martes, 23 de junio de 2015

CASOS POLICIALES - EL ROBO DE LA MONA LISA (Museo del Louvre, 21 de Agosto de 1911) // Parte II









EL GRAN ROBO DEL SIGLO (parte II)




EL LADRÓN ITALIANO

Condenado dos veces por la justicia, sus datos figuraban en los archivos oficiales. Vincenzo Peruggia medía 1,61 m, era de frágil constitución, tenía ojos marrón claro y cabellos castaño oscuro. La policía poseía sus huellas digitales y conocía hasta la forma de sus orejas, "entre paréntesis, perfectamente proporcionadas", señala Coignard. Pero todos esos datos nunca serían utilizados por los investigadores que, por misteriosas razones, no fueron capaces de entrecruzar esa descripción con los numerosos indicios en su poder.

Como La Gioconda, su ladrón era italiano. Peruggia había nacido el 8 de octubre de 1881 en Dumenza, un pobre pueblo de la provincia de Como. Era el mayor de los cuatro hijos del albañil Giacomo Peruggia y de Celeste Rossi.

A los 12 años, Vincenzo había dejado la casa familiar para ir a ganar su vida a Milán, donde aprendió el oficio de pintor de brocha gorda y, después, de pintor decorador. A los 18, viajó a la ciudad francesa de Lyon. Allí comenzó a trabajar con cerusa y barniz a base de plomo. Volvió a Italia un año después, cuando aparecieron los primeros síntomas de saturnismo. Entre 1902 y 1908 viajó dos veces a París, donde -al cabo de algunas aventuras y sobresaltos judiciales- terminó empleado por la empresa Gobier, especializada en pintura, espejos y vidrios.

Apreciado por el dueño, Peruggia se ocupaba de los encargos de la administración pública, los grandes burgueses y los hoteles de lujo de la capital. Gracias a ese trabajo se produjo su primer contacto con La Gioconda, en 1908, cuando su patrón fue contratado por el Louvre para hacer la caja de vidrio que debía proteger la pintura. Así conoció los pasillos ocultos, los armarios más recónditos -donde se guardaban herramientas y utensilios de limpieza- y se familiarizó con la rutina de los guardianes.

Simple, sin historias, modesto, en todos esos años "no se le conoce oficialmente más que una relación amorosa: Mathilde, cocinera en casa de un médico", anota Coignard. "Como todos los italianos que vivían en Francia, siempre fue víctima del racismo ordinario: insultos, chicanas y otras miserias que todo macaroni conocía en aquella época", precisa.

Ése era, en resumen, el nuevo propietario de La Gioconda. A partir del día en que Vincenzo se apoderó de ella, Mona Lisa pasaba sus días sobre la mesa del departamento.

A la hora de comer, el ladrón la depositaba en el cuarto de las escobas, con la leña de la estufa. Allí estaba justamente el día que un inspector de la policía vino a preguntarle por qué no se había presentado al gran control de huellas de identidad que había organizado la prefectura en el museo para ubicar al dueño de una perfecta marca de pulgar hallada en la caja de vidrio que protegía el cuadro.

Sin dejar de almorzar, Vincenzo inventó una excusa. "Si la policía hubiera hecho bien su trabajo, Peruggia habría terminado ese día en la cárcel", señala Coignard.

¿QUIÉN ERA MONA LISA?

Durante la terrible ausencia de Mona Lisa, el mundo se consoló tratado de averiguar hasta el más mínimo detalle de su vida. El problema es que, aún hoy, es muy poco lo que se sabe de ella. Los especialistas piensan que "fue bella y plenamente feliz" y creen conocer su identidad.

La modelo de esa pintura, Lisa Gherardini, era napolitana. En 1495 se casó con Florentin Francesco di Bartolomeo di Zanobi del Giocondo, de quien fue la tercera esposa. Leonardo tardó varios años en hacer su retrato. Por entonces, según algunas fuentes, se hallaba en "la plenitud de su belleza" mientras que el pintor estaba "en la plenitud de su genio".

"Su marido, un viejo viudo, no tenía nada de atractivo. Era descarnado y longilíneo, con una verruga en la mejilla izquierda y cejas espesas, sin ninguna gracia en el cuerpo ni en el espíritu. Messer Francesco del Giocondo parece haber sido sobre todo un comerciante práctico, criador de ganado, mucho menos apto para percibir el encanto de su incomparable mujer que para meditar sobre el mejoramiento de la raza bovina y el rendimiento anual de cueros no tratados", declaró en aquel momento el conde Giuseppe Primoli, coleccionista y erudito romano, que descendía por vía materna de Napoleón Bonaparte. "A pesar de todas esas circunstancias, atenuantes en la hipótesis de un adulterio, las peores lenguas viperinas florentinas nunca hallaron nada para decir sobre la fidelidad de la esposa", dice Coignard.

En todo caso, nada permite afirmar hoy con absoluta seguridad que el cuadro del Louvre representa verdaderamente a Lisa Gherardini del Giocondo. En cuanto a su famosa y enigmática sonrisa, en su célebre libro Vida de los más excelentes pintores, el artista y escritor Giorgio Vasari escribió en 1568: "Esa melancolía se debía menos a la fatiga de la pose que al dolor de haber perdido un hijo. Esa famosa sonrisa es la de una mujer triste que los bufones intentan alegrar".

Otro de los aspectos de la leyenda de Mona Lisa era el coup de foudre (amor a primera vista) del pintor por su modelo. "El amor de Leonardo por la bella Mona Lisa era uno de los mitos de la literatura simbolista de fines de siglo XIX", señala Coignard. "Sólo el amor, un amor ideal -y platónico, naturalmente-, podía inspirar semejante obra de arte", explica. Tampoco se supo nunca cómo la bella había respondido a la adoración estética del artista, evidentemente enamorado de su misteriosa belleza.





EL FALSO MARQUÉS ARGENTINO

Hasta allí los hechos. De allí en adelante, la historia comienza a balbucear y las pruebas son cada vez más escasas. Según una leyenda repetida con frecuencia durante casi un siglo, Vincenzo Peruggia nunca había pensado en robar el cuadro hasta que se cruzó en su camino el argentino Eduardo de Valfierno, quien habría sido el verdadero cerebro de la operación.

Valfierno había llegado a París en 1910 con una gran experiencia del mercado del arte y un falso título de marqués. En los años anteriores había estafado a varios coleccionistas sudamericanos, vendiéndoles obras de arte supuestamente "robadas" o "extraviadas". Esos cuadros, en realidad, eran copias perfectas realizadas por el marsellés Yves Chaudron, un virtuoso falsificador de obras maestras. El viaje a París de ese aristócrata sin fortuna obedecía únicamente a la idea de hacerse millonario con una operación de enorme audacia y que -por lo menos en teoría- no presentaba ningún riesgo.

Su idea, aunque parezca paradójico, consistió en urdir el robo de La Gioconda sin necesidad de tener que verse implicado en el delito. No necesitaba tener el original del cuadro quemándole las manos para hacerse millonario. La astucia se limitaba a explotar la noticia de la desaparición para vender copias del cuadro a media docena de ingenuos millonarios, dispuestos a pagar una fortuna para adquirir el supuesto original de Mona Lisa robado del Louvre.

Mientras el falso marqués comenzaba a frecuentar los salones más distinguidos de París a la pesca de eventuales clientes, su cómplice, Chaudron, demoró 14 meses en ejecutar seis copias irreprochables de la pintura. El eximio falsificador utilizó maderas añejas capaces de resistir el peritaje de un experto, empleó pigmentos similares a los que se usaban en el Renacimiento y usó sofisticadas técnicas de envejecimiento.

Para completar su plan, sólo le faltaba encontrar un hombre capaz de ejecutar el robo. El día que conoció al carpintero Vincenzo Peruggia, supo que había tocado el cielo con las manos. Para convencerlo, Valfierno le prometió una fortuna pero, sobre todo, lo encandiló con un argumento patriótico: le aseguró que un rico coleccionista italiano deseaba restituir La Gioconda a su tierra de origen, de donde había sido robada por Napoleón Bonaparte. El carpintero, casi analfabeto, ignoraba que en verdad el cuadro había sido vendido por Leonardo da Vinci en 1517 al rey Francisco I por 400.000 escudos de oro.

La perspectiva de volver a su patria millonario y convertido en héroe nacional fue el principal motivo que encegueció a Peruggia, que se dejó arrastrar a la insensata aventura de apoderarse del cuadro más célebre del mundo.

Una vez que leyó en las primeras páginas de los diarios la noticia del robo, Valfierno desapareció y nunca volvió a ver al carpintero.Mientras Peruggia se consumía de impaciencia en la habitación de su departamento de mala muerte, esperando el momento de recibir el dinero prometido, el falso marqués tomó discretamente contacto con cinco coleccionistas estadounidenses y un brasileño, interesados en el original. A cada uno le vendió a precio millonario una de las copias realizadas por su socio Chaudron. Ese audaz golpe le proporcionó entre 30 y 60 millones de dólares de la época.

"Ninguna de las víctimas pudo ser posteriormente identificada. La primera razón es que no podían denunciar la estafa, pues corrían el riesgo de ser acusados de complicidad por haber intentado adquirir una obra de arte robada. En segundo lugar, todos prefirieron mantener el anonimato para no quedar públicamente en ridículo", escribió el historiador R. Shepard en su artículo "Cómo y por qué robaron La Gioconda", publicado en 1981 por la prestigiosa revista Art News.

Apenas consumado el golpe, el falso marqués Eduardo de Valfierno se radicó en Estados Unidos, donde vivió hasta su muerte, en 1931. Pero, ebrio de soberbia, no se resignó a morir en el anonimato, sin hacerle conocer al mundo la verdadera historia del robo de La Gioconda. En una larga entrevista con el periodista Karl Decker, le confesó el origen real de su fortuna y todos los detalles del caso. Excluyó, sin embargo, el nombre de los seis millonarios embaucados.

"UN INVENTO"

"En los 12 años de investigación nunca me crucé con un falso marqués argentino. Esa historia, como muchas otras, debe de haber sido inventada después de 1911 -afirmó Jérôme Coignard a LA NACION-. Ese supuesto argentino tampoco fue el único que aprovechó la desaparición de la obra para tratar de embaucar a coleccionistas dispuestos a todo para tener el cuadro de sus sueños." Basándose en declaraciones del mismo Peruggia años más tarde a un periodista, Poignard piensa que el incitador del robo podría haber sido Otto Rosenberg, un estafador alemán de alto vuelo que, como se dijo de Valfierno, habría reclutado al italiano para perpetrar el robo del siglo.

Lo cierto es que durante dos años, por alguna razón, Peruggia tuvo el cuadro oculto en su habitación hasta que un día de 1913 se dejó tentar por un anuncio que leyó en un diario italiano. Un anticuario de Florencia ofrecía pagar buen precio por "objetos de arte de cualquier tipo". Ese personaje era Alfredo Geri, que cuando dejó de ser representante de la actriz Eleonora Duse, instaló una galería de arte.

El 29 de noviembre, Geri recibió una carta enviada desde París por un misterioso Vincenzo Leonard, que le decía: "Tengo La Gioconda y deseo devolverla a mi país". Desconfiado, aunque intrigado por la oferta, el anticuario le propuso que lo visitara en su galería de Florencia. En el primer encuentro, Peruggia se presentó como un patriota italiano que estaba dispuesto a restituir La Gioconda a Italia a cambio de una recompensa de medio millón liras. "Sólo exijo la promesa de que nunca regresará al Louvre", le dijo.

El encuentro decisivo, finalmente, se realizó el 10 de diciembre. El galerista Geri, acompañado por su amigo Giovanni Poggi, director de la Galleria degli Uffizi, se presentó en el Hotel Tripoli e Italia, donde residía Peruggia. Envuelto en una tela roja, en el doble fondo de su baúl, el carpintero tenía el original de La Gioconda con el sello oficial del Louvre al dorso de la tabla.

Para ganar tiempo, Poggi le dijo a Vincenzo que, antes de pagar, quería someter el cuadro al peritaje de los expertos de la Galleria degli Uffizi. Mientras el ingenuo carpintero esperaba en el hotel, Geri y Poggi confirmaron la autenticidad del cuadro y alertaron a la policía. Peruggia se dejó detener sin resistencia. Cuando fue juzgado, un año y medio más tarde, sus abogados consiguieron probar que había actuado por motivos patrióticos y obtuvieron una sentencia simbólica de un año y medio de prisión. Salió de la cárcel a los siete meses, en plena Primera Guerra Mundial.

En un documental filmado que la televisión italiana difundió en los años 70, Renato Castellani se basó en un artículo de Orio Vergani para afirmar que Peruggia había muerto en 1947. Después de la difusión del film, su hija Celestina aclaró que su padre había muerto en 1925. "Mi madre se casó en segundas nupcias en 1927 y su segundo marido murió efectivamente en 1947. Ése fue el origen de la confusión", precisó.

UNA HISTORIA LLENA DE INCÓGNITAS

Como suele suceder en estos casos, la existencia del argentino Eduardo de Valfierno no es la única incógnita de esta disparatada historia. Ni Coignard ni nadie consiguieron hasta ahora saber cuáles fueron las verdaderas razones que llevaron a Peruggia a robar el cuadro más célebre del mundo y cuánto hubo de verdad en sus intenciones patrióticas declaradas durante su proceso. Tampoco se sabe si el humilde carpintero actuó solo o formó parte de un complot de mayores dimensiones.

Lo importante es que finalmente La Gioconda volvió al Museo del Louvre el domingo 4 de enero de 1914, en medio de una movilización popular que tuvo aspectos de verdadera fiesta nacional. Su aventura había durado exactamente 2 años y 111 días durante los cuales -como corresponde a una de las mayores divas de la cultura universal- consiguió estremecer los cimientos del imperturbable mundo del arte internacional.

UNA BROMA PESADA

"¿Robar La Gioconda? ¿Y por qué no la Torre Eiffel? El 21 de agosto de 1911, cuando el cuadro más célebre del mundo desaparece del Museo del Louvre, todos creen que se trata de una broma. Una vez que se impone la evidencia del robo criminal, el mundo es presa de estupor e indignación. Y después, de un ataque de risa", escribe Jérôme Coignard. Periodista, escritor y colaborador en la prestigiosa revista Connaissance des Arts, Coignard es probablemente la persona que mejor conoce en Francia la historia del robo de La Gioconda, perpetrado hace un siglo.


Fuente:

"El gran robo de la Gioconda" - Hace cien años, alguien descolgó tranquilamente el cuadro y se lo llevó a su casa. Todavía se habla del tema. 22.04.2011 // Por Luisa Corradini  | LA NACION


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