martes, 3 de marzo de 2015

PENSADORES - "La posibilidad de un mundo" (Revista Ñ, 28/02/2013)








LITERATURA 28/02/13 - REVISTA Ñ

El gran escritor irlandés John Banville rememora aquí sus primeras epifanías con el mundo del arte y reivindica su valor creativo, humano y movilizador.

POR JOHN BANVILLE


Uno no recurre al arte para escapar sino para esperar", dice John Banville.

"Me dicen que lo real es la vida, pero prefiero la lectura". Logan Pearsall Smith

Tuve lo que debe haber sido mi primer atisbo del dorado mundo del arte cuando, siendo muy chico, leí un librito titulado, si bien recuerdo, Maggie’s Rosary , de una mujer cuye nombre –me avergüenza decirlo– he olvidado hace ya mucho tiempo. Tampoco tengo ni el más mínimo recuerdo de la historia. Pero sé que el libro, si es que así puede llamárselo, dado que era apenas más que un panfleto religioso, me conmovió de una manera extraña. Lo que me afectó no fue la moraleja del relato, cualquiera pueda haber sido –creo que Maggie se había portado mal y se afirmó en el camino a la santidad mediante el hallazgo casual de un rosario–, sino una escena en particular, de escaso contenido y aun menos importancia en lo que concernía a la “trama”, que me acompaña con notable nitidez desde hace más de medio siglo.

En realidad, no era una escena sino sólo un momento; podría decirse que una mera atmósfera. Maggie no había ido a la escuela –en eso consistía su falta– pero, al igual que un delincuente, había regresado a la escena del crimen y, a media tarde, deambulaba culpable y con cierta tristeza frente a los muros del convento. Era verano y la calle estaba desierta. El sol brillaba sobre el alto muro blanco y, desde el interior, la niña llegaba a escuchar el lejano coro de sus compañeras de clase que cantaban un himno. Eso era todo, eso es todo lo que me acompaña. No sé por qué me conmovió tanto, y vuelvo a conmoverme cada vez que recuerdo la pequeña aparición de Maggie en la quietud de la tarde de verano. En realidad, es probable que fuera yo, y no Maggie, el que experimentó un momento trascendente, dado que sospecho, si bien puedo equivocarme, que la piadosa dama que escribió el libro no tenía ambición artística alguna.

¿Qué pasó, entonces, y qué pasa, en mi interior en ese radiante fragmento de tiempo fuera del tiempo? Al pensar en Maggie, en soñadora soledad bajo el sol y en la quietud del verano, tengo la sensación, como pasa en los sueños, de recordar con claridad un lugar en el que nunca he estado, un lugar que es al mismo tiempo extraño y del todo familiar. No es un lugar mágico ni encantado, sino por completo terrenal. Es el mundo que conozco, común y cotidiano, pero de alguna forma imbuido de un sentido inescrutable. El corazón me da un vuelco, como dio un vuelco también el corazón del narrador de Proust, nos dice éste, cuando sumergió la humilde magdalena en la taza de té familiar y todo el pasado se desplegó ante él, tierno, resplandeciente, sórdido, gracioso y, a pesar de lo que proclama su autor, irrecuperable, si bien no del todo perdido.

Por lo que parece, el placer que derivamos del arte, hasta del arte tan bajo como Maggie’s Rosary, es el dulce placer melancólico de percibir algo que ha desaparecido y que, al mismo tiempo, sigue presente, por más que de forma residual. A cada instante el tiempo nos abandona; en cada instante de tiempo nos abandonamos. Vamos desprendiéndonos constantemente de nuestros elementos esenciales, de manera invisible, impalpable, como de una costra. ¿Dónde se preserva lo que alguna vez fuimos, lo que alguna vez fue nosotros? En mi novela Fantasmas , el narrador contempla una pintura de un artista que tiene un notable parecido con el gran Antoine Watteau: Lo que pase no importa; el momento lo es todo. Ese es el mundo dorado. El pintor ha reunido a su pequeño grupo. Los ha instalado en ese claro que alborota el viento, en esa luz delicada, artificial, y los ha pintado como ángeles y payasos. Es un mundo donde nada se pierde, donde se da cuenta de todo por más que se preserva el misterio de las cosas; un mundo donde pueden vivir, si bien de manera efímera, tenue, en el vacilante crepúsculo del yo, solitarias y al mismo tiempo de algún modo juntas aquí, en este lugar, agonizantes y a pesar de ello eternamente fijas en un instante infinito, luminoso.

Hace unos años, en su serie “The South Bank Show” de la televisión británica, Melvyn Bragg hizo un documental sobre mi trabajo. Me produjo dolor ver el programa, dado que consistía casi por completo en una conversación entre nosotros dos, y si bien Bragg es un entrevistador consumado, verme en el acto de fingir ser un especialista de televisión fue un espectáculo desagradable. De todos modos, en una breve sección un actor leyó el párrafo de Fantasmas que cité antes, mientras que en la pantalla se reproducía una aproximación que habían creado los técnicos de la pintura imaginaria que yo describía en el libro. A medida que el actor hablaba, las figuras de la pintura empezaron a moverse por arte de magia –eso me pareció– y a salir del marco y entrar a la pantalla de televisión. Fue uno de los momentos más bellos que vi en televisión, no sólo debido a la hechicería técnica que lo había hecho posible, sino porque de pronto el pequeño cuadro que estaba inmóvil en la página cobraba vida ante mis ojos. ¡El mundo en movimiento!

Cuando considero la cuestión, me doy cuenta de que no es acertado que en este artículo plantee el mundo del arte como un mundo alternativo. Uno no recurre al arte para escapar sino para esperar; no para huir sino para entrar. En el arte podremos no tener hechos, pero tenemos verdad. Tal vez sea esa la fuente de esa sensación dolorosa, punzante, de reconocimiento y extrañeza simultáneos, de ganancia y pérdida, que experimentamos en presencia del gran arte, la sensación de que este mundo es nuestro hogar, pese a lo cual no nos sentimos en casa en su interior; de que el mundo es siempre alternativo. Como tan bien lo dice Wallace Stevens, De ahí surge el poema: de que vivimos en un lugar Que no es nuestro y, sobre todo, que no es nosotros Y es difícil a pesar de los días majestuosos.

(c) John Banville
Traduccion de Joaquin Ibarburu




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