lunes, 22 de junio de 2015

CASOS POLICIALES - EL ROBO DE LA MONA LISA (Museo del Louvre, 21 de Agosto de 1911) // Parte I








EL GRAN ROBO DEL SIGLO (parte I)





Hace casi un siglo, el lunes 21 de agosto de 1911, un carpintero italiano entró en el Museo del Louvre por la mañana, entre las 7.05 y las 7.10, atravesó varias salas y subió algunas escaleras sin cruzarse ni con guardias ni con empleados hasta llegar al célebre Salón Carré, donde se exhibían algunos de los tesoros más importantes de la pintura universal: Mantegna, Giorgione, Tiziano, Rafael. En una fracción de segundo y con una asombrosa sangre fría, descolgó el cuadro más famoso de todos: La Gioconda, pintada por Leonardo da Vinci entre 1503 y 1506 sobre una tabla de madera de álamo blanco de 77 x 55 centímetros.

Vincenzo Peruggia se escondió enseguida en la oscura escalera de una sala contigua, sacó un destornillador que tenía en el bolsillo, separó en cinco minutos el cuadro de su marco y lo despojó del escudo de vidrio que lo protegía. Se sacó el guardapolvos que vestía para envolver su tesoro y descendió con él debajo del brazo por el sitio que, normalmente, es el más transitado del museo: la majestuosa escalinata de mármol de la Victoria de Samotracia. Pero, como era el día semanal de cierre, nadie lo vio bajar ni salir por la misma puerta por la que había entrado.

En un instante se encontró en la calle. Tomó un taxi y se dirigió a su minúsculo departamento ubicado en el barrio del hospital Saint Louis, en el corazón de París. Posó esa joya del patrimonio artístico mundial sobre una desvencijada mesita donde solía comer y la cubrió con un trozo de terciopelo rojo. A las nueve de la mañana llegó retrasado a su trabajo, pretextando una supuesta borrachera la noche anterior.

Mientras el ladrón de La Gioconda se alejaba caminando por la rue de Rivoli, fueron varios los guardianes del Salón Carré que advirtieron el espacio vacío en la pared. Pero supusieron que, como ocurría habitualmente los lunes, se la habían llevado al estudio fotográfico del Louvre para retratarla. Por esa razón, durante horas, nadie se inquietó ni dio la alarma. En realidad, el primer aviso recién sobrevino al día siguiente.

"Ese rectángulo de muro rojo, y los cuatro pernos que mantenían el cuadro, y que permanecieron fijados en la pared, se verían en el corazón del mayor escándalo que el mundo cultivado haya conocido, tal vez no desde el incendio de la biblioteca de Alejandría, pero al menos después de la invención de los museos nacionales", escribe el francés Jérôme Coignard, autor del reciente libro Une femme disparaît (Una mujer desaparece). Para escribir ese volumen de 356 páginas, Coignard investigó durante más de 12 años los pormenores de ese robo del siglo.

El martes por la mañana, el museo más visitado del mundo abrió sus puertas al público a las nueve. El primero en sorprenderse por la ausencia del cuadro fue el pintor Louis Béroud, que tenía -como muchos otros copistas- una autorización especial para reproducir las obras del Louvre.

"Seguramente no tardarán en traerla. Debe de estar haciéndose retratar", le respondió el brigadier Poupardin. Para los guardianes de la sala, Mona Lisa era una soberana. Y, como toda verdadera diosa, era normal que se paseara libremente por escaleras, corredores y salones sin dar explicaciones. Su desaparición, sin embargo, haría cambiar de opinión a más de uno"..."Nos hemos enterado de que algunas damas ilustradas por el pincel de los maestros son habituées de esas idas y venidas. Esas señoras salen sin prevenir y regresan cuando les dicta la fantasía. Esa forma de actuar escandalizaría en una casa burguesa, pero es un hábito admitido en los museos del Estado", declaró René Doumie, de la Academia Francesa, algunos días después".

La explicación del estudio de fotografía era perfectamente plausible. Según relata Coignard, en virtud de un contrato firmado con el Ministerio de Cultura, la casa Adolphe Braun & Cía. poseía el privilegio de hacer transportar los cuadros del Louvre a un estudio que tenía en el mismo museo. Si bien eran muchos los que consideraban que ese arreglo era escandaloso, el museo podía así hacer fotografiar gratuitamente sus obras.

Gracias a la impaciencia de Béroud, a las once de la mañana ya todos sabían que Mona Lisa no estaba haciéndose fotografiar. Mientras la tensión aumentaba al ritmo de las idas y venidas inútiles de los guardianes y directivos del Louvre, una tercera búsqueda permitió hallar el cofre de vidrio que protegía el cuadro y el marco. Obra de arte del Renacimiento italiano, casi contemporáneo de La Gioconda, ese marco había sido donado al museo por una mecenas millonaria: la condesa de Béarn, en 1906. La donación había permitido liberar a Mona Lisa de otro "marco detestable, de un dorado chillón, que para algunos testimoniaba el mal gusto de la época del Primer Imperio y, para otros, la decadencia de las artes durante el reino de Luis Felipe", escribe Coignard.

La policía recién fue prevenida a mediodía, según el Louvre, aunque las autoridades dijeron que habían sido informadas a las dos y media de la tarde. A comienzos de la tarde, el prefecto Louis Lepine y sesenta de sus mejores inspectores se desplegaron dentro del museo, mientras París aún seguía ignorando la noticia del robo.

Teniendo en cuenta que se había hallado el marco, la policía comenzó la búsqueda dentro del museo. Con lógica -pero sin el menor conocimiento de arte- pensaban que el ladrón sin duda había quitado la tela del bastidor, que la había enrollado y había optado por esconderla en algún sitio, esperando el momento de poder sacarla oculta en un bolsillo o debajo de una chaqueta. Todos parecían ignorar que La Gioconda no está pintada en una tela, sino sobre una lámina de madera. Cuando un conservador explicó a Lepine que, por su rigidez, la pintura no podía haber desaparecido fácilmente en el bolsillo de un pantalón, el prefecto replicó con condescendiente lógica policial: "¡Pero, desde esta mañana, el ladrón tuvo suficiente tiempo de cortarla en varios pedazos!".

A las tres de la tarde, por fin, el museo decidió cerrar las puertas al público, la noticia ganó la calle y la consternación comenzó a crecer como un tsunami en el gobierno. Al día siguiente, 24 de agosto, los titulares de la prensa francesa y del mundo entero informaban con más o menos ironía de la desaparición del cuadro más célebre del mundo: "¡Qué inteligencia, cerrar la jaula cuando el pájaro ya voló!", tituló el periódico comunista L'Humanité. Según Coignard, los comentarios del público no fueron menos irónicos: "¡Qué imprudencia volver a cerrar el Louvre! Otra vez nos robarán los cuadros..."

Tras varios días de búsqueda infructuosa, los investigadores, las autoridades y, por supuesto, algunos periodistas descubrieron escandalizados la ausencia total de seguridad y de control que rodeaba las obras más célebres del patrimonio artístico universal.




Para comenzar, aquel lunes 21 de agosto había un solo guardián ocupando el puesto estratégico de vigilar el Salón Carré. Normal: Francia se hallaba en plenas vacaciones estivales. Además, los lunes era día de limpieza general, "también asegurada por el personal de vigilancia del museo, que cambiaba sus uniformes por un guardapolvo blanco para frotar parqués, lavar escaleras y mosaicos, limpiar vidrios y espejos, lustrar cobres y aceros, así como las salivaderas ubicadas en las galerías", escribe Coignard. En invierno, también eran responsables de traer leña y encender estufas, y de mantener las obras de arte.

Aunque sea difícil de creer, sólo después de la desaparición de La Gioconda Francia estableció en los museos nacionales la obligación de pegar, en el sitio de la obra desplazada, una etiqueta con la explicación de las razones y la duración de esa ausencia.

Sin embargo, desde hacía cierto tiempo, Mona Lisa era objeto de una vigilancia especial: tenía un guardia consagrado exclusivamente a ella, mientras una especie de reflector la iluminaba en forma permanente. Ese procedimiento no respondía al temor de un robo, sino a evitar que un maniático pudiera degradar la pintura, considerada "afrodisíaca".

La Gioconda siempre ha sido, en efecto, objeto de la atención malsana de ciertos visitantes que permanecen frente al cuadro durante horas, presa de una "visible emoción". En el lenguaje pudibundo de la época, esos términos designaban auténticas manifestaciones de orden sexual. Desde entonces, Mona Lisa recibe cartas apasionadas, cuyos autores confiesan "no poder prescindir" de su célebre mirada.

Justamente después del robo -y para agregar al temor general de perder para siempre el célebre cuadro-, el profesor de psicología experimental Georges Dumas desarrolló la hipótesis de que su autor podía ser un enfermo fetichista capaz de mezclar su ternura a gestos de violencia sádica.







Las primeras investigaciones se centraron en Picasso y en el poeta Apollinaire – también en Braque, según algunas fuentes. La polícia sospechó de ellos porque formaban parte de las nuevas vanguardias, que criticaban duramente el arte académico imperante en  la época. Picasso fue interrogado; pero peor suerte corrió Apollinaire, que incluso fue encarcelado: en realidad ellos no tuvieron ninguna relación con el robo de La Gioconda. El que sí estuvo relacionado con el robo anterior de unas estatuillas fue el secretario de Apollinaire.

La pregunta es ¿para qué querría un modesto trabajador la obra maestra del Louvre? ¿Para venderla? Imposible, pues la obra más famosa del mundo era invendible en los mercados. El robo fue por encargo, pero en realidad Peruggia robó la obra engañado. Él creía que quien le encargó el robo devolvería La Gioconda a Italia, el lugar donde fue creada: un falso marqués argentino, Eduardo de Valfierno le convenció que, efectivamente, así sería. Lo que no sabía el carpintero italiano era que, tras robar la Gioconda, la tendría en su poder durante dos años, esperando instrucciones del supuesto marqués. Valfierno tenía un cómplice falsificador que, según se cree, produjo seis copias de la obra que vendieron como la auténtica, aprovechando el robo de La Gioconda que ellos mismos habían provocado. Mientras tanto, pasaba el tiempo y el Louvre no tenía noticias del cuadro ni del ladrón.

LA DECADENCIA DEL LOUVRE

En todo caso, "los abandonos de puesto en el museo eran innumerables; la indisciplina, flagrante; la falta de respeto por la jerarquía, constante, y la presentación del personal, más que descuidada", relata Coignard.

La decadencia del Louvre era un secreto que todo París conocía. Diez años antes del lamentable episodio, el poeta Henri de Régnier escribía: "Jamás cruzo el Patio Carré del museo, en el crepúsculo, sin que un escalofrío me erice la piel cuando veo, aquí y allá, algunas ventanas del viejo palacio iluminarse una a una, detrás de modestas cortinas de percal blanco. Porque el Louvre no está únicamente habitado -como debería- por sombras pintadas o fantasmas impalpables. En sus bohardillas se aloja el peligroso personal del museo. Y tiemblo cuando pienso que se encienden hornallas, que se fríen papas y se cuecen sopas de cebolla bajo el mismo techo que alberga a El indiferente de Watteau y La Gioconda de Vinci. Y que la mecha de un calentador bastaría para hacer de todo eso una montaña informe de cenizas".

"Cuestionado en el Senado, el secretario de Estado de Cultura había reconocido, sin manifestar demasiada preocupación, la presencia de cocinas justo debajo del Salón Carré", afirma Coignard.

Durante los primeros 20 días, la desaparición y la búsqueda infructuosa del célebre cuadro provocaron tal emoción universal que numerosos amantes del arte propusieron diferentes iniciativas para ayudar a recuperarla. Al frente de la Asociación de Amigos del Louvre, Raymond Koelich lanzó una suscripción nacional -que pronto se extendió al mundo entero- que le permitió reunir 500.000 francos de la época para pagar un eventual rescate. La promesa de recompensa tampoco arrojó ningún resultado.

Tal vez para calmar la irritación popular, el 7 de septiembre la policía anunció la detención del poeta Guillaume Apollinaire e interrogó a Pablo Picasso. Ambos eran amigos de un hombre que tiempo atrás había robado dos estatuillas del Louvre. Pero los investigadores terminaron de quedar en ridículo cuando ambos debieron ser liberados por falta de pruebas.

La verdad es que La Gioconda no había partido al extranjero, no había sido cortada en pedazos por un loco como tampoco padeció los fogosos asaltos de un maniático sexual. La bella Mona Lisa del Giocondo reposaba tranquilamente en una mesa de la humilde ciudad obrera de un barrio parisino, junto a su nuevo dueño. "No sólo no embarcó en un transatlántico en dirección a América, sino que ni siquiera atravesó el Sena", ironiza Coignard.


Fuente:

"El gran robo de la Gioconda" - Hace cien años, alguien descolgó tranquilamente el cuadro y se lo llevó a su casa. Todavía se habla del tema. 22.04.2011 // Por Luisa Corradini  | LA NACION

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