viernes, 26 de junio de 2015

RESEÑA LITERARIA - LAS PUERTAS DE LA PERCEPCIÓN (1954) de Aldous Huxley








Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al hombre como es, infinito. 
- Blake, William «El matrimonio del cielo y el infierno. Una fantasía memorable»





Las puertas de la percepción (título original en inglés The doors of perception) es un ensayo escrito por Aldous Huxley en 1954. En 1956 publicó como ensayo complementario Cielo e infierno, y en 1977 salió a la luz Moksha, un compendio de sus obras acerca de las drogas alucinógenas. En él describe sus experiencias alucinógenas producto de la ingestión de mescalina. El título proviene de una cita de William Blake contenida en su obra El matrimonio del cielo y el infierno:

Basado en esta cita, Huxley asume que el cerebro humano filtra la realidad para no dejar pasar todas las impresiones e imágenes, las cuales serían imposibles de procesar. De acuerdo con esta visión, las drogas pueden reducir este filtro, o abrir estas puertas de la percepción, como él lo expresa metafóricamente. Para verificar esta teoría, Huxley toma mescalina y escribe sus pensamientos y sentimientos. Lo que nota es que los objetos cotidianos pierden su funcionalidad y de repente existen "como tales". Espacio y tiempo se vuelven irrelevantes y la percepción parece hacerse mayor, sobrecogedora y a veces hasta ofensiva porque el individuo es incapaz de hacer frente a la enorme cantidad de impresiones.

Cuenta en estas páginas sus experiencias sensoriales y alucinógenas bajo la acción de la mezcalina, el principio activo del peyote, tipo de cactus venerado como una deidad por los indios de México y del sudeste de Estados Unidos. A la descripción minuciosa de su experimento – una vivencia de la trascendencia del Yo expresada magistralmente en la cita del poeta y místico inglés William Blake: “Si las puertas de la percepción quedaran depuradas todo se habría de mostrar tan cual es: infinito” – siguen las conclusiones filosóficas y sociológicas que Huxley, el célebre autor de Un Mundo Feliz, desprende como obligado corolario. Este texto da cuenta de la naturaleza precursora del escritor quien aquí expresa metafóricamente la forma en que las sustancias sagradas reducen poco a poco los filtros con que percibimos la llamada realidad.






 Son ensayos detalladamente narrados e inmersos en la reflexión, desarrollados a través de la investigación del peyote y su uso en grupos indígenas y la experiencia del propio autor, cuyo propósito es por completo doctrinal y se enfoca en la búsqueda de una salida de la sociedad consumista y su juicio prefabricado, evocándola a partir de una perspectiva estética diferente y cuya esencia fuera artística, desde un plano existencial completamente metafísico y abstracto que sólo se comunica con el mundo “real” a través de su lenguaje y sus símbolos (convenciones de las que ya no se puede escapar), entrando así a una atmósfera abrumadora de colores y texturas que sobrepasan sus nombres y designios, a un espacio conformado por una extrema sensibilidad visual.

La investigación de Huxley para estos trabajos fue ardua, pues también cuenta con una amplia documentación médica y psicológica sobre los diferentes estados y resultados a los que pueden llevar estas modificaciones de las sustancias cerebrales, ya sea por administración externa o por alteraciones naturales, integrándolo con sus disertaciones místicas y filosóficas. Lo que más critica de la cultura occidental es precisamente (mencionado anteriormente) esta imposibilidad de escapar de lo más básico: el lenguaje, pues en su afán por aprehenderlo y controlarlo todo por medio de la razón; occidente ha dejado de lado lo fundamental, lo no verbal y lo inherente al ser humano, que es su propia existencia.

Específicamente en Cielo e infierno es donde hace énfasis en que estos estados alterados de conciencia a los que induce la mescalina logran tener acceso a lugares de la mente -propia o ajena- que habían permanecido cerrados u ocultos (nuevamente, una alusión a las puertas) y también habla sobre las mismas experiencias de artistas, religiosos y científicos idealistas, dando un fundamento más sólido al fomento de estas prácticas personales para tener acceso al inconsciente y liberarnos de los filtros artificiales creados por las convenciones sociales.

También relata las formas naturales de estados visionarios, a través de enfermedades mentales como la esquizofrenia o por la desnutrición en el Medievo, razones que fueron identificadas mucho tiempo después y que en un principio dieron motivos a creencias y juicios falsos e incluso mortales. Huxley creó una atípoda a la cultura occidental, abrió las puertas que habían sido cerradas y tapiadas por el individualismo y el aislamiento social de occidente, creando así la posibilidad de una perspectiva fundada en la esencia del ser humano y su relación con el universo y la energía que se encuentran en constante movimiento.

Se asoció con el movimiento hippie de tal forma que se convirtió en su manual y de la mano con los poemas de William Blake fue la inspiración para el nombre de la banda “the Doors”. A pesar de haber sido escritos hace más de 50 años, es una lectura que sigue del todo vigente y que no ha sido superada y a mi parecer debe ser una lectura obligada, pues lo que más hace falta ahora, justo como Huxley lo veía en su época, son seres humanos preocupados más por autodescubrirse y convivir en armonía no sólo con sus congéneres, sino con todo tipo de vida y energía que lo rodea. 





La publicación de Las puertas de la percepción (1954) y Cielo e infierno (1956) le valió a Aldous Huxley un cierto prestigio como guru de la droga. Sin embargo, sus inquietudes al respecto de la importancia de las drogas en las manifestaciones religiosas y culturales de la humanidad, ya venían perfilándose con anterioridad. En 1931, un año antes de lanzar Un mundo feliz, publicó un pequeño ensayo llamado "En busca de un nuevo placer".  En él, llegaba a la conclusión de que la diversión y por extensión el tedio del hombre moderno eran básicamente los mismos que los que habían experimentado los antiguos griegos y romanos.

Ya desde entonces, para minimizar los contradictorios vacíos de la dinámica diversión-tedio, Huxley soñaba con una droga que transfigurara al mundo y lograra que al despertar tuviéramos la cabeza ligera y el físico ileso. La tradición de la literatura inspirada en la droga que comenzó a principios del siglo pasado con Coleridge, De Quincey, y Wilkie Collins en Inglaterra y Poe en Norteamérica y que alrededor de 1840 se mudó a Francia con los haschichins --Gautier, Nerval, Baudelaire-- sufrió un importante cambio con la generación beat de Neal Cassady, maestro de Jack Kerouac, William Burroughs y Allen Ginsberg. La droga había sido consumida hasta entonces como una experiencia personal, íntima, incluso secreta como en el caso de los grupos ocultistas en los que participaban hombres de la talla de W B Yeats y Aleister Crowley.

La novedad de los años cincuenta y sesenta consistió en que la invitación al lector se hacía muy manifiesta. Esto sucedía de dos maneras. Una fue la de Ginsberg, Burroughs y Kerouac y gran parte de la generación de la psicodelia. Fue primordialmente acto de protesta, un acto político que invitaba a rechazar los horrores y defectos de nuestra civilización. Tenía todo el sabor romántico de los hippies. La otra fue la de Huxley, Leary y Alan Watts: una experiencia en que la mística y la ciencia se combinan. Huxley los precedió a ambos. Leary daba clases de psicología en Harvard en 1960 cuando, de vacaciones en Cuernavaca, comió las seis setas de "Carne de Dios" que cambiaron su vida. Alan Watts, famoso especialista en budismo y religiones orientales, se interesó en el LSD después de leer a Huxley, con quien entabló una amistad. Huxley, en contacto con las investigaciones que en el ramo realizaba el departamento de neuropsicología de la UCLA, lo recomendó con los doctores de esta universidad. Huxley decía: "El LSD y los hongos alucinógenos han de ser usados, me parece, en el contexto de una total lucidez, de modo que conduzcan a un esclarecimiento del mundo cotidiano, el cual se convierte en un mundo de maravilla y belleza y de divino misterio, cuando la experiencia es lo que siempre debiera ser". La droga utópica de Huxley vuelve a aparecer.

La afición científica que despertaron las drogas en la vida intelectual de Huxley nunca rebasó su flemático y cortés espíritu anglosajón, casado públicamente con la mesura y la contención. Sin embargo, un último deseo delata el otro lado, quizá el contrapeso. Cuando se encontraba en sus últimos días, el 22 de noviembre de 1963, Aldous Huxley le pidió a Laura Archera, su mujer, que le administrara una dosis de LSD. Laura le dio dos y Huxley murió bajo los efectos del alucinógeno, tal como lo hace Linda, la madre del Salvaje de Un mundo feliz, durante el tratamiento terminal a base de soma que se aplicaba en aquella sociedad. ¿Miedo a la muerte? ¿Derecho a no sufrir? ¿Amor a la experiencia con alucinógenos? ¿Curiosidad científica? ¿Realización de un sueño que había sido novelado? No lo podemos saber. 

Si Huxley aún viviera, por alguna maravilla parecida a las que describe en Un mundo feliz, habría celebrado su centésimo aniversario este año. Si su lucidez continuara la misma, quizá nos iluminaría al respecto. Quizá también hubiera ampliado su último trabajo publicado, Literature and Science (1962) en el que, ya en una actitud no tan de apocalipsis tecnofóbica, pretende establecer una conciliación entre los dos mundos en que como anfibio vivió: la ciencia y el arte.


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