien ansí el nuestro entendimiento a todas las cosas que son muy çiertas en la naturaleza», vertido en 1428 a la lengua, por Enrique de Villena. (Hodiernos intérpretes entienden nycticoracum por murciélago –olvidando a Vicente de Burgos en 1494: «la lechuza es nocturna & es en latín llamada nocticorax porque mucho ama la noche»– y cuelan además un alma, por si acaso: «el estado de los ojos de los murciélagos ante la luz del día es también el del entendimiento de nuestra alma frente a las cosas más claras por naturaleza».)

Minerva fue objeto de culto en las provincias del imperio romano. A la Diosa Virgen se le aplicaban calificativos de sancta, dea sancta, regina, victrix, y muchos individuos y colectividades se fortalecían con su devoción: asociaciones de militares devotos de la virgen, incluso guarniciones enteras y grupos de artesanos se entregaban a la advocación de la Virgen Minerva. Se le consagraron estatuas, imágenes y altares, con lámparas de aceite encendidas toda la noche... cuando sus lechuzas no se lo bebían. Con el cristianismo la Virgen Minerva se transformó en la Virgen María, pero las lechuzas no se enteraron de esos matices teológicos, pues no cambió el magnífico aceite de oliva de las lámparas de sus altares, cada vez más numerosos: «y se bebía el aceite de las lámparas como lechuza» (Francisco Narváez de Velilla, Diálogo intitulado el capón, 1597), «como lechuza infernal, cebándose en el aceite y sustancia de los prójimos» (Francisco de Luque Fajardo, Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, 1603), «y que en Dios y en su conciencia no podía ser otra la lechuza que chupaba el aceite de aquellas lámparas» (José Francisco de Isla, Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas alias Zotes, 1758) hasta el razonamiento de la lechuza de la fábula: «Lámpara, ¡con qué deleite te chupara yo el aceite, si tu luz no me ofendiera! Mas ya que ahora no puedo, porque estás bien atizada, si otra vez te hallo apagada, sabré, perdiéndote el miedo, darme una buena panzada.» (Tomás de Iriarte, Fábulas literarias, 1782).

Cuando el descubrimiento y romanización de América los españoles se fueron encontrando muchas cosas que les eran desconocidas, pero que fueron describiendo, como es natural, por analogía a las que les resultaban familiares. Y aunque había muchas especies de lechuzas en América que eran desconocidas de griegos, romanos y cristianos, véase cómo el adulterio de Atenea con Zeus, o las supersticiones atribuidas a las lechuzas en el viejo mundo, fueron enseguida detectadas hasta en los dioses precolombinos: «Capítulo quinto. Del mal agüero que tomaban del chillido de la lechuza. Cuando alguno sobre su casa oía charrear a la lechuza, tomaba mal agüero. Luego sospechaba que alguno de su casa había de morir o enfermar, en especial si dos o tres veces venía a charrear allí sobre su casa, tenía por averiguado que había de ser verdadera su sospecha. Y si por ventura en aquella casa donde venía a charrear la lechuza estaba algún enfermo, luego le pronosticaban la muerte. Decían que aquél era el mensajero del dios Mictlantecutli, que iba y venía al infierno. Por esto le llamaban yautequiua; quiere decir mensajero del dios del infierno y diosa del infierno, que andaba llamar a los que le mandaban. Y si juntamente con el charrear le oían que escarbaba con las uñas, el que le oía, si era hombre, luego le decía: Está quedo, vellaco oxihondido, que heziste adulterio a tu padre.» (Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, 1576).

La lengua española de la época del imperio distinguía perfectamente lechuzas, mochuelos, búhos, autillos y otras aves nocturnas. En los refranes: «ver de noche como mochuelo», «ver de noche como lechuza»; en el primer diccionario de la Academia de la Lengua, años antes de que Lineo intentase reducir el mundo a sus taxonomías. Pero la lechuza de Minerva, la chevêche d'Athéna de los franceses, anatematizada por algunos cristianos integristas (que gustaban representarla con una cruz sobre la cabeza, para simbolizar la sumisión de la que ellos decían falsa sabiduría), fue también marginada mucho tiempo por los naturalistas, siempre confundidos por las aves de la noche. Nada menos que hasta principios del siglo XX no se le reconoció a la lechuza de Minerva, dentro de las aves rapaces, un género propio –¿habrá ya nacido el ornitólogo que se atreva a reivindicarle, por lo menos, una subfamilia?– aunque se procuró enmendar el olvido dando a ese nuevo género el mismo nombre que la virginal Pallas: Athene. Así, la confusa Strix noctua por antonomasia fue rebautizada por los taxónomos como Athene noctua.

Una observación de Hegel en "Líneas fundamentales de la filosofía del derecho" ("Grundlinien der Philosophie des Rechts") es que «el ave de Minerva no emprende el vuelo hasta el oscurecer» (« die Eule der Minerva beginnt erst mit der einbrechenden Dämmerung ihren Flug»), lo que se interpreta como que una época de la historia no se entiende hasta su final, de manera que la filosofía no ha de entenderse como predictora ni, por tanto, como prescriptora, ya que sólo alcanza el entendimiento de los fenómenos después de haberse producido éstos.

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